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Novetat editorial: El poliedre del lideratge
 
Àngel Castiñeira; Josep M. Lozano

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Josep M. Lozano

josepm.lozano@esade.edu
Tel: +34 932 806 162
Ext. 2270

Fax: +34 932 048 105
Av.Pedralbes, 60-62
E-08034 Barcelona


Twitter - Josep M. Lozano

 

Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
Autor: Josep M. Lozano Creat: 16/10/2008 11:45
Persona, Empresa y Sociedad - el blog de Josep Maria Lozano

En la misma época en la que supimos que en el ayuntamiento de Sabadell había unos cuantos presuntos, aparecía también el ranking de transparencia de los ayuntamientos: resulta que el de Sabadell era el segundo de Catalunya, y estabe entre los primeros de España. Por lo que cabe preguntarse qué tipo de transparencia queremos y para qué. Si hubiera confianza en las instituciones políticas y les diéramos credibilidad, no reclamaríamos tanto la transparencia porque la consideraríamos incluida en las anteriores. Y es que sólo con transparencia no habrá más transparencia.

No hace falta decir que la información asociada a la actividad de las instituciones públicas debe estar disponible y ser de fácil acceso: esto hoy es posible y, salvo razones de seguridad y privacidad, es inexcusable. Pero también creo que una manera de aumentar la opacidad y la confusión es inundar de datos a la gente. Hay una especie de populismo de la transparencia que da por supuesto que eliminar barreras y hacer que las paredes sean de cristal es darle al pueblo lo que pide. Menudea un discurso sobre la transparencia prisionero de una concepción ingenua de la verdad. Una legítima y justificada indignación ha desembocado en el "no nos representan, no nos dicen la verdad", y eso no hay transparencia que lo arregle, porque el problema es la confianza y la credibilidad.

El problema no es la verdad. El problema es quien construye una interpretación o explicación razonable y razonada en base a información relevante. Se ha dicho que todo texto fuera de contexto se convierte en un pretexto. Podemos sustituir perfectamente "texto" por información o datos. Por ello, a falta de credibilidad y confianza en las instituciones públicas, hay quien otorga más presunción de verdad a su timeline, o a su muro de facebook, o a cualquier persona que tenga un discurso sobre lo que debería hacerse... siempre que...
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Como no podemos cambiar la realidad, cambiemos el lenguaje. Ésta parece ser la consigna. Confieso que me incomoda mucho, a veces me irrita y en algún caso me indigna la multiplicación de apelaciones a la necesidad del espíritu emprendedor que ha tomado carta de naturaleza entre nosotros. Debemos reinventarnos, nos aconsejan a menudo. Tal persona u organización se han reinventado con éxito, se dice mientras se nos exhorta a admirar tal capacidad. Reinventarse y la emprendeduría han sustituido a la ejemplaridad. Yo, por si acaso, cuando me encuentro ante cualquier predicador de dicha buena nueva, lo primero que hago es mirarle a la cara e indagar sobre su trayectoria. Suele ser muy saludable. Con perdón de Unamuno: a menudo la única conclusión lógica es que a quien le convendría reinventarse es al predicador.

Y conste que esta ola emprendedora y reinventadora tiene su razón de ser. Sin capacidad de iniciativa, esfuerzo y creatividad lo tenemos crudo. Con la que está cayendo no deja de ser recomendable empezar cualquier diatriba crítica mirándose al espejo. Hacerse adulto –personalmente y socialmente- pasa por asumir que la responsabilidad exige que la primera reacción no puede ser buscar quien tiene que resolverme los problemas. Pero esto no se resuelve con el implícito de que la partida se juega solo en la genialidad individual. Incluso para emprender y reinventarse se necesitan formación, estímulos, entornos institucionales, regulaciones adecuadas y una cultura que dé sentido y valoración a estas actitudes.

Pero no. Siempre se habla de "el" emprendedor (o "los" emprendedores, pero solo de manera agregada). Y siempre se escamotea la cuestión de si al final puede haber emprendedores si decimos que solo queremos tener más emprendedores, y es de lo único de lo que hablamos. Me temo, una vez más, que nos encontramos ante otro ejemplo de aquel dicho sobre buscar...
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Éste es el título de una escultura que representa a un sin techo, y que solamente cuando te acercas puedes identificar con Jesús, por las señales de la crucifixión que tiene los pies. Tymothy Schmalz dice que la escultura se la inspiró un sin techo que vio justo antes de Navidad, y que le hizo reaccionar instintivamente diciendo que había visto a Jesús. En Toronto hay unos 5000 sin techo en el área metropolitana. Lo que resulta sintomático es que la escultura ha sido rechazada por varias iglesias católicas y por las catedrales de Toronto y Nueva York, con argumentos como que resultaría demasiado controvertida, vaga o, simplemente, que no sería apropiada. Finalmente ha acabado en la facultad de teología de los jesuítas, en Toronto.

Es curioso constatar, una vez más, como nos resistimos a cualquier propuesta que desborde los límites de nuestros patrones mentales y perceptivos. Y eso que esta propuesta plantea una cuestión central en los evangelios: la capacidad "ver", la educación y la transformación de la mirada que tenemos sobre el mundo y sobre nosotros mismos. El evangelio está lleno de textos donde la cuestión central es la capacidad y la disposición a ver a Jesús, precisamente allí donde no estaríamos predispuestos ni a verlo ni a buscarlo.

Es también una prueba más de la capacidad que tenemos los humanos de domesticar los símbolos. La cruz es un símbolo integrado en el paisaje, domesticado, sometido. Como se ha dicho, es uno de los logos más exitosos de la historia, y este éxito como logo es la apoteosis de su fracaso. Como lo es que sea noticia que el nuevo Papa no lleve una cruz de oro, cuando la noticia -y quizá el escándalo- debería ser la contraria. Hay cruces de oro y brillantes,...
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(Escrito con ocasión del quinto aniversario de Diario Responsable)

…habría que inventarlo, como suele decirse. Cuando alguien haga la historia de la RSE en España (esperemos que no sea una necrológica) no podrá hacerla sin dedicar un capítulo significativo a Diario Responsable (DR), y a todos los que tras él han impulsado iniciativas relevantes de información en el ámbito de la RSE.

Ahora bien, la existencia y el recorrido que ha seguido DR no es solo una contribución de primer orden al desarrollo de la RSE, sino que sus fortalezas y sus debilidades no son más que el reflejo de la potencialidad y, a la vez, las contradicciones del desarrollo de la propia RSE. Y creo que este es un buen momento para tomarlas en consideración.

La RSE necesita una mentalidad de ágora. Y, consiguientemente, necesita espacios que lo sean. Sin espacios de encuentro las personas que se dedican a la RSE tienen un riesgo altísimo de encontrarse relativamente aisladas en sus organizaciones, sean del tipo que sean. En RSE no se puede copiar, pero se puede aprender; y mucho. Y para aprender necesitamos espacios en los que no predomine lo políticamente correcto, sino espacios en los que sea posible dialogar (lo que incluye cuestionar y criticar) y compartir información. Estar al servicio de esta actitud y crear las condiciones para ella es quizás la máxima contribución de DR. Y, por lo menos, es un espejo que nos refleja a todos y, por supuesto, refleja la calidad del diálogo que mantenemos y de la información que compartimos. Calidad que se ha incrementado con los años, pero a la que todavía le queda bastante recorrido. Porque un ágora no es un simple contenedor de discursos e informaciones, sino un espacio en el que se construye un discurso compartido o, al menos, un marco de referencia compartido. En este sentido, sería una investigación interesante recorrer retrospectivamente...
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Bueno, es decir: acabar con la pesadez de discutir si es voluntaria o no. Es la reacción que me suscité hace unos días un encuentro que tuvo lugar en la CEOE. En dicho encuentro se plantearon cuestiones realmente interesantes sobre las que convendría profundizar. Pero volvió a aparecer la cantinela de la voluntariedad.

Vaya por delante que entiendo perfectamente la dificultad a la que se refiere. Pero considero que es una dificultad aparente resultado de, simplemente, un mal planteamiento de la cuestión. O al menos así me lo parece. Un mal planteamiento que considero que todos nos iría bien liquidar, pero esto no deja de ser un inútil deseo personal. En cualquier caso, un mal planteamiento que responde a tres errores de enfoque, que quisiera apuntar a continuación.

En primer lugar lo que yo denomino el platonismo de la RSE. Siempre me ha fascinado constatar cómo personas y entidades supuestamente pragmáticas y realistas, cuando se trata de hablar de valores, adoptan un enfoque y piensan desde un paradigma decididamente platónicos. En este caso, se sigue hablando de la RSE como si fuera una idea pura preexistente, que solo requiere debatir sobre cómo aplicarla. Por supuesto, por seguir con el símil platónico, nadie ve ni recuerda con claridad dicha idea pura, de ahí tantos debates al respecto, pero que paradójicamente tienen en común la creencia de que existe un contenido establecido de lo que es y no es la RSE, y de ahí la discusión de cómo llevarla a la concreción y por qué vías. Me pregunto si la solución consiste en seguir debatiendo o en dejar de lado este platonismo casero.

Hay diversas vías para hacerlo, y éste es el segundo punto que quería plantear. Para hacerlo más paradójico, usaré como camino de salida las palabras de quien ha sido el mayor culpable del debate sobre la voluntariedad: la Comisión Europea. No repetiré aquí la primera definición...
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Marjorie Kelly insiste desde hace tiempo en un término que, más allá de su mayor o menor precisión, es sumamente gráfico y expresivo: las empresas extractivas, a las que contrapone las empresas generativas.

Hablar de empresas extractivas no es, desde mi punto de vista, una descripción sino una metáfora. No se refiere a las empresas de determinados sectores, sino que es una calificación que puede aplicarse a cualquier empresa, en función de cómo actúe y de cómo oriente su gestión. Desde esta perspectiva, serán extractivas todas las empresas cuya finalidad –absolutizada- de hecho sea extraer el máximo de recursos y, al fin y al cabo, de dinero de aquellos con los que se relaciona. El sector financiero, pues, en los últimos años ha sido una auténtica apoteosis de empresas extractivas, pero la metáfora no es exclusiva de ningún sector. Consiguientemente, el problema y el riesgo para el sistema y para las sociedades, no son "las empresas", "los beneficios", "los incentivos" o "los bancos", sino la mentalidad extractiva cuando se hace presente en cualquiera de ellos. Y, por supuesto, el reto de la salida de la crisis no es que ahora se hayan reducido las posibilidades extractivas y estemos explorando cuándo y cómo podemos volver a ellas. El reto es acabar con la mentalidad y las prácticas extractivas.

Con mayor o menor fortuna, Kelly contrapone a las empresas extractivas las empresas generativas. Empresas, también, con beneficios e incentivos, pero cuya finalidad se orienta a generar más vida (económica, social, relacional, productiva…). Mi opinión personal es que esta contraposición entre lo que Kelly denomina empresas extractivas y generativas conecta con una confusión muy arraigada en el mundo organizativo: la confusión entre objetivos...
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Ya se ha convertido en "normal" tener abierto el móvil en las reuniones y/o las conversaciones o entrevistas, sin ni siquiera silenciarlo.

Ya se ha convertido en "normal" contestar a las llamadas de móvil en medio de una reunión y/o durante una conversación, a menudo sin ni salir de la sala. A veces lo hace incluso la persona que está hablando en el momento que la llaman, y deja colgado a todo el mundo (menos a quien le ha hecho la llamada, claro está).

Ya se ha convertido en "normal" llamar o recibir llamadas durante las reuniones tapándose la boca con la otra mano, como si alguien tuviera el más mínimo interés en leer los labios de quien habla.

Ya se ha convertido en "normal" consultar y contestar el correo electrónico durante las reuniones.

Ya se ha convertido en "normal" teclear en el móvil durante las reuniones, sea correo, sms, twitter o whatsapp.

Ya se ha convertido en "normal" que cuando alguien descuelga el móvil el interlocutor se ponga a hablar sin preguntarle a quién descuelga se le va bien hablar en ese momento, y sin que quien descuelga pregunte -si está en medio de una conversación- al otro si le molesta que responda a la llamada.

Ya se ha convertido en "normal" que la gente se queje si no le respondes inmediatamente a una llamada.

Ya se ha convertido en "normal" tener que escuchar conversaciones privadas (íntimas o profesionales) con un volumen de voz que casi haría innecesario el móvil en lugares públicos, que pueden ir desde el metro hasta el ave.

La pregunta es: ¿debemos considerar inexorable e irreversible esta "normalidad"? Dicho con otras palabras: ¿tiene sentido hablar en este contexto de urbanidad y buena educación? No en vano de urbs (ciudad) deriva...
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Hoy corre el rumor de que "todos los políticos son iguales". Una visión superficial de esta afirmación viene a decir que todos se mueven en componendas o en luchas por el poder puro y simple, que las cuestiones básicas se resuelven al margen de la sociedad (y al margen de la mayoría de políticos) y que el Parlamento sólo viene a ser el teatro en el que se escenifican. Ya un autor tan poco sospechoso como R. Milliband recogía el dicho de que "se parecen más dos diputados, uno de los cuales es comunista, que dos comunistas, uno de los cuales es diputado". En definitiva, la política se ha convertido en una misa en latín (ahora que el latín vuelve a ser noticia), y concelebrada de espaldas al público. A mí me parece que esta impresión tiene fundamento, pero que es inexacta, que todavía hay calidades diversas en todo el espectro de nuestra vida política, especialmente en lo que atañe a honestidad y coherencia moral. Si cuando dicen "todos los políticos" le pidiéramos a la gente la lista de los que tiene en la cabeza al decir esto, ¿cuántos saldrían? ¿40? ¿140? Me da igual. ¿Y los miles que están en política por convicción, ganas de contribuir a la sociedad y en base a determinados ideales? ¿Tenemos derecho a ser tan injustos con ellos ya menospreciarlos de esta manera? ¿Qué precio pagaremos colectivamente por este disparate?

En cambio, la afirmación de que todos son iguales apunta a otra cuestión. Se diría que la dinámica política hace -más allá de muchas voluntades individuales- que los políticos parezcan tener como objetivo el Estado o la administración, mientras los ciudadanos, en cambio, aspiran a mejorar o a hacer más llevadera su vida cotidiana. Ante este hecho, los partidos aparecen cada vez más como simples gestores (mejores o peores), como instrumentos incapaces, por sí mismos, de ser los portadores razonables de alguna esperanza de transformación social.

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La revista Valors ha llegado al número 100 y para celebrarlo publicará un libro de entrevistas, junto con Editorial Proteus, en el que se reflexiona sobre el éxito y la ética. Es una excelente iniciativa. El volumen apunta la tesis de que tener valores, actuar con una cierta ética, no tiene por qué estar reñido con lograr el éxito en los proyectos que uno intenta alcanzar; es decir, tener valores también puede conducir al éxito. Entre los entrevistados que figurarán en el libro hay personalidades destacadas como el ex político Federico Mayor Zaragoza, la modelo Judith Mascó, el periodista Iñaki Gabilondo, la ilustradora Roser Capdevila, la escritora Ana María Matute, el empresario Pablo García-Milà , el cocinero Joan Roca o el publicitario Lluís Bassat, entre otros. Todas ellas, personas que han conocido el éxito.

Con la excusa de este futuro libro, queremos aportar un par de reflexiones sobre el tema que tratará. Hay dos tesis que creemos que sirven de delantal a este proyecto.

Valores éticos y éxito no son incompatibles. Está bien recordarlo en los tiempos actuales donde parece que el éxito es inseparable del dopaje (en el deporte), de la accesibilidad a los gobiernos o a personas influyentes (por parte de determinadas empresas), de las trampas o la opacidad fiscal (por parte de algunos profesionales) o de la corrupción, la mentira y el espionaje (en la política). Si Diógenes apareciera hoy con un farol en medio de la Plaza Catalunya buscando hombres/mujeres virtuosos creemos que, sin duda, los encontraría. Lo extraordinario, sin embargo, radica en el hecho de tener que recordar hoy lo que debería formar parte desde hace siglos de un proyecto civilizatorio. La tesis a recordar, pues, debería ser la contraria: la manera...
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En la serie Los Borja que emitía TV3 uno de los personajes le comenta a otro que entre la muerte de un papa y la elección del siguiente se producía "un vacío de liderazgo". Esto es lo que ocurre cuando proyectamos en el pasado nuestras concepciones: que no resulta creíble oír aquella gente hablar de liderazgo. Pero esto no quiere decir que quien esté preocupado hoy por el liderazgo no se pueda acercar con provecho a los clásicos.

La antigua religión del maniqueísmo presentaba una división primordial del mundo entre dos principios, el Bien y el Mal, que a su vez dualizaban nuestras vidas. El maniqueísmo negaba la responsabilidad humana por los males cometidos, porque creía que no eran producto de la libre voluntad sino del dominio del principio del mal en nuestras vidas.

El maniqueísmo fue combatido por el cristianismo, pero la estructura básica de esta doctrina ha perdurado en nuestra cultura, la podemos ver patente en muchos guiones cinematográficos de Hollywood. En estas historias el bien lucha contra el mal y ambos son diferenciables, como dos posiciones extremas. Este esquema simple ha contribuido a fortalecer el supuesto de que los (líderes) buenos sólo pueden hacer el bien, y los (líderes) malos están condenados a hacer el mal, porque bondad y maldad dependen de principios diferentes.

La dinámica del liderazgo nos enseña que el mal no está ahí fuera, sino que todos tenemos nuestros demonios interiores. Luces y sombras, humildad y vanidad, sencillez y arrogancia son parejas de contrarios que nos acompañan en nuestra vida. La frontera entre el bien y el mal es difusa y solemos bordearla en muchas de nuestras decisiones y acciones.

George Lucas trasladó a la pantalla, a través de la...
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