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Josep M. Lozano

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Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
ene 11

Written by: Josep M. Lozano
11/01/2011 11:59 

En varios momentos de la reciente campaña electoral catalana el candidato finalmente vencedor (Artur Mas) se refirió a la necesidad de formar gobierno con los mejores. Con ser muy importante conocer el nombre de los nuevos consellers (y no solo los de los consellers) hay algo aún más importante: situar a dicha denominación en el eje central de lo público. Gobierno de los mejores comporta al menos tres problemas prácticos: encontrarlos, convencerlos y ficharlos. Pero también comporta un problema previo, clave en el ejercicio de la política y motivo de enorme confusión: saber de qué hablamos cuando nos referimos a "los mejores". Este ha sido un tema de larga discusión en nuestra Cátedra de Liderazgos de ESADE con el profesor Manuel Zafra, estudioso del tema.

Un error que se comete a menudo (podríamos denominarlo el error platónico) es identificar a los mejores para la política con los poseedores del conocimiento teórico. Los griegos hacían la distinción entre doxa y episteme, es decir, entre simple opinión y conocimiento científico. Hoy la podríamos actualizar diferenciando entre opinadores o tertulianos y expertos. El error platónico consiste en creer que la buena política proviene del análisis del conocimiento experto.

El conocimiento experto es útil y necesario, incluso imprescindible en la política, pero sólo para aplicar las decisiones que previamente se han tomado o para incorporarlo al proceso de toma de decisiones, pero no para tomar las decisiones, que no pueden ser el simple resultado de una deducción a partir de los datos disponibles. La política como función y como actividad no puede ser identificada con el conocimiento experto ni tan siquiera estar sometida a él. Si fuera así hoy nos gobernarían, ya no los filósofos, pero sí ingenieros, catedráticos de derecho administrativo, economistas, etc. La política no aborda problemas técnicos (para eso cuenta con el rigor científico de los expertos) sino retos adaptativos que afectan a la sociedad, a su mejora y transformación y que exigen la toma de decisiones. En temas como la reforma de la Avinguda de la Diagonal o en la ejecución del Quart Cinturó sugerir consultas o crear una comisión de expertos es la manera más socorrida de escurrir el bulto y diferir la responsabilidad política de decidir.

Sabemos, pues, que la política no debería ser episteme y mucho menos doxa. Es decir, no es conocimiento teórico ni simple hablar opinativo, aunque a veces lo parezca. Por lo tanto, la política sólo puede ser conocimiento práctico. Rectificamos: La política implica un tipo (sólo uno) de conocimiento práctico. Y añadimos: y la buena política, la política de "los mejores" se corresponderá con la de aquellos que dominan mejor las virtudes de ese particular conocimiento práctico.

Los griegos, de nuevo, diferenciaban entre un conocimiento práctico que denominaron tékhne --el arte, técnica o habilidad para la producción de cosas, como la del zapatero (con z minúscula)-- y la phrónesis o virtud, disposición o capacidad de deliberar rectamente sobre lo que es bueno en la toma de decisiones y en su ejecución práctica y que algunos asocian con la prudencia o la sensatez. La sabiduría práctica de la política tiene que ver claramente con la phrónesis. No se trata de un saber científico, insistimos, sino de algo que Zafra denomina disponer de un conocimiento o sentido de la realidad, un sentimiento de cercanía, de familiaridad con un entorno, que permite al buen político estar en condiciones de proponer el cambio conveniente y la decisión adecuada. El politólogo Manuel García Pelayo vinculaba esta virtud de los mejores políticos con el dominio de cinco condiciones: 1. Saber qué se quiere (o conciencia de la finalidad). 2. Saber qué se puede (o conciencia de la posibilidad). 3. Saber qué hay que hacer (o conocimiento de la instrumentalidad). 4. Saber cuándo hay que hacerlo (o sentido de la oportunidad). Y 5. Saber cómo hay que hacerlo (o sentido de la razonabilidad). ¿Cuántos políticos actuales –aquí o en Europa-- pasarían hoy este test?

Una última cuestión no menor. Apostar por los mejores en política (también en Catalunya) es fácil de decir, difícil de aplicar y más aún difícil de aceptar. Apostar de forma valiente por la calidad de la representación política y, por extensivo, por la calidad de la función directiva o de la dirección pública profesional es también una manera de ganarse enemigos. En primer lugar, por aquello de que "los mediocres unidos jamás serán vencidos". Y en segundo lugar, porque representa introducir y reivindicar un elemento aristocrático de la representación política y de la democracia en un contexto cultural contaminado por la falacia de creer que todos servimos para todo. Como diría Zafra, sin excelencia en la calidad, sin gente que esté en condiciones óptimas de asumir en solitario los costos de la acción colectiva el país se va al garete. El reto inmediato del nuevo President para fichar a los mejores pasará por aquí. Nuestro reto como país -uno más- será establecer un diseño organizativo, una cultura y unas formas de reconocimiento que estimulen vocaciones políticas de calidad. Para que acudan a la política gentes que estén en condiciones de aportar conocimiento práctico del bueno y que tengan suficiente generosidad, convicciones y humanismo, como para ponerlos al servicio de la comunidad.

[Artículo publicado conjuntamente con Àngel Castiñeira en La Vanguardia el 08.12.10].

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