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Novedad editorial: El poliedro del liderazgo
 
 



Àngel Castiñeira; Josep M. Lozano

 

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Josep M. Lozano

josepm.lozano@esade.edu
Tel: +34 932 806 162
Ext. 2270

Fax: +34 932 048 105
Av.Pedralbes, 60-62
E-08034 Barcelona


Twitter - Josep M. Lozano

 

Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
Autor: Josep M. Lozano Creado: 16/10/2008 11:45
Persona, Empresa y Sociedad - el blog de Josep Maria Lozano

El 18 de febrero de 2006 tuvo lugar en Barcelona la primera de las grandes manifestaciones multitudinarias a favor del derecho a decidir. Desde entonces, es decir ocho años después, nada hace pensar que las movilizaciones soberanistas impulsadas por diversas organizaciones cívicas catalanas respondan a un soufflé ni hayan llegado al punto de su desactivación o desinflado. La apelación, pues, al símil futbolístico del "fin de ciclo" a que hacen referencia y con la que sueñan sus adversarios parece corresponder más a un deseo que a la realidad.

Hemos querido recordar estos acontecimientos no tanto por el exitoso fenómeno de las movilizaciones masivas de catalanes sino por el hecho de que el argumentario favorable a la legitimación del derecho a decidir haya cuajado entre la mayoría de la población hasta el punto de identificarlo con un pronunciamiento democrático y justo, que un colectivo que se considera sujeto político reclama insertándolo en un contexto de ausencia de violencia y con un claro apoyo de su propio Parlamento.

 

En otras palabras: en la reclamación a favor del derecho a decidir la clave no radica propiamente en la decisión sino en las creencias compartidas que motivan la decisión. Cataluña -desde la elaboración del nuevo Estatuto hasta hoy- ha sido un espacio activísimo de deliberación entre miles de ciudadanos. Foros y ágoras de todo tipo han permitido ir configurando un relato sobre su presente y futuro. Por este motivo, el derecho a decidir no es un arrebato fruto de la excitación, sino la vía consensuada y destilada por líderes políticos y sociales, y por la ciudadanía, después de largos debates y discusiones.

 

 El error que ha cometido...
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¿Qué valores predominan en nuestra sociedad? ¿Sobre qué valores orientar nuestras prácticas? ¿Qué valores compartir? ¿Cómo cambian los valores? Éstas son preguntas relevantes que se plantean en la mayoría de los países occidentales. La razón es clara, los valores son como las huellas dactilares, no se ven a simple vista, nadie tiene las mismas, pero su rastro queda presente en todo lo que hacemos. Martha Nussbaum, por ejemplo, parte de la premisa de que, en épocas de tensión y aceleración, toda sociedad necesita reflexionar sobre la solidez de sus valores más preciados. Pero apelar a los valores no significa necesariamente conservarlos o inmovilizar la sociedad, sino que también implica quererla criticar y transformar. Es decir, también hay una dimensión deliberativa o disputativa de los valores que sirve para dirimir opciones de vida buena diferentes o incluso opuestas que terminan por trasladarse al marco político y a los principios normativos que regulan nuestras vidas.

El problema es que para discutir sobre valores hay que saber primero cuáles son los nuestros, porqué los defendemos y cómo se adecuan a una realidad dinámica y cambiante. Y el problema también es que en los espacios de disputa pública (sea por la nueva ley del aborto o los disturbios de Can Vies) también entran en juego intereses y concepciones ideológicas opuestas. Aunque parezca una obviedad, el problema es que para discutir sobre temáticas que ponen (también) en juego los valores hay que empezar por saber discutir.

El Anuari de Valors 2013 que acaba de publicarse nos ayuda a avanzar en esta línea, ya que nos presenta de manera detallada cuáles han sido los grandes debates axiológicos del año a partir del seguimiento de la prensa de mayor difusión en Cataluña....
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Que un diario, como hizo el Ara el 20 de abril, haga un portada en defensa de las humanidades ya es en sí mismo una noticia. Si encima esa pregunta estuviera presente en la agenda del debate público ya sería extraordinario.

Pero quizás convendría hacer una precisión: la pregunta por las humanidades debería estar en la agenda no porque tenga sentido por sí misma, sino como expresión de una preocupación compartida por el crecimiento en humanidad (la propia y la compartida). O, si se quiere, como expresión del compromiso por el humanismo.

 

Quien quiera vivir seriamente en la sociedad del conocimiento debe estar entrenado en la interculturalidad, en el conocimiento de tradiciones diferentes, en el diálogo con valores y creencias ajenos a la propia cultura. Una sociedad en la que se convierten en un peligro público (sobre todo si mandan) aquellos a quienes describió tan bien Weber: "especialistas sin espíritu, hedonistas sin corazón, estas nulidades se imaginan haber llegado a un estadio de la humanidad superior a todos los anteriores".

 

Los tiempos actuales son un campo de oportunidades para las humanidades, pero hay que acertar en el camino de su reformulación. Porque, aunque todo cambie, ni el mundo ni la condición humana comienzan hoy. No obstante, la pregunta es si el futuro de las humanidades pasa, exclusivamente, por las facultades de humanidades. La vida no se organiza en departamentos. Hoy son médicos, tecnólogos, ingenieros, empresarios, directivos, funcionarios los que están reclamando, en un mundo altamente especializado, una aproximación a la dimensión más profunda de la humanidad, la que debería estar presente en la base de su disciplina y de su profesión. El reto, pues, no son las humanidades sino la educación. Y la educación más allá de los ciclos institucionalizados.

 

La crisis de la educación no es una...
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Este blog cierra por vacaciones. Me despido con una cita de la última exhortación apostólica del Papa Francisco.

Nadie debería decir que se mantiene lejos de los pobres porque sus opciones de vida implican prestar más atención a otros asuntos. Esta es una excusa frecuente en ambientes académicos, empresariales o profesionales e incluso eclesiales. [...] Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La inequidad es la raíz de los males sociales.

Feliz verano

Cuando hablamos de formar para el liderazgo debemos procurar no subirnos a las nubes y llenarnos la boca de grandes palabras. El punto de partida debe ser la realidad. Y la realidad de nuestros jóvenes, que son uno de los actores clave de la universidad, es la que es: compleja, difícil y a menudo dura. Por poner un ejemplo: la palabra mileurista fue acuñada en 2005 en una carta al director en la que uno se quejaba de que apenas llegaba a ganar 1000 € al mes. Hoy el mileurismo es una aspiración. Por ello, tanto la educación como las reflexiones sobre el liderazgo no se pueden desvincular de la realidad social en la que se insertan.

 

Hace unos años, el Observatorio de los Valores de la Fundación Carulla y Esade publicó un informe sobre los valores de los catalanes que tenía un título significativo: Valores blandos en tiempos duros. Sin entrar ahora en contenidos, el título reflejaba una cuestión inquietante: tal vez estábamos viviendo las dificultades de una época dura desde unos valores y actitudes que no se le ajustaban, quizá porque provenían de unos tiempos en que mucha gente se había imaginado que todo era jauja. Puede ser el liderazgo un valor blando, otra manera de esperar la varita mágica -o el mago- que lo resuelva todo? Poder serlo, puede serlo. Por eso antes de hablar de la formación de líderes, como dice el título de la jornada, cabe preguntarse desde qué aproximación al liderazgo hablamos.

 

Y aquí conviene hacer la primera precisión: creo que es mejor hablar de liderazgo que de líderes, especialmente si hablamos de educación. Porque el líder forma parte de cualquier proceso de liderazgo –faltaría más- pero el líder no agota todas las dimensiones que configuran el liderazgo. Por eso la universidad debe educar para el liderazgo, que es mucho más que la simple pretensión de pretender formar líderes.

 

Junto con Ángel...
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Venimos de un tiempo convulso que ha revuelto a la economía, la sociedad, la política, las instituciones, el medio ambiente y el mundo. Ahora se trata de saber qué es lo que nos corresponde hacer, cuáles son las nuevas prioridades. Los tiempos de crisis son tiempos de aprendizaje y de propósitos y, si queremos, son tiempos transformacionales.

Creemos que el denominador común de muchos de los problemas que estamos afrontando tiene que ver con el mundo de los valores. Constatamos un debilitamiento de la conexión entre las personas, las organizaciones y la sociedad en general con los fundamentos valorativos. Quizás el nivel de imbricación práctica de los valores no difiere demasiado del de otros momentos, pero ahora incluso hemos debilitado los discursos públicos sobre los valores. O quizás también ha disminuido nuestra destreza para integrarlos de manera exigente y no relajada en nuestras prácticas cotidianas. Dicho de otro modo, nuestra vida, nuestra actividad, nuestros criterios de actuación a menudo han quedado demasiado lejos de lo que podríamos llamar unos valores básicos compartidos.

Esta apelación a unos grandes valores compartidos menudo recibe tres tipos de críticas: una, que son demasiado abstractos, demasiado alejados de la realidad cotidiana; otra, que son demasiado ambiciosos, demasiado idealistas; y finalmente que son ramplones, que huelen a antiguo. Es como si los valores pudieran deambular entre la filosofía y la sacristía, pero nunca en medio de nuestras vidas de cada día. No compartimos esta visión. Los valores sólidos continúan siendo el fundamento de toda perspectiva de vida de calidad y un generador de sentido inagotable de propósito, de orientación, de vertebración y de cohesión de mucha gente en una propuesta atractiva de querer mejorar la realidad.

Anuari dels valors, presentat per la Fundació Lluís Carulla i ESADESon...
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Suelo insistir en que la RSE no se reduce a ideas y estrategias. Ni a metodologías y modelos de gestión. Qué sea la RSE requiere que la planteemos teniendo en cuenta el tamaño, el sector y el contexto de la empresa. Hasta aquí ninguna novedad. Pero, tras volver de un encuentro internacional, sigo pensando que persistimos en el error de creer que la RSE es una idea –supongamos- brillante que solo espera ser aplicada de manera adecuada. Y que, por tanto, los contextos nacionales y sociales no son más que la pista de aterrizaje de algo que ya está predefinido. No es la primera vez que insisto en que uno de los errores más monumentales en el desarrollo de la RSE es creer que ésta se confina en Europa y Estados Unidos, que las ideas están ahí, y el resto del mundo, a aplicarlas. Por eso quisiera insistir en un aspecto específico, que a menudo se olvida. Escuchar las distintas voces de la RSE es una oportunidad de aprendizaje, especialmente para las empresas globales y las escuelas de negocios. Porque no se trata solo de aclarar qué se piensa y cómo se piensa, sino también desde dónde se piensa. Entre otras cosas porque hay gente que confunde ser universal con tener un discurso tan generalista con el que es imposible no estar de acuerdo… aunque a veces, a la vez, también es imposible saber de qué está hablando.

Si no se considera lo que voy a decir una provocación, creo que en esta cuestión se da una cierta analogía con la aparición, en su momento de la teología política (en Europa) y la teología de la liberación (en América Latina). Ambas daban respuesta al reto de elaborar un discurso teológico que fuera relevante socialmente y que hablara de Dios desde el sufrimiento de las víctimas. Pero esta respuesta tenía modulaciones distintas desde Europa y desde América Latina. El reto era (¿es?) apasionante, porque un reto compartido es un diálogo de miradas sobre la realidad...
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[Este es mi comentario, publicado en el diario Ara el 14 de junio, del libro de Rafael Argullol Pasión del dios que quiso ser hombre]

Con este libro, Rafael Argullol ha hecho un gesto insólito en nuestra cultura: expresar en primera persona su aproximación a la figura de Jesús, al margen de apologetas, teólogos y comecuras. Un gesto ejemplar de normalidad cultural en una cultura como la nuestra, en la que las élites culturales a veces hablan de Jesús, el cristianismo y la religión con una ligereza que no se permitirían en otras cuestiones. Argullol nos acerca a una pregunta inquietante: ¿qué historia de Jesús explicaríamos si sólo dispusiéramos de la historia de la pintura, y no supiéramos nada más de él? Se acerca, pero no se atreve a arriesgarse del todo, porque no renuncia al texto evangélico, tal vez porque nuestra cultura ya nunca podrá renunciar él; en cualquier caso, queda como un reto pendiente, si es un reto que está a nuestro alcance. Más allá de algunas miradas iluminadoras sobre varias personas y hechos evangélicos, Argullol no rehuye el que probablemente es la pregunta más honesta sobre Jesús: "¿qué quería? Ésta es la pregunta que sigue vigente pese a las toneladas de religión que han caído sobre ella".

 

LIBRO - Pasión del dios que quiso ser hombre  Rafael Argullol (Acantilado, 14 mayo 2014)  Ensayo, Religión, Cristianismo, Jesús de Nazaret | Edición papelSan...
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El título de este artículo no es mío, sino del profesor Donaldson, de Wharton School. Lo asumo porque expresa gráficamente una sensibilidad que comparto. Hacia ella convergen, desde sus propias perspectivas, Fukuyama cuando se refiere a la generación de confianza en la economía o Putnam cuando habla de la importancia del capital social para el buen funcionamiento de la democracia. La cuestión de fondo que se plantea es que la viabilidad económica y política de una sociedad no es posible sin la asunción práctica, por parte de una mayoría de sus ciudadanos, de unos valores fundamentales. Y, por consiguiente, que no podemos entender el desarrollo de una sociedad sólo en términos económicos -aunque a menudo únicamente apliquemos este criterio de medida- porque la misma viabilidad económica sólo es posible si está asociada al cultivo, por parte de los actores sociales, de dichos valores.

Cuando hablo de cultivo de valores no lo hago desde una perspectiva instrumental. No comulgo con el reciente cinismo que nos recuerda que es necesario gestionar una buena reputación porque cada vez es más necesario aparecer como ético para poder ser económicamente exitoso. No pretendo cultivar un nuevo tipo de esquizofrenia. La riqueza ética de las naciones remite a valores necesarios para la viabilidad económica de un país, pero cuya justificación no es económica porque lo que se plantea es cómo construir una sociedad viable, justa y sostenible. Que determinadas prácticas arraigadas en valores tengan un impacto económico positivo no significa que dichas prácticas se justifiquen por razones económicas.

La sociedad del conocimiento, organizada en redes, nos obliga a replantear la vinculación entre la ventaja competitiva de las naciones y la riqueza ética de las mismas. La pregunta por la riqueza ética de las naciones emerge cuando descubrimos que son los valores los que configuran...
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En los últimos años, la cuestión de la RSE ha ocupado progresivamente un espacio relevante en el análisis de las prácticas empresariales. Con todo, y lo constato reiteradamente en clases y conferencias, a veces la sensación de mucha gente es la de encontrarse ante una sopa de letras difícil de digerir. Por eso es tan importante poner el foco no tanto en lo que se dice, sino en de qué se habla. La misma Comisión Europea lo ha intentado poniendo el acento en el impacto de las actuaciones y decisiones empresariales. Los impactos (o las consecuencias): he ahí un componente inexcusable de la responsabilidad.

Aunque no se suele reconocer así, muy a menudo, cuando se habla de RSE, tanto si se pretende enaltecerla como relativizarla, se hace desde una perspectiva dualista. Una perspectiva que opone la dimensión económica de la empresa («los resultados») a la dimensión social («la responsabilidad»). Esta perspectiva es compatible con un gran interés por la RSE, pero como algo añadido a la actividad empresarial propiamente dicha. Como si la viabilidad económica no formara parte de la responsabilidad. Y de la RSE. Pero este dualismo tiene otra cara, en la que se suele reparar menos: en nombre de la RSE a veces se proyectan exigencias hacia la empresa que desbordan su especificidad como institución económica y que ignoran algunos requisitos básicos de su funcionamiento.

 

Consejos básicos para mejorar tus relaciones socialesEn este marco se hace necesario un serio esfuerzo para pensar la RSE en términos de interdependencia. Hoy la responsabilidad corporativa no se reduce a las consecuencias de lo que las empresas hacen, sino que se refiera a la manera como las empresas se sitúan y actúan con su entorno. La RSE se refleja en los valores y criterios que orientan a las empresas en todas sus relaciones.

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