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Novetat editorial: El poliedre del lideratge
 
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Josep M. Lozano

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Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
dic 22

Escrit per: Josep M. Lozano
22/12/2015 19:21 

Dicen que cuando Benedicto XVI era el cardenal Ratzinger -prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, recordémoslo- en un viaje a Madrid pidió visitar El Prado. Los responsables le prepararon un recorrido convencional y previsible a base de murillos y zurbaranes pero, ante su sorpresa, al llegar les dijo que lo que quería ver eran las Pinturas negras de Goya. Parece que las visitó con suma atención, y que al llegar ante El perro permaneció allí un rato, tras lo cual se retiró en silencio.

¿Qué tiene esta pintura enigmática, hermética, seductora y desolada que ha atraído y cautivado a tantas personas a lo largo del tiempo? El mismo Joan Miró, en su última visita el Prado meses antes de su muerte, se centró en las Meninas y El perro. Y Antonio Saura ha dejado dicho que es "el cuadro más bello del mundo". Un cuadro que, en cierto modo, culmina uno de los procesos más fascinantes de la historia de la pintura. Un proceso que da lugar a una verdadera doble vida en la producción pictórica de Goya. No viene a cuento ahora glosar su personalidad compleja y poliédrica, ni su biografía. Fue el retratista más importante y reconocido de la corte y pintor del rey; fue testigo de la invasión francesa y de la reacción rebautizada míticamente como Guerra de la Independencia; tuvo que capear al infame Fernando VII; y la Inquisición (de quien -curiosamente- es en buena medida heredera la congregación que dirigía Ratzinger) se interesó por su pintura y por sus vínculos con los afrancesados, que es como se llamaba los ilustrados (con esta manía española de considerar como no verdaderamente españoles las ideas o los adversarios políticos que no encajan con la doctrina oficial). Y sin mencionar el impacto devastador de la enfermedad que le produjo la sordera o sus relaciones con la duquesa de Alba, que hoy harían las delicias de cualquier programa de sobremesa.

Lo que ahora me interesa es subrayar esta doble vida, que hace que tenga una obra pública, que le permitió asegurarse los ingresos por los que nunca dejó de preocuparse, y una obra privada no destinada necesariamente a ser mostrada, en la que podía explayarse con más libertad dado que, como él mismo dijo, en la obra por encargo "el capricho y la invención no tienen ensanches". En este punto, Todorov ha subrayado con gran acierto que debemos ver a Goya como un pensador, un pensador estimulante, provocativo, desconcertante, sobrecogedor. Un pensador que formula su pensamiento con el lenguaje de la pintura y, sobre todo, del dibujo. Un pensador que nos ayuda a entendernos mejor a nosotros y al mundo en el que vivimos, porque explora sin prejuicios, convenciones ni edulcorantes los rincones más inhóspitos y descarnados de la condición humana. Y por eso resulta un símbolo tan potente visualizar al máximo responsable de la doctrina de la fe en silencio ante El perro (en una secuencia que imagino complementaria de la Leyenda del Gran Inquisidor de Dostoievski): porque la doctrina de la fe, sea lo que sea lo que esto signifique, no es posible si uno no se desnuda en un total arraigo en la condición humana y en la más radical indagación de todas sus dimensiones. Y aquí vale para toda doctrina lo que decía Goya de la pintura: "que no hay reglas en la Pintura, y que la opresión, ú obligación servil de hacer estudiar ó seguir á todos por un mismo camino, es un grande impedimento á los jóvenes que profesan este arte tan difícil ". Quizás la indagación de la fe y la fe confiada en la indagación sólo ocurren cuando no hay doctrina reducida a ser entendida como "mismo camino" o, peor aún, como "obligación servil".

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Para el hilo que estoy siguiendo para llegar a El perro, son especialmente relevantes Los desastres de la guerra. Una colección de grabados que no publicó nunca en vida y que hoy tienen una actualidad estremecedora. Z. Music, al salir de Dachau, dijo que lo único que reflejaba lo que había vivido era el desastre número 18. Y Primo Levi dice que le oyó decir a un vigilante de las SS en Auschwitz: aquí no hay por qué . Esta es la terrible respuesta al clamor que atraviesa los desastres y que Goya explicita en uno de ellos: ¿por qué? Una pregunta devastadora que no se puede digerir ante un desastre, y que no se puede sostener ni siquiera sobre sí misma. Contemplar detenidamente los desastres de Goya es uno de los mejores antídotos que conozco contra lo que el Papa Francisco ha denominado "la globalización de la indiferencia". Porque no hay nada más contemporáneo en la obra de Goya que los desastres, que podrían ilustrar mejor nuestros informativos que muchas de las imágenes con las que nos inundan. Con una diferencia sustancial: las imágenes siempre bordean la obscenidad de convertir el dolor y el sufrimiento en espectáculo, mientras que los desastres nos muestran la verdad.

Porque Goya pone de manifiesto una escisión que siglos atrás no habría sido nunca aceptada: la prioridad de la verdad por encima de la belleza. ¿Qué verdad? La eterna verdad que este año hemos contemplado en esta inmensa fosa común en la que se ha convertido el Mediterráneo. Lo que hemos visto en Siria. Lo que año tras año hemos visto repetido en varios rincones del planeta. En los grabados de Goya están todos estos rincones, todos, sin excepción. Nietzsche se equivocó: el eterno retorno no es el del superhombre sino el de la deshumanización propia de la crueldad y del sufrimiento sin por qué. Nos cuesta aceptarlo porque hiere demasiado nuestro narcisismo: los desastres también revelan la naturaleza humana. Ante los desastres de todo tipo es demasiado fácil decir que son inhumanos. Es demasiado fácil quitárnoslos de encima con esta pirueta retórica. No: lo que vemos es humano, demasiado humano. Es también lo que los hombres somos capaces de hacer. Todos. Y por eso en estos grabados no hay nada épico, ni sublime, ni grandioso, como tantos cuadros de grandes batallas o de héroes militares nos han intentado transmitir. Simplemente, muestran a los hombres el mal que son -que somos- capaces de hacer. Es como el cuadro que Goya pintó sobre el levantamiento del dos de mayo: las caras son todas igualmente crispadas, las miradas son igualmente salvajes, con independencia del uniforme que vistan; las únicas miradas humanas que interrogan a quien contempla el cuadro son las de los caballos. Ante el dolor, la crueldad y el sufrimiento desaparecen los valores, las convicciones y las ideologías con que a menudo queremos justificarlos o explicarlos, o con los que vestimos la buena conciencia de nuestra indignación. Porque la prioridad de la mirada no la tienen ni los valores, ni las convicciones, ni las ideologías, sino las víctimas. A Goya no le interesa el uniforme que visten, sino el hecho de que son víctimas. Goya anticipa en su mirada lo que dijo Carles Capdevila en su despedida como director del Ara: "quiero sentirme más cerca de los que sufren que de los que hacen sufrir". No nos engañemos: Goya nos trastorna no sólo porque nos muestra unos hechos ante los que nos cuesta sostener la mirada, sino también porque, ante la eterna coartada de consolarnos juzgando y condenando a los demás, nos confronta con los versos de Màrius Sampere:

Mirem i què hem vist
sinó l’interior dels ulls?

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Si se hace el ejercicio de mirar los desastres en el orden inverso en que los presentó Goya, al llegar al número 1 puede que uno sienta un escalofrío. Porque lo que encuentra, despojado de épica, trascendencia y de cualquier sublimidad religiosa es un grabado que, sin duda, le resultará familiar: solo se puede recordar el motivo iconográfico de Jesús en el huerto de los olivos. Lo que hay en este grabado es una conexión con las experiencias límite de todo ser humano, llena de verdad y desnuda (o faltada) de teología. Que siempre es mejor que una conexión plena de teología y desnuda (o faltada) de verdad. Por ello conviene siempre tener presente lo que Goya decía de su pintura: "Mi ojo no percibe nunca líneas ni detalles, ni se me ocurre contar los pelos de la barba del transeúnte o la botonadura de su abrigo. Esas minucias no distraen mí atención. Y mi pincel no debe ver más ni mejor que yo. En contra de la naturaleza, estos profesores cándidos quieren detalles de conjunto, pero sus detalles son casi siempre fictícios o mentirosos". He aquí la clave de toda indagación en el camino hacia la propia humanidad: mi pincel no debe ver más ni mejor que yo. Y quien dice mi pincel dice mi ideología, mi teología, mis valores, mis creencias. Y no porque en ellas no se pueda expresar nuestra autenticidad, sino porque siempre tenemos el riesgo de caer en el autoengaño que hace que el pincel vea -y nos vea- mejor que nosotros, con detalles "casi siempre fictícios o mentirosos". Porque no se trata de pintar más bonito, sino de aclarar, afinar y profundizar la mirada sobre nosotros y sobre el mundo.

Y esto es justamente lo que nos conducte a El perro. Cuando Goya compra la Quinta del Sordo, probablemente para apartarse de Madrid y de lo que allí ocurre, entra en el espacio donde creará lo que se ha llamado la capilla sixtina de la pintura moderna: las pinturas negras que motivaron la visita de Ratzinger. Unas pinturas que Goya pintó directamente sobre las paredes de las habitaciones principales, con las que convivía a diario, algunas de las cuales se han convertido en emblemáticas de Goya. Unas pinturas, por tanto, para sí mismo y no para los demás, ni según los requerimientos de los demás, ni para complacer a los demás, en las que podemos suponer que pinta con la máxima libertad. Unas pinturas donde se hacen presentes componentes básicos de la condición humana, con los que todos nos debemos confrontar, debemos asumirlos y debemos configurarlos a lo largo de nuestro itinerario vital: el paso del tiempo, el poder, la sexualidad, la cultura, los miedos, la agresividad, la melancolía, los instintos, la religión, la muerte ... No me interesan ahora todas las interminables consideraciones sobre lo que representan y cómo lo representan, ni las especulaciones sobre el por qué de su concreta distribución en los dos pisos de la Quinta. Me interesa ir directo a la pintura que probablemente era la última que veía alguien que fuera de visita a la Quinta y que, creo que acertadamente, culmina la sala de El Prado donde están reunidas.

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¿Qué vemos? La cabeza de un perro emergiendo en un paisaje, que más bien es un no-paisaje. Se han dicho muchas cosas, tanto para describirlo como para decir lo que representa. Un perro enterrado, saliendo tras un talud, luchando contra la corriente, expectante en la espera, hundiéndose, flotando en un agua negra, mirando a un caballo o a unos hipotéticos pájaros... Y, a pesar del reconocimiento de su hermetismo, nos podemos dejar llevar por varias claves interpretativas: la soledad, la melancolía, la espera anhelante sin nada que esperar, la desolación sin consuelo en medio de un paraje tan colosal como vacío, el drama irracional de la vida, la espera muda de la muerte ante la que no hay ni socorro ni piedad, el abismo vacío en el que vivimos, la vida que pasa en medio de la indiferencia cósmica, la aceptación de que no podemos dejar hacer(nos) preguntas que no tienen respuesta... Una pintura, pues, que se convierte a la vez en máximamente hermética y máximamente elocuente. Una pintura donde tal vez resuena el eco de los versos de Màrius Sampere:

Només percebem les formes
que han desaparegut. Som els detectors
del Rastre.
Estem fets per mirar,
per observar la cosa que no hi és.

Un perro. Tan sólo un perro. Y si, sin embargo, todo lo que acabo de decir fuera tan penetrante, tan radicalmente humano, tan vitalmente insoslayable que nos distrae en nuestra contemplación? Porque tal vez lo que distingue el perro de todas las pinturas negras es su carácter meditativo. En el sentido de que, estrictamente, no podemos decir nada, sólo permanecer plantados ante él, sin distanciarnos con palabras que vistan lo que ocurre ante nosotros. Como el primer koan que se le propone a un practicante de Zen, curiosamente también protagonizado por un perro, la respuesta al cual no admite ningún resquicio por donde se puedan filtrar ni conceptos ni juicios. Ante el perro, nuestra mente lucha para construir una narración, para ensayar una explicación, para otorgarle un sentido, para hacer que lo que vemos pase a formar parte de algún orden ignoto. Pero, propiamente, ante el perro no hay relato posible, y por eso lo que nos revela es, justamente, cómo de perdidos nos sentimos sin relato, sin narraciones que den orden y sentido a lo que vivimos. Ya que no paramos nunca nuestra interminable cháchara interior, hecha de miedos y de deseos, el perro nos la deja en suspenso. Lo que nos inquieta de este cuadro cuando lo tenemos delante es no poder decir nada, y esta inquietud es la que no somos capaces de sostener. Y por eso vamos en socorro de nuestros pinceles mentales de todo tipo, que nos ayuden a ver mejor de lo que vemos. A ver más de lo que, simplemente, hay ahora y aquí. Un perro. Tan sólo un perro.

Si no estuviera el perro, si Goya hubiera dado el paso hacia lo no figurativo y lo hubiera eliminado, esta inquietud se endulzaría. Pero este perro, que no nos permite escaparnos en ninguna secuencia temporal ni distraernos en ningún contexto, no hace más que confrontarnos con el reto de la presencia. De aceptar y vivir lo que hay en nuestro presente en su totalidad. Cuando era pequeño y pasaban lista en clase, cuando decían mi nombre tenía que contestar "presente". Me ha costado años darme cuenta de que se puede pasar toda una vida sin que esta respuesta llegue a ser nunca verdad del todo.

Ante el perro, o te estás simplemente en un silencio abierto y en una atención sin juzgar ni valorar, o no tienes nada que hacer, y pasas a entretenerte en otra cosa. No hay detalles a mirar, no hay nada que distraiga. Simplemente, hay lo que hay. Como cada día. En todas partes. Por ello, en la medida que el cuadro es un instante a la vez presente y eterno, sin antes ni después, es una verdadera invitación a la meditación. La única mirada que admite es una mirada plenamente, totalmente contemplativa, sin la distracción de tener nada que contemplar. Porque sólo de esta manera es posible que vaya creciendo en nosotros una mirada atenta, capaz de captar la verdad de la propia y compartida humanidad en todo su potencial. Una mirada capaz de comprender a la vez la verdad de una presencia que lo empapa todo y la verdad de una vida al lado de los que sufren y no de los que hacen sufrir.

Ratzinger y toda la doctrina de la fe retirándose en silencio de la contemplación de el perro no sólo nos recuerda que, en resumidas cuentas, este perro es nuestro espejo. Nos recuerda que, si queremos retirarnos de este silencio sin perderlo, sólo hay lugar para los versos de Màrius Sampere:

I no pregunteu què he dit. Pregunteu-vos
què heu entès.


Resultado de imagen de cuadros de goya en el museo del prado

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