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Josep M. Lozano

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Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
feb 18

Written by: Josep M. Lozano
18/02/2011 15:59 

Decía Nietzsche, y le gustaba recordarlo a Viktor Frankl, que quien tiene un por qué puede soportar cualquier cómo. Podríamos remedarlo, y decir que sin aclarar el por qué (y el para qué), nos perderemos en cualquier discusión sobre el qué y el cómo... y esto vale también en lo que atañe a la RSE. El gran debate obviado en la RSE es el debate del por qué y para qué, el debate del propósito. Pero cuidado, no el para qué de la RSE, como tan a menudo parece, sino el para qué de la empresa. Y es un debate obviado porque no es explícito, no es directo, no es operativo. Es un debate sobre supuestos, sobre marcos de referencia, sobre opciones fundamentales. Y en este no se ha querido entrar, me parece, por dos razones: porque hay que quererlo expresamente, y pide tiempo, reflexión y diálogo; pero, sobre todo, porque es donde se juegan las diferencias de verdad y las verdaderas confrontaciones.

El debate no es sobre la RSE, es sobre el propósito de la empresa. Se puede decir que debatir sobre la RSE lo facilita, que incluso genera cambios, o que lo pone aún más de manifiesto. De acuerdo. Pero llega un punto en que, o damos un paso adelante, o ya no dejaremos de dar vueltas a la noria... como los burros, efectivamente.

Ya sé que las simplificaciones son fácilmente criticables y que no son más que eso, simplificaciones. Pero a veces, si somos conscientes de sus limitaciones, hacen falta y son útiles. Y me parece que todo se juega en dos para qué de las empresas: uno de ellos, en resumidas cuentas, al final va a parar a una sola pregunta: ¿qué es lo que puedo obtener? (o, ¿qué gano?), el otro va parar a otra pregunta: ¿qué contribución hago?

Cada uno de estos dos para qués de las empresas acoge una gran diversidad de realizaciones, e incluso estoy dispuesto a aceptar que estos dos grandes conjuntos tienen espacios de intersección. Pero al final, en su núcleo, son distintos. Radicalmente distintos.

Las empresas del qué puedo obtener, traten el tema que traten, al final la única pregunta que les interesa y la que lo justifica todo es si maximiza o no el beneficio que se obtiene. Es una especie de empresa extractiva, pero no de petróleo o gas, sino de dinero. Dinero para quien sea, propietarios, accionistas, directivos, gobiernos... pero siempre la pregunta última, la de verdad, para valorar y decidir es: de todo eso, qué sacamos. Y esta es la pared que ya no traspasa ningún argumento, razonamiento, motivación o valor. Por eso, cuando se hablaba de ética empresarial, la justificación última que dejaba a todo el mundo tranquilo era -¡evidentemente!-... que la ética es rentable. Y la pregunta por la RSE siempre va a parar a la pregunta por el business case, por la contribución a los resultados, por cómo evitar riesgos o cualquier cosa similar. Cuidado: esto no es un descrédito ni una descalificación; quiere ser, simplemente, un intento de centrar el debate sobre dónde se encuentra este punto de apoyo arquimediano del propósito de la empresa: qué puedo obtener y cuánto puedo extraer. Por eso la RSE aceptable -que puede ser mucha, y técnicamente interesante y de calidad- se detiene siempre en su subordinación a este principio inamovible. Y mucha de la creciente industria de la RSE se sustenta en la pretensión de ofrecer una respuesta más inteligente -por que se la supone más adaptada a los tiempos actuales- a este principio inamovible. Claro que, en el límite, en algunos casos acabaríamos por volver a ir a parar a la pregunta que recogió Elkington: ¿el progreso consiste en que los caníbales coman con cuchillo y tenedor?

Las empresas de qué contribución hago ponen el acento en el impacto, la aportación o el proyecto que quieren alcanzar. Lo que las guía es su misión, es aquí donde se juega su propósito. En este caso también, curiosamente, la RSE tampoco es un criterio que vale por sí mismo o un objetivo autosuficiente, sino un componente de la realización de su misión, integrado en ella, pero subordinado a ella. Y aquí es donde viene a veces la confusión. Por que estas empresas (¡empresas!) también quieren -como las demás- ser viables, bien gestionadas, competitivas, rentables, excelentes. Pero no les basta con la viabilidad, la buena gestión, la competitividad, la rentabilidad o la excelencia: lo que quieren en última instancia es maximizar el impacto y la contribución de lo que hacen. En el ámbito que sea, pero siempre con relación a su misión, que vale por sí misma, no es un instrumento para nada y es la que guía y orienta su actividad. Y la confusión consiste en creer que las empresas que tienen como propósito qué contribución hago les preocupa menos (o tiene que preocuparles menos) todo lo que hace referencia a la mejora en la capacidad de gestión, como si fuera una preocupación exclusiva (o una propiedad incompatible) de las empresas que tienen como propósito qué puedo obtener.

Lo repito: este no es un ejercicio de sociología recreativa, sino -si se me permite- de epistemología recreativa. No he descrito nada: podríamos encontrar tipos y modelos de empresa muy diferentes tanto dentro de un propósito como del otro. Hay diferencias de grado, y solapamientos; y ambigüedades, ciertamente. Pero al final, en resumidas cuentas, a la hora de la verdad las cosas terminan en el núcleo. Y el núcleo es el propósito último, estructurador; lo que da sentido y lo que guía en el recorrido del proceso empresarial y lo que define en última instancia cuál es el criterio de referencia para tomar decisiones en los inevitables altibajos de todo desarrollo empresarial. (Y, por cierto, conviene que la gente que se dedica RSE se siga dedicando a ello, porque en ambos casos es posible hacer un buen trabajo; pero para poder hacerlo bien es más importante aún que no se confunda sobre la cuestión de en cuál de los dos tipos de empresa está trabajando y sobre cuál es su posición personal y profesional al respecto).

Le daba vueltas a estas cosas mientras me alegraba mucho la noticia del lanzamiento del proyecto Momentum. No hace mucho escribí aquí mismo que había que estar a favor de los emprendedores sociales. Momentum es un programa de apoyo ya no a los emprendedores sociales, sino a los emprendimientos sociales; no sólo a las personas, sino a proyectos, y proyectos con alta posibilidad de impacto que ya estén en marcha. Para darles capacitación, apoyo, red y sobre todo para ayudar a crear un ecosistema que permita reforzar una dinámica social que dé viabilidad y visibilidad a los emprendimientos sociales.

Como dicen -decimos- desde Momentum, se trata de "contribuir, mediante un programa de capacitación y apoyo, a que la sociedad utilice su economía para implantar soluciones sostenibles y sistémicas que provean de igualdad de oportunidades a sus ciudadanos, mejoren las condiciones de vida de los sectores de población más desfavorecidos, y restablezcan el equilibrio medioambiental y social."

Pues de eso se trata.
 

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