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Josep M. Lozano

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Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
abr 22

Escrit per: Josep M. Lozano
22/04/2015 17:56 

La Universidad Ramon Llull y Cáritas Diocesana de Barcelona han celebrado una jornada de estudio sobre la fractura social para profundizar sobre las causas, las consecuencias y la evolución de este fenómeno.

La expresión "fractura social" se refiere a la distancia que separa un determinado grupo de población socialmente integrado de otro grupo formado por los excluidos. Según los datos del último informe FOESSA sobre exclusión y desarrollo social, el Estado español ha pasado de tener, entre el año 2007 a la actualidad, un 50% de su población en situación de integración plena a tener sólo un 34%. Las personas plenamente integradas cuentan habitualmente con un abanico amplio y diverso de recursos económicos, sociales, laborales, culturales y personales que les aportan una importante seguridad existencial. La población que sufre las consecuencias de la fractura social experimenta, por el contrario, una profunda sensación de fragilidad vital y aislamiento. No hace falta ser un excluido, un pobre de solemnidad o un marginado; y no hay que haber perdido el piso o el trabajo para compartir esta condición. Se trata, más bien, de una conciencia cada vez más extendida de vivir en precario, de no saber por cuánto tiempo mantendremos el trabajo, por cuánto tiempo podremos seguir pagando la hipoteca, por si podremos llegar a fin de mes o como reaccionaremos -sin ahorros- en caso de que tengamos que hacer frente a una circunstancia adversa o una enfermedad grave. Como decía Mercè Darnell, las sociedades fracturadas esconden vidas fracturadas. Y como nos recordaba Nana Barceló, una sociedad fracturada es también aquella que no quiere o no sabe ver los dramas personales de sus ciudadanos.

El informe FOESSA muestra que dos de cada tres personas que están en situación de pobreza en España ya lo estaban antes de la crisis económica que irrumpió después de 2007. Esto quiere decir, que la fractura social era en buena medida previa a la actual situación de crisis y que probablemente tampoco se resolverá cuando se inicie la recuperación económica. Esta constatación nos debería obligar a abrir nuestro punto de mira sobre esta realidad. Se ha hecho famoso el gráfico de T. Pikkety y E. Saez de 2013 donde se muestra cómo los niveles de desigualdad (en EEUU y también en el resto de países occidentales) disminuyeron de manera muy significativa entre la mitad de la década de los 40 hasta mediados de la década de los 80 (es decir, entre el fin de la segunda guerra mundial y el fin de la guerra fría, cuando se despliegan los Estados del Bienestar) para volver a trepar esta desigualdad de manera muy alarmante en las dos últimas décadas, coincidiendo con la emergencia de la globalización financiera y de la doctrina neoliberal. Son tres nuevas constataciones las que nos permiten ahora modificar nuestra visión sobre la fractura social. La primera es que la forma actual de capitalismo globalizado está erosionando la base social no de los tradicionales pobres y excluidos sino incluso y sobre todo de la misma clase media, que representa el tuétano sobre el que apoya la democracia liberal. La segunda constatación es que, como confesaba M. Draghi el año 2012, la era del trabajo seguro y del Estado del Bienestar en Europa ha llegado a su fin. Y, finalmente, la tercera es que esto está dando lugar a la emergencia de una nueva clase social: el precariado global, un estrato social cada vez más mayoritario vinculado a la economía postindustrial que se ve amenazado por la exclusión económica, laboral, social y cultural. Es contra esta inmensa fractura social contra la que tendremos que luchar en los próximos años.

 

[Artículo publicado con Àngel Castiñeira en ElpuntAvui el 19.3]

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