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Novedad editorial: El poliedro del liderazgo
 
 



Àngel Castiñeira; Josep M. Lozano

 

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Josep M. Lozano

josepm.lozano@esade.edu
Tel: +34 932 806 162
Ext. 2270

Fax: +34 932 048 105
Av.Pedralbes, 60-62
E-08034 Barcelona


Twitter - Josep M. Lozano

 

Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
Autor: Josep M. Lozano Creado: 16/10/2008 11:45
Persona, Empresa y Sociedad - el blog de Josep Maria Lozano

Este blog cierra por vacaciones. Me despido con una cita de la última exhortación apostólica del Papa Francisco.

Nadie debería decir que se mantiene lejos de los pobres porque sus opciones de vida implican prestar más atención a otros asuntos. Esta es una excusa frecuente en ambientes académicos, empresariales o profesionales e incluso eclesiales. [...] Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La inequidad es la raíz de los males sociales.

Feliz verano

Cuando hablamos de formar para el liderazgo debemos procurar no subirnos a las nubes y llenarnos la boca de grandes palabras. El punto de partida debe ser la realidad. Y la realidad de nuestros jóvenes, que son uno de los actores clave de la universidad, es la que es: compleja, difícil y a menudo dura. Por poner un ejemplo: la palabra mileurista fue acuñada en 2005 en una carta al director en la que uno se quejaba de que apenas llegaba a ganar 1000 € al mes. Hoy el mileurismo es una aspiración. Por ello, tanto la educación como las reflexiones sobre el liderazgo no se pueden desvincular de la realidad social en la que se insertan.

 

Hace unos años, el Observatorio de los Valores de la Fundación Carulla y Esade publicó un informe sobre los valores de los catalanes que tenía un título significativo: Valores blandos en tiempos duros. Sin entrar ahora en contenidos, el título reflejaba una cuestión inquietante: tal vez estábamos viviendo las dificultades de una época dura desde unos valores y actitudes que no se le ajustaban, quizá porque provenían de unos tiempos en que mucha gente se había imaginado que todo era jauja. Puede ser el liderazgo un valor blando, otra manera de esperar la varita mágica -o el mago- que lo resuelva todo? Poder serlo, puede serlo. Por eso antes de hablar de la formación de líderes, como dice el título de la jornada, cabe preguntarse desde qué aproximación al liderazgo hablamos.

 

Y aquí conviene hacer la primera precisión: creo que es mejor hablar de liderazgo que de líderes, especialmente si hablamos de educación. Porque el líder forma parte de cualquier proceso de liderazgo –faltaría más- pero el líder no agota todas las dimensiones que configuran el liderazgo. Por eso la universidad debe educar para el liderazgo, que es mucho más que la simple pretensión de pretender formar líderes.

 

Junto con Ángel...
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Venimos de un tiempo convulso que ha revuelto a la economía, la sociedad, la política, las instituciones, el medio ambiente y el mundo. Ahora se trata de saber qué es lo que nos corresponde hacer, cuáles son las nuevas prioridades. Los tiempos de crisis son tiempos de aprendizaje y de propósitos y, si queremos, son tiempos transformacionales.

Creemos que el denominador común de muchos de los problemas que estamos afrontando tiene que ver con el mundo de los valores. Constatamos un debilitamiento de la conexión entre las personas, las organizaciones y la sociedad en general con los fundamentos valorativos. Quizás el nivel de imbricación práctica de los valores no difiere demasiado del de otros momentos, pero ahora incluso hemos debilitado los discursos públicos sobre los valores. O quizás también ha disminuido nuestra destreza para integrarlos de manera exigente y no relajada en nuestras prácticas cotidianas. Dicho de otro modo, nuestra vida, nuestra actividad, nuestros criterios de actuación a menudo han quedado demasiado lejos de lo que podríamos llamar unos valores básicos compartidos.

Esta apelación a unos grandes valores compartidos menudo recibe tres tipos de críticas: una, que son demasiado abstractos, demasiado alejados de la realidad cotidiana; otra, que son demasiado ambiciosos, demasiado idealistas; y finalmente que son ramplones, que huelen a antiguo. Es como si los valores pudieran deambular entre la filosofía y la sacristía, pero nunca en medio de nuestras vidas de cada día. No compartimos esta visión. Los valores sólidos continúan siendo el fundamento de toda perspectiva de vida de calidad y un generador de sentido inagotable de propósito, de orientación, de vertebración y de cohesión de mucha gente en una propuesta atractiva de querer mejorar la realidad.

Anuari dels valors, presentat per la Fundació Lluís Carulla i ESADESon...
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Suelo insistir en que la RSE no se reduce a ideas y estrategias. Ni a metodologías y modelos de gestión. Qué sea la RSE requiere que la planteemos teniendo en cuenta el tamaño, el sector y el contexto de la empresa. Hasta aquí ninguna novedad. Pero, tras volver de un encuentro internacional, sigo pensando que persistimos en el error de creer que la RSE es una idea –supongamos- brillante que solo espera ser aplicada de manera adecuada. Y que, por tanto, los contextos nacionales y sociales no son más que la pista de aterrizaje de algo que ya está predefinido. No es la primera vez que insisto en que uno de los errores más monumentales en el desarrollo de la RSE es creer que ésta se confina en Europa y Estados Unidos, que las ideas están ahí, y el resto del mundo, a aplicarlas. Por eso quisiera insistir en un aspecto específico, que a menudo se olvida. Escuchar las distintas voces de la RSE es una oportunidad de aprendizaje, especialmente para las empresas globales y las escuelas de negocios. Porque no se trata solo de aclarar qué se piensa y cómo se piensa, sino también desde dónde se piensa. Entre otras cosas porque hay gente que confunde ser universal con tener un discurso tan generalista con el que es imposible no estar de acuerdo… aunque a veces, a la vez, también es imposible saber de qué está hablando.

Si no se considera lo que voy a decir una provocación, creo que en esta cuestión se da una cierta analogía con la aparición, en su momento de la teología política (en Europa) y la teología de la liberación (en América Latina). Ambas daban respuesta al reto de elaborar un discurso teológico que fuera relevante socialmente y que hablara de Dios desde el sufrimiento de las víctimas. Pero esta respuesta tenía modulaciones distintas desde Europa y desde América Latina. El reto era (¿es?) apasionante, porque un reto compartido es un diálogo de miradas sobre la realidad...
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[Este es mi comentario, publicado en el diario Ara el 14 de junio, del libro de Rafael Argullol Pasión del dios que quiso ser hombre]

Con este libro, Rafael Argullol ha hecho un gesto insólito en nuestra cultura: expresar en primera persona su aproximación a la figura de Jesús, al margen de apologetas, teólogos y comecuras. Un gesto ejemplar de normalidad cultural en una cultura como la nuestra, en la que las élites culturales a veces hablan de Jesús, el cristianismo y la religión con una ligereza que no se permitirían en otras cuestiones. Argullol nos acerca a una pregunta inquietante: ¿qué historia de Jesús explicaríamos si sólo dispusiéramos de la historia de la pintura, y no supiéramos nada más de él? Se acerca, pero no se atreve a arriesgarse del todo, porque no renuncia al texto evangélico, tal vez porque nuestra cultura ya nunca podrá renunciar él; en cualquier caso, queda como un reto pendiente, si es un reto que está a nuestro alcance. Más allá de algunas miradas iluminadoras sobre varias personas y hechos evangélicos, Argullol no rehuye el que probablemente es la pregunta más honesta sobre Jesús: "¿qué quería? Ésta es la pregunta que sigue vigente pese a las toneladas de religión que han caído sobre ella".

 

LIBRO - Pasión del dios que quiso ser hombre  Rafael Argullol (Acantilado, 14 mayo 2014)  Ensayo, Religión, Cristianismo, Jesús de Nazaret | Edición papelSan...
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El título de este artículo no es mío, sino del profesor Donaldson, de Wharton School. Lo asumo porque expresa gráficamente una sensibilidad que comparto. Hacia ella convergen, desde sus propias perspectivas, Fukuyama cuando se refiere a la generación de confianza en la economía o Putnam cuando habla de la importancia del capital social para el buen funcionamiento de la democracia. La cuestión de fondo que se plantea es que la viabilidad económica y política de una sociedad no es posible sin la asunción práctica, por parte de una mayoría de sus ciudadanos, de unos valores fundamentales. Y, por consiguiente, que no podemos entender el desarrollo de una sociedad sólo en términos económicos -aunque a menudo únicamente apliquemos este criterio de medida- porque la misma viabilidad económica sólo es posible si está asociada al cultivo, por parte de los actores sociales, de dichos valores.

Cuando hablo de cultivo de valores no lo hago desde una perspectiva instrumental. No comulgo con el reciente cinismo que nos recuerda que es necesario gestionar una buena reputación porque cada vez es más necesario aparecer como ético para poder ser económicamente exitoso. No pretendo cultivar un nuevo tipo de esquizofrenia. La riqueza ética de las naciones remite a valores necesarios para la viabilidad económica de un país, pero cuya justificación no es económica porque lo que se plantea es cómo construir una sociedad viable, justa y sostenible. Que determinadas prácticas arraigadas en valores tengan un impacto económico positivo no significa que dichas prácticas se justifiquen por razones económicas.

La sociedad del conocimiento, organizada en redes, nos obliga a replantear la vinculación entre la ventaja competitiva de las naciones y la riqueza ética de las mismas. La pregunta por la riqueza ética de las naciones emerge cuando descubrimos que son los valores los que configuran...
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En los últimos años, la cuestión de la RSE ha ocupado progresivamente un espacio relevante en el análisis de las prácticas empresariales. Con todo, y lo constato reiteradamente en clases y conferencias, a veces la sensación de mucha gente es la de encontrarse ante una sopa de letras difícil de digerir. Por eso es tan importante poner el foco no tanto en lo que se dice, sino en de qué se habla. La misma Comisión Europea lo ha intentado poniendo el acento en el impacto de las actuaciones y decisiones empresariales. Los impactos (o las consecuencias): he ahí un componente inexcusable de la responsabilidad.

Aunque no se suele reconocer así, muy a menudo, cuando se habla de RSE, tanto si se pretende enaltecerla como relativizarla, se hace desde una perspectiva dualista. Una perspectiva que opone la dimensión económica de la empresa («los resultados») a la dimensión social («la responsabilidad»). Esta perspectiva es compatible con un gran interés por la RSE, pero como algo añadido a la actividad empresarial propiamente dicha. Como si la viabilidad económica no formara parte de la responsabilidad. Y de la RSE. Pero este dualismo tiene otra cara, en la que se suele reparar menos: en nombre de la RSE a veces se proyectan exigencias hacia la empresa que desbordan su especificidad como institución económica y que ignoran algunos requisitos básicos de su funcionamiento.

 

Consejos básicos para mejorar tus relaciones socialesEn este marco se hace necesario un serio esfuerzo para pensar la RSE en términos de interdependencia. Hoy la responsabilidad corporativa no se reduce a las consecuencias de lo que las empresas hacen, sino que se refiera a la manera como las empresas se sitúan y actúan con su entorno. La RSE se refleja en los valores y criterios que orientan a las empresas en todas sus relaciones.

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Nos hemos acostumbrado a pensar que la memoria y la memoria colectiva son siempre restos del naufragio del pasado, de un pasado más o menos remoto que pervive entre las nieblas de nuestros recuerdos. Según la edad del lector, le podríamos trasladar preguntas relacionadas con el Mayo del 68, la resistencia antifranquista, el 20N y la transición democrática, la manifestación del 11 de septiembre de 1977, el intento de golpe de estado del 23F, etc. Seguro que  la mayoría presentaría un relato trufado de anécdotas y vivencias. Esta narración, presupone una cierta interpretación, selección, adaptación y manipulación de los hechos vividos que recreamos desde el presente cada vez que los revivimos. Es decir, el presente lo incorporamos a la memoria mediante narraciones construidas para dar sentido a lo que hemos vivido y lo que vivimos ahora.

La transmisión de estas historias que se van trenzando unas con otras contribuye a la construcción de la memoria colectiva, el relato que da continuidad a los recuerdos compartidos, que crea vínculos sentimentales de identificación, lealtad e inclusión, y que delimita las líneas de diferenciación cultural de un colectivo frente a otros. Cuando, en el futuro, se evoquen episodios singulares como la cadena humana de la Vía Catalana de 2013 y alguien diga " Yo también estuve allí", este mecanismo se volverá a activar. Es mediante la transmisión de historias afectivamente marcadas que construimos el puente que permite transitar de la memoria vivida por nosotros a la memoria colectiva mantenida y transmitida entre generaciones. Este es uno de los elementos que favorecerá el sentimiento de vínculo comunitario y de pertenencia.



Estas consideraciones nos sirven al menos para plantear dos reflexiones. La primera, para ser conscientes...
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Como no sabemos exactamente hacia donde transita nuestra sociedad, tampoco sabemos cómo denominarla. O, al revés, la denominamos de diverses maneras en función de la clave que adoptamos para intentar comprenderla. Hoy quisiera detenerme en dos de estas denominacions: sociedad de la información (o del conocimiento, que a veces se utilizan lamentablemente como sinónimos) y sociedad del riesgo. Y lo que quiero plantear es que estas denominacions, hoy por hoy, no son alternatives sino complementarias. Porque la sociedad de la información es a la vez una sociedad del riesgo. Y lo es no como una especie de subproducto lamentable, resultado de maldad y/o de la chapucería humanas, sino como algo intrínsecamente asociado al desarrollo de la sociedad de la información. Porque ya no hablamos de simples amenazas sociales o naturales que escapan al control humano (como podría ser el caso de las sociedades premodernas). Hablamos de riesgos que son consecuencia de decisiones humanas, cuyo impacto tiene un creciente carácter global y se percibe como indiscriminado; como se ha dicho gráficamente, la riqueza es jerárquica, pero la polución es democrática. Claro que hay maldad y chapucería humanas, y a veces en grado superlativo. Pero la característica común a la sociedad de la información y la sociedad del riesgo es la interdependencia. De ahí también el éxito de la denominación sociedad-red que, de hecho, se superpone a las anteriores

Olvidémonos por un momento de un subproducto de lo anterior, como son las nuevas formas de terrorismo y de delincuencia. Vayamos a lo que no es deliberadamente perverso... esperemos. Que la productividad esté cada vez más asociada a la...
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Más de una vez he iniciado un debate proponiendo esta pregunta: ¿qué hay en una empresa, recursos humanos o personas con recursos?

Creo que lo que se ventila en esta pregunta no es una cuestión de terminología sino, a la vez, un modelo de empresa y un sistema de creencias sobre la empresa.

 

Si hablamos de recursos, hablamos de algo funcional, prescindible en función de otros criterios u objetivos. Hablamos de un subapartado de una categoría más general –los recursos- que son algo pasivo, dependiente de las funciones asignadas, utilizables y –eventualmente- prescindibles. Ya es sabido: el que manda, asigna recursos; y quien es un recurso es el asignado. El director general de Infojobs acaba de declarar que las empresas cuidaban a los candidatos porque competían por conseguir a los mejores. Tras cinco años de crisis, y con casi seis millones de desempleados, "se trata a la gente como carne, como carne de cañón, se le hace sentir mal". Este esquema, en el límite, se ve reflejado en el diálogo entre dos directivos que publicó El Roto en El País: “¡Hay que reflotar la empresa!: ¡hunda algunos hombres!”. Por cierto: es necesario subrayar que este enfoque es perfectamente compatible con la retórica que permite afirmaciones engoladas sobre las personas como el activo o el recurso más importante de la empresa. Más aún: esta es la visión que vertebra esta afirmación, aunque parezca una paradoja.

 

Un recurso no es un sujeto. Un recurso no son personas con autonomía y voluntad. Pero es que, además, lo que ocurre es que muchos recursos personales no se activan –ni en la vida, ni en las organizaciones- a no ser, precisamente, que se ofrezca y se facilite esta posibilidad. Tanta pregunta por los recursos que tenemos nos lleva a ignorar los recursos inéditos pero disponibles....
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