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Novedad editorial: El poliedro del liderazgo
 
 



Àngel Castiñeira; Josep M. Lozano

 

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Josep M. Lozano

josepm.lozano@esade.edu
Tel: +34 932 806 162
Ext. 2270

Fax: +34 932 048 105
Av.Pedralbes, 60-62
E-08034 Barcelona


Twitter - Josep M. Lozano

 

Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
Autor: Josep M. Lozano Creado: 16/10/2008 11:45
Persona, Empresa y Sociedad - el blog de Josep Maria Lozano

En el año 2014 se cumplen 20 años de la creación de la Asociación Internacional de Ciudades Educadoras (AICE). Durante este periodo esta asociación se ha consolidado y crecido hasta reunir un gran número de ciudades representativas de todos los continentes. A mediados de noviembre, se ha celebrado en Barcelona su nuevo congreso bajo el lema "Una ciudad educadora es una ciudad que incluye".

En la actualidad, más de la mitad de la población mundial reside en entornos urbanos y la previsión es que esta tendencia siga al alza. Las ciudades son el escenario donde se manifiestan de forma más severa las diversas crisis que afronta el mundo actual; crisis cuyos efectos acentúan las situaciones de discriminación y exclusión.

 

La expresión general de la exclusión adopta hoy diversas formas en unos u otros países del mundo: desde urbanismos segregadores, hasta carencias y desigualdades en la oferta educativa o el abandono de muchas personas a un desempleo crónico, una vivienda precaria o inexistente, una grave carencia de asistencia sanitaria y social o el rechazo y la marginación cultural. La exclusión, por lo tanto, tiene múltiples dimensiones: social, económica, política, cultural, relacional, digital, generacional y de género, y se expresa de formas diversas: pobreza, desempleo o precariedad laboral, debilitamiento de las relaciones comunitarias y fractura del vínculo social, segregación espacial de la población, carencia de vivienda o precariedad de la misma, inadecuación de los espacios y los servicios públicos respecto de las personas con discapacidad o movilidad reducida, falta de acceso al transporte público, deficiente dotación de servicios públicos de calidad, ausencia de políticas de igualdad de oportunidades, etc.

 

En nuestras ciudades,...
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A veces cuando se habla de RSE o de sostenibilidad se habla como si fuera el resultado de un análisis de tendencias. Esto es cierto. Pero al mismo tiempo es miope. Tremendamente miope. Porque ignora que estas tendencias no son un elemento más a añadir a la empresa, sino la expresión de un cambio sustancial. Un cambio sustancial como tantos ha habido a lo largo de la historia de la cultura empresarial, que en su momento parecían novedades curiosas y ahora las consideramos irrenunciables: marketing, calidad, etc.

 

Y este cambio sustancial es más que una tendencia y mucho más que una moda porque es el resultado de cambios irreversibles en nuestra sociedad. Una sociedad en la que su aceleración, su complejidad y el número de variables que están en juego hacen que todo sea más incierto e impredecible. En un momento de turbulencias, el mayor peligro no son las turbulencias sino abordarlas con una mentalidad propia de una época ya superada. Lo que hace inevitable que las empresas tengan que decidir cómo quieren situarse en ella. Porque en un cambio de época lo que se espera de las empresas y de su contribución ya no son sólo sus productos y servicios, sino si en medio de tantas incertidumbres su actividad contribuye a resolver o aumentar los problemas sociales.

 

Los datos lo confirman año tras año: la sociedad ha perdido la confianza en las empresas. No son una institución de fiar. Que los políticos todavía estén peor no es más que un triste consuelo. Y, sintomáticamente, España es uno de los lugares del mundo en el que esta desconfianza es mayor. Las empresas son vistas como co-responsables de algunos de los problemas más grandes que tiene la sociedad y, al mismo tiempo, como una de las instituciones con mayor potencial para resolverlos. Pero la gente no se fía de ellas, especialmente de las grandes empresas, que se percibe que a su bola caiga quien...
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Un día, cuando este año que hemos vivido peligrosamente pase, organizaremos un encuentro para hablar sobre liderazgo y humanidades. Tenemos la sensación de que en los escritos actuales sobre la práctica del liderazgo abunda un modelo de informe elaborado por consultoras internacionales y foros mundiales que, tras anunciar los "cambios disruptivos" y las "tendencias profundas" que todos viviremos próximamente en este mundo 2.0, pretenden prescribir el nuevo paquete de competencias (multilingües, emocionales, post-heroicas, colaborativas, post-autoritarias, tecnológicas...) que los líderes del futuro asimilar inevitablement si no quieren quedar obsoletos en dos días. Este nuevo paquete de competencias, no hace falta decirlo, sólo es conocido y dominado por los responsables de la institución que ha redactado y divulgado estos informes. La buena noticia, según los mismos consultores, es que hay una vía mágica para acceder a este saber hermético, que consiste en inscribirse en un curso altamente exclusivo y organizado por la misma institución previo pago, claro, de una generosa matrícula.

Decíamos que, cuando este momento de furia y ruido pase, organizaremos un encuentro para hablar del liderazgo y las humanidades. No será un encuentro hermético ni exclusivo, como el de las consultoras internacionales, pero tal vez sí será disruptivo. Queremos plantear preguntas sencillas y comprensibles que aporten luz a este campo aún inexplorado en nuestro entorno y que afecta a nuestros altos directivos, los privados y los públicos. Pongamos algunos ejemplos de preguntas. Sr. Presidente, ¿cuál es la novel.la, el poemario, la película, el cuadro o la pieza musical -aparte de la lectura del Marca- que últimamente...
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¿Cuántos debates y proyectos hemos visto últimamente que se eternizan porque alguien dice que no se puede avanzar si no aclaramos antes qué entendemos por responsabilidad social de la empresa (RSE)? De hecho, se trata de una “pregunta bumerang”, es decir, de una cuestión que retorna intacta a quien la plantea. No podemos darle respuesta desde la neutralidad. Ninguna definición podrá sustituir a nuestras propias opciones y decisiones. Por eso, ya hace tiempo que muchos compartimos la sospecha de que hablar de RSE no siempre ayuda. Me pregunto si no deberíamos centrarnos en hablar de la empresa responsable.

Ciertamente, hablar deRSE es útil, necesario e inevitable. Pero también es fuente de malentendidos y de confusiones porque con frecuencia se percibe este concepto como algo importante, pero coyuntural; como un lujo sólo al alcance de una cuenta de resultados saneada; como la atención a un tipo de demandas que hay que cuidar por el riesgo reputacional que conllevan; o como un asunto especializado y propio de una área funcional que, a ser posible, no debe interferir ni molestar demasiado a las ya existentes. Aunque se insista en que no se trata de un añadido, tampoco nos ha de extrañar que siempre alguien pregunte qué aporta o a qué se refiere la palabra “social”.

 

Cada vez estoy más convencido de que deberíamos hablar más sustantivamente de empresa responsable. Y no perdernos en debates sobre los adjetivos, o sobre cuáles son los adjetivos pertinentes o aceptables. La única pregunta que tiene sentido, es la que se formula a propósito de la empresa responsable. De hecho, además, ni siquiera es una pregunta. La empresa sólo puede serlo si es responsable. Ahora bien, la cuestión es: ¿responsable ante quién?, ¿responsable de qué? Y también: ¿cómo se concreta esta responsabilidad?, ¿quién tiene derecho a exigirla? y ¿cómo se rinde cuenta de ella? En el...
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Lo importante son los puntos suspensivos: ¿qué hubiera añadido el lector? ¿Personal? ¿Familiar? ¿Privada? ¿Nada? Damos por supuesto que el enunciado –el que sea- es obvio, cuando es en el enunciado donde nos jugamos la respuesta.

A veces la vida privada del directivo parece estar falta de la más mínima inteligencia. Repito: inteligencia, aunque sea un pavo real que confunda las plumas con la cuenta de resultados. El tiburón empresarial acaba convirtiéndose al llegar a casa en un elefante que no da pie con bola. “Su brillantez en las relaciones laborales se transforma en torpeza en las personales, la seguridad en preocupación, los éxitos en frustración y sus increíbles dotes para comunicar los objetivos empresariales se convierten en una apabullante incapacidad para confrontar sus problemas personales", relata un experto. Lo expresaba perfectamente un chiste de El Roto: un directivo ostenta en su mesa de trabajo un rótulo que dice “traspaso alma por no poder atenderla”.

Estamos ante un momento especialmente indicado para realizar un análisis sosegado sobre el frecuente desencuentro entre éxitoy felicidad. El desbordamiento y las tensiones emocionales que genera el trabajo se proyectan también fuera del mismo, en el ámbito de la vida privada. Y esto no es un problema exclusivo de los directivos, sino que impregna toda una cultura del trabajo… algo que ignoramos bajo la presión actual de convertir los desajustes sociales en problemas personales. Y, encima, siempre nos acecha la oportunidad de convertirnos en carne de autoayuda, palabra horrible que retrata que ya hemos aceptado vivir en un entorno del que no podemos esperar otra ayuda que la de nosotros mismos.

Algunos bestsellers...
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Se ha convertido en un tópico de muchas análisis y debates una afirmación que, más o menos, dice así: "derecha e izquierda ya no se distinguen por sus propuestas económicas, sino sólo por sus propuestas morales". Algo que los hechos parecen confirmar: políticas económicas similares, propuestas diferentes en lo que atañe al origen y el final de la vida, su reproducción y su institucionalización.

Detengámonos un momento, que no me negaréis que la cosa tiene gracia. Con la varita mágica del lenguaje hemos liberado a la economía de las engorrosas preguntas éticas y las hemos desplazado a la biología. No es de extrañar, pues, que el "derecho a la vida" tenga sólo contenidos y debates biológicos, y no económicos y sociales. Contra lo que parecería evidente, la biología ha dejado de ser "natural", y ha pasado a serlo la economía. Por eso hace tiempo que sostengo que las noticias de economía, dado el lenguaje que utilizan, deberían ir a la sección de meteorología: ahora viene una depresión, ahora hay una sequía de crédito, ahora vienen buenas expectativas, ahora nos llega una congelación alemana... un lenguaje destinado a convertir los hechos económicos en acontecimientos cíclicos inevitables, donde la única cuestión es si uno está suficientemente adaptado o a cubierto, porque como realidad es inexorable. En resumen, he aquí donde hemos llegado: la pregunta sobre cómo queremos vivir y sobre cuál es el mejor modo de vivir sólo es pertinente en la biografía personal, no en la historia colectiva. Cuando yo era joven, a los moralistas que reducían su disciplina a la sexualidad los llamábamos "carcas". Ahora hemos avanzado hasta convertirlos en carcas postmodernos. Postmodernos, sí, pero todavía carcas. Lo que resulta fascinante es la contribución de ciertas izquierdas a este proceso, que nos permite avanzar retrocediendo.

 

El...
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En los últimos años han proliferado los materiales, estudios y convocatorias sobre un tema, a la vez, apasionante y ambivalente: el liderazgo. Probablemente, hablar de liderazgo sea una manera indirecta de hablar del gran tema de fondo: el cambio. Todo cambio requiere no tan sólo orientación, sino también creación de sentido. La pregunta por el liderazgo, pues, a menudo es también el reflejo de la ansiedad en tiempos de incertidumbre: ¿alguien sabe hacia dónde vamos, hacia dónde podríamos ir, hacia dónde deberíamos ir? (Tres preguntas, por cierto muy diferentes, pero que a menudo se confunden).

le-discours-de-la-servitude-volontaire.jpegMuchas veces, la pregunta por el liderazgo se reduce a un análisis de las múltiples maneras de plantear la relación líder-seguidor (sin olvidar que a veces en la reflexión sobre el liderazgo lo que pesa en el fondo es el interés por dilucidar cómo se construye una manera de entender seguimiento muy cercana al sometimiento: deberíamos volver a leer a Etienne de La Boétie y su El discurso de la servidumbre voluntaria). La otra cara de la moneda (un tema subyacente que parece que avergüenza explicitar) es la cuestión del poder: no es posible hablar de liderazgo sin hablar de cómo se resuelven las relaciones de poder, en cualquiera de sus múltiples facetas. Creo que muchas veces las supuestas reservas “éticas” ante la cuestión del liderazgo remiten a un mal resuelto conflicto entre cierto discurso ético y la realidad del poder, como si éste no fuera más que un mal necesario que se disolvería si todos fuéramos más “humanos”(???). En ciertos ámbitos supuestamente radicales predomina una abominación del liderazgo (a menudo en boca...
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Hace unos años, en mi ciudad –Barcelona- se produjo un crimen en un parking. Cuando se estaba investigando dicho crimen, el alcalde declaró a un periódico que “hay cierto nivel de profesionalidad -del autor- que hace que la cosa sea más compleja de lo que sería deseable”. También, en algunas informaciones sobre robo de pisos en Barcelona, los autores habían sido calificados por los medios de comunicación como profesionales por su pericia en la realización del delito.

Creo que estos comentarios no son más que el reflejo de una convicción cada vez más arraigada en nuestra cultura y que obliga a replantear la pregunta sobre qué entendemos hoy por profesionalidad. ¿Pueden caer bajo la misma denominación los asesinos, los abogados, los ladrones, los médicos, y así sucesivamente? ¿Por qué nuestra sociedad y, no lo neguemos, los mismos profesionales parece que se encuentran cómodos y no reaccionan ante afirmaciones de este tipo?

En mi opinión, lo que subyace a este planteamiento es la idea de que un profesional es alguien técnicamente competente que pone dicha competencia al servicio de fines –fines que no tiene sentido discutir ni cuestionar- a cambio de la correspondiente remuneración. Así pues, la competencia técnica se justifica por sí misma, con independencia de los fines a los que sirva. Hacer “bien” algo es independiente del bien o del mal que se causa con esta actuación. Se evalúa la corrección del procedimiento y no el bien inherente a aquella práctica. Así pues, un asesino (y más aún, supongamos, en el caso de un asesino a sueldo) que elimina a alguien y consigue escapar a la justicia sería un excelente profesional.

 

El profesor Goodpaster ha propuesto que se considere la existencia de una enfermedad que puede ser típica de profesionales y organizaciones. La denomina teleopatía, y podríamos definirla como una obsesión acrítica por la orientación...
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El 18 de febrero de 2006 tuvo lugar en Barcelona la primera de las grandes manifestaciones multitudinarias a favor del derecho a decidir. Desde entonces, es decir ocho años después, nada hace pensar que las movilizaciones soberanistas impulsadas por diversas organizaciones cívicas catalanas respondan a un soufflé ni hayan llegado al punto de su desactivación o desinflado. La apelación, pues, al símil futbolístico del "fin de ciclo" a que hacen referencia y con la que sueñan sus adversarios parece corresponder más a un deseo que a la realidad.

Hemos querido recordar estos acontecimientos no tanto por el exitoso fenómeno de las movilizaciones masivas de catalanes sino por el hecho de que el argumentario favorable a la legitimación del derecho a decidir haya cuajado entre la mayoría de la población hasta el punto de identificarlo con un pronunciamiento democrático y justo, que un colectivo que se considera sujeto político reclama insertándolo en un contexto de ausencia de violencia y con un claro apoyo de su propio Parlamento.

 

En otras palabras: en la reclamación a favor del derecho a decidir la clave no radica propiamente en la decisión sino en las creencias compartidas que motivan la decisión. Cataluña -desde la elaboración del nuevo Estatuto hasta hoy- ha sido un espacio activísimo de deliberación entre miles de ciudadanos. Foros y ágoras de todo tipo han permitido ir configurando un relato sobre su presente y futuro. Por este motivo, el derecho a decidir no es un arrebato fruto de la excitación, sino la vía consensuada y destilada por líderes políticos y sociales, y por la ciudadanía, después de largos debates y discusiones.

 

 El error que ha cometido...
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¿Qué valores predominan en nuestra sociedad? ¿Sobre qué valores orientar nuestras prácticas? ¿Qué valores compartir? ¿Cómo cambian los valores? Éstas son preguntas relevantes que se plantean en la mayoría de los países occidentales. La razón es clara, los valores son como las huellas dactilares, no se ven a simple vista, nadie tiene las mismas, pero su rastro queda presente en todo lo que hacemos. Martha Nussbaum, por ejemplo, parte de la premisa de que, en épocas de tensión y aceleración, toda sociedad necesita reflexionar sobre la solidez de sus valores más preciados. Pero apelar a los valores no significa necesariamente conservarlos o inmovilizar la sociedad, sino que también implica quererla criticar y transformar. Es decir, también hay una dimensión deliberativa o disputativa de los valores que sirve para dirimir opciones de vida buena diferentes o incluso opuestas que terminan por trasladarse al marco político y a los principios normativos que regulan nuestras vidas.

El problema es que para discutir sobre valores hay que saber primero cuáles son los nuestros, porqué los defendemos y cómo se adecuan a una realidad dinámica y cambiante. Y el problema también es que en los espacios de disputa pública (sea por la nueva ley del aborto o los disturbios de Can Vies) también entran en juego intereses y concepciones ideológicas opuestas. Aunque parezca una obviedad, el problema es que para discutir sobre temáticas que ponen (también) en juego los valores hay que empezar por saber discutir.

El Anuari de Valors 2013 que acaba de publicarse nos ayuda a avanzar en esta línea, ya que nos presenta de manera detallada cuáles han sido los grandes debates axiológicos del año a partir del seguimiento de la prensa de mayor difusión en Cataluña....
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