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Novedad editorial: El poliedro del liderazgo
 
 



Àngel Castiñeira; Josep M. Lozano

 

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Josep M. Lozano

josepm.lozano@esade.edu
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Ext. 2270

Fax: +34 932 048 105
Av.Pedralbes, 60-62
E-08034 Barcelona


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Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
Autor: Josep M. Lozano Creado: 16/10/2008 11:45
Persona, Empresa y Sociedad - el blog de Josep Maria Lozano

Les proponemos un experimento, sencillo y fácil, que requiere su tiempo. Siempre que dialoguen con personas (y, sobre todo, con políticos) de las órbitas socialista y popular –y no digamos con los descontextualizados y universales ciudadanos del mundo- sobre las relaciones Catalunya-España, cuando empiece la consabida letanía de recriminaciones sobre insolidaridad, igualdad, nadie es más que nadie, etc., en lugar de seguir argumentando pregunten simplemente cómo valoran el concierto vasco y el sistema navarro desde los criterios que aplican a Catalunya. Tómense su tiempo, insistimos. Porque la primera fase de la respuesta suele ser una larga perorata sobre la inmaculada constitución y la historia. Cuando su interlocutor haya terminado acéptenle la respuesta, pero insistan en la necesidad de adoptar el mismo criterio, aunque sea como hipótesis: si a Catalunya no se le puede aceptar el principio de ordinalidad, o el pacto fiscal, o lo que sea en nombre de principios de solidaridad, equidad, etc.; en nombre de estos principios y solo pensando en aplicar los mismos principios que se exigen a Catalunya, ¿qué se opina del concierto vasco? La pregunta no parece complicada de responder, si el interlocutor ha exhibido algunos principios claros y está mínimamente informado. Pues bien: si alguna vez algún político de los perfiles citados contesta con claridad agradeceremos la información, porque nunca lo hemos conseguido, ni tan solo off the record.

Es curioso constatar como todos los monagos y rodríguez ibarra que en el mundo han sido tienen clarísimos los principios y criterios de los que Catalunya no puede escapar y, simultáneamente, que nunca se les haya ocurrido aplicarlos a la situación vasco-navarra y sacar conclusiones. Y eso que solo pedimos una opinión coherente. A falta de respuestas, se nos ocurren tres alternativas: o que son selectivos en la aplicación de aquel...
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Hace veinte años que se constituyó la Asociación Catalana de Gestión Pública (ACGP). Su existencia es un buen indicador de la evolución de nuestro sector público y de sus directivos, porque por un lado presenta todavía rasgos institucionales "juveniles", pero al mismo tiempo muestra la solidez de un colectivo que explicita su necesidad de definir y actualizar su identidad y de profundizar y mejorar en su profesionalización y reconocimiento social.

Un país es maduro cuando hace de la profesionalización de sus directivos públicos un elemento clave para la mejora del rendimiento institucional y cuando trabaja de manera constante en la reforma de sus administraciones.

Autores como D. Acemoglu y J. A. Robinson, en ¿Por qué fracasan los países? (2012) han mostrado que la riqueza de las naciones no depende de su situación geográfica, ni de su cultura, ni de la ignorancia o conocimiento de sus políticos, sino que viene determinada sobre todo por el proceso histórico de desarrollo institucional (político y económico) establecido por sus élites. Estas pueden favorecer instituciones extractivas o inclusivas. Las primeras provocan ineficiencia, opresión, desigualdad, clientelismo y corrupción. Las segundas, en cambio, generan prosperidad. A las primeras se las denomina extractivas porque están estructuradas para que un grupo reducido de personas pueda extraer los recursos de la mayoría en beneficio propio y utilizarlos después para consolidar su control y poder políticos.

Ahora bien, hay determinadas coyunturas críticas que pueden favorecer el cambio institucional a fondo. La grave crisis económica que padecemos o las propuestas de cambios sustantivos en las relaciones Catalunya-España pueden ser catalogados como coyunturas críticas y, por tanto, son factores que pueden favorecer también cambios radicales y de mejora en la trayectoria de nuestras instituciones...
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¿Qué opinión le merece cobrar (o pagar) por… tener una celda más cómoda en la cárcel; tener el número del teléfono móvil del médico; los derechos de emisión de CO2; ceder una parte del propio cuerpo para publicidad (tatuada o no); hacer (por ejemplo: un sin techo) una larga cola de horas en lugar de otra persona; leer un libro (un alumno de primaria o secundaria, en tanto que alumno); pedir perdón en representación de otra persona; poner a tu hijo el nombre de una empresa; darle a un estadio el nombre de una empresa; un riñón para ser trasplantado; dar sangre; sustituir los regalos a otra persona por dinero; esterilizarse; sacar buenas notas; hacer tareas domésticas por parte de un miembro de la familia; cazar animales en peligro de extinción; un doctorado honoris causa; aceptar en el propio municipio lo que nadie acepta (nucleares, cárceles…); crear un mercado de futuros sobre terrorismo; los palcos vip en los estadios; darle el nombre a un parque…? Y así podríamos seguir.

Éstas son solo algunas de las situaciones que plantea M. Sandel en Lo que el dinero no puede comprar. Pero la deliberación sobre ellas es el camino a través del cual aborda la cuestión que da título a su libro. Una cuestión que nos desafía a través de cada una de las situaciones como las citadas, con independencia de la respuesta que le demos. Una cuestión que, de hecho, se desdobla en dos: lo que el dinero no puede comprar y lo que el dinero no debería comprar. Porque al final el debate se sitúa en si no debería comprar lo que, de hecho, a veces puede comprar.

Dicho con otras palabras: ¿hemos pasado de tener una economía de mercado a ser una sociedad de mercado? Y, caso de que sea así, ¿cómo ha ocurrido eso y qué consecuencias tiene? Reconozcamos sin problemas que el mercado responde a la lógica del intercambio. Sin problemas… pero no sin problematizarlo: cierto que el mercado organiza...
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Es curioso como en los debates políticos e ideológicos prestamos tanto hincapié en los argumentos que se proponen y despreciamos atender a las imágenes que se utilizan. Y luego nos sorprende que cueste tanto encontrar terrenos compartidos para el diálogo y puntos de encuentro. Porque olvidamos que tan importante es exponer qué se piensa como explicitar desde dónde se piensa. Y esto último no lo reflejan tanto las ideas que defendemos como las imágenes que utilizamos. Lo hemos visto reiteradamente, por ejemplo, en los debates sobre las relaciones Catalunya-España.

Pensemos por ejemplo en la tan repetida expresión, que debe acompañarse con una cara de intenso sentimiento, de que la separación de Catalunya sería como la amputación de una mano o de un brazo. De aquí no se pasa nunca. Nadie dice, por ejemplo, que lo sintiera como si le cortaran la cabeza o le arrancaran el corazón. Y es obvio porque uno está pensando en una parte periférica, cuya pérdida no afectaría a su identidad personal... pero que, en cambio, le dejaría minusválido. El brazo o la mano son necesarios para no quedar disminuido, pero el sujeto se sigue viendo a sí mismo como tal con brazo o sin él. En cambio, del déficit fiscal siempre se ha hablado como ahogo, porque pone en juego la supervivencia. Dicho de otro modo, que deberíamos empezar por reconocer que una cosa es ver Catalunya como un brazo, y otra como un cuerpo entero.

Entonces, cuando aceptamos la existencia de dos cuerpos, pasamos a la metáfora del divorcio. En este caso ya no se llega a plantear si el divorcio puede ser civilizado o no, simplemente porque una de las partes dice que no puede ser porque es ilegal. No y no a todo. Cosa comprensible, si tenemos en cuenta que detrás hay una cultura popular que dispone de una frase como "la maté porque era mía". Ya lo dijo el cura de La Escopeta Nacional: "lo que yo he unido no lo separa...
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En la misma época en la que supimos que en el ayuntamiento de Sabadell había unos cuantos presuntos, aparecía también el ranking de transparencia de los ayuntamientos: resulta que el de Sabadell era el segundo de Catalunya, y estabe entre los primeros de España. Por lo que cabe preguntarse qué tipo de transparencia queremos y para qué. Si hubiera confianza en las instituciones políticas y les diéramos credibilidad, no reclamaríamos tanto la transparencia porque la consideraríamos incluida en las anteriores. Y es que sólo con transparencia no habrá más transparencia.

No hace falta decir que la información asociada a la actividad de las instituciones públicas debe estar disponible y ser de fácil acceso: esto hoy es posible y, salvo razones de seguridad y privacidad, es inexcusable. Pero también creo que una manera de aumentar la opacidad y la confusión es inundar de datos a la gente. Hay una especie de populismo de la transparencia que da por supuesto que eliminar barreras y hacer que las paredes sean de cristal es darle al pueblo lo que pide. Menudea un discurso sobre la transparencia prisionero de una concepción ingenua de la verdad. Una legítima y justificada indignación ha desembocado en el "no nos representan, no nos dicen la verdad", y eso no hay transparencia que lo arregle, porque el problema es la confianza y la credibilidad.

El problema no es la verdad. El problema es quien construye una interpretación o explicación razonable y razonada en base a información relevante. Se ha dicho que todo texto fuera de contexto se convierte en un pretexto. Podemos sustituir perfectamente "texto" por información o datos. Por ello, a falta de credibilidad y confianza en las instituciones públicas, hay quien otorga más presunción de verdad a su timeline, o a su muro de facebook, o a cualquier persona que tenga un discurso sobre lo que debería hacerse... siempre que...
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Como no podemos cambiar la realidad, cambiemos el lenguaje. Ésta parece ser la consigna. Confieso que me incomoda mucho, a veces me irrita y en algún caso me indigna la multiplicación de apelaciones a la necesidad del espíritu emprendedor que ha tomado carta de naturaleza entre nosotros. Debemos reinventarnos, nos aconsejan a menudo. Tal persona u organización se han reinventado con éxito, se dice mientras se nos exhorta a admirar tal capacidad. Reinventarse y la emprendeduría han sustituido a la ejemplaridad. Yo, por si acaso, cuando me encuentro ante cualquier predicador de dicha buena nueva, lo primero que hago es mirarle a la cara e indagar sobre su trayectoria. Suele ser muy saludable. Con perdón de Unamuno: a menudo la única conclusión lógica es que a quien le convendría reinventarse es al predicador.

Y conste que esta ola emprendedora y reinventadora tiene su razón de ser. Sin capacidad de iniciativa, esfuerzo y creatividad lo tenemos crudo. Con la que está cayendo no deja de ser recomendable empezar cualquier diatriba crítica mirándose al espejo. Hacerse adulto –personalmente y socialmente- pasa por asumir que la responsabilidad exige que la primera reacción no puede ser buscar quien tiene que resolverme los problemas. Pero esto no se resuelve con el implícito de que la partida se juega solo en la genialidad individual. Incluso para emprender y reinventarse se necesitan formación, estímulos, entornos institucionales, regulaciones adecuadas y una cultura que dé sentido y valoración a estas actitudes.

Pero no. Siempre se habla de "el" emprendedor (o "los" emprendedores, pero solo de manera agregada). Y siempre se escamotea la cuestión de si al final puede haber emprendedores si decimos que solo queremos tener más emprendedores, y es de lo único de lo que hablamos. Me temo, una vez más, que nos encontramos ante otro ejemplo de aquel dicho sobre buscar...
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Éste es el título de una escultura que representa a un sin techo, y que solamente cuando te acercas puedes identificar con Jesús, por las señales de la crucifixión que tiene los pies. Tymothy Schmalz dice que la escultura se la inspiró un sin techo que vio justo antes de Navidad, y que le hizo reaccionar instintivamente diciendo que había visto a Jesús. En Toronto hay unos 5000 sin techo en el área metropolitana. Lo que resulta sintomático es que la escultura ha sido rechazada por varias iglesias católicas y por las catedrales de Toronto y Nueva York, con argumentos como que resultaría demasiado controvertida, vaga o, simplemente, que no sería apropiada. Finalmente ha acabado en la facultad de teología de los jesuítas, en Toronto.

Es curioso constatar, una vez más, como nos resistimos a cualquier propuesta que desborde los límites de nuestros patrones mentales y perceptivos. Y eso que esta propuesta plantea una cuestión central en los evangelios: la capacidad "ver", la educación y la transformación de la mirada que tenemos sobre el mundo y sobre nosotros mismos. El evangelio está lleno de textos donde la cuestión central es la capacidad y la disposición a ver a Jesús, precisamente allí donde no estaríamos predispuestos ni a verlo ni a buscarlo.

Es también una prueba más de la capacidad que tenemos los humanos de domesticar los símbolos. La cruz es un símbolo integrado en el paisaje, domesticado, sometido. Como se ha dicho, es uno de los logos más exitosos de la historia, y este éxito como logo es la apoteosis de su fracaso. Como lo es que sea noticia que el nuevo Papa no lleve una cruz de oro, cuando la noticia -y quizá el escándalo- debería ser la contraria. Hay cruces de oro y brillantes,...
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(Escrito con ocasión del quinto aniversario de Diario Responsable)

…habría que inventarlo, como suele decirse. Cuando alguien haga la historia de la RSE en España (esperemos que no sea una necrológica) no podrá hacerla sin dedicar un capítulo significativo a Diario Responsable (DR), y a todos los que tras él han impulsado iniciativas relevantes de información en el ámbito de la RSE.

Ahora bien, la existencia y el recorrido que ha seguido DR no es solo una contribución de primer orden al desarrollo de la RSE, sino que sus fortalezas y sus debilidades no son más que el reflejo de la potencialidad y, a la vez, las contradicciones del desarrollo de la propia RSE. Y creo que este es un buen momento para tomarlas en consideración.

La RSE necesita una mentalidad de ágora. Y, consiguientemente, necesita espacios que lo sean. Sin espacios de encuentro las personas que se dedican a la RSE tienen un riesgo altísimo de encontrarse relativamente aisladas en sus organizaciones, sean del tipo que sean. En RSE no se puede copiar, pero se puede aprender; y mucho. Y para aprender necesitamos espacios en los que no predomine lo políticamente correcto, sino espacios en los que sea posible dialogar (lo que incluye cuestionar y criticar) y compartir información. Estar al servicio de esta actitud y crear las condiciones para ella es quizás la máxima contribución de DR. Y, por lo menos, es un espejo que nos refleja a todos y, por supuesto, refleja la calidad del diálogo que mantenemos y de la información que compartimos. Calidad que se ha incrementado con los años, pero a la que todavía le queda bastante recorrido. Porque un ágora no es un simple contenedor de discursos e informaciones, sino un espacio en el que se construye un discurso compartido o, al menos, un marco de referencia compartido. En este sentido, sería una investigación interesante recorrer retrospectivamente...
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Bueno, es decir: acabar con la pesadez de discutir si es voluntaria o no. Es la reacción que me suscité hace unos días un encuentro que tuvo lugar en la CEOE. En dicho encuentro se plantearon cuestiones realmente interesantes sobre las que convendría profundizar. Pero volvió a aparecer la cantinela de la voluntariedad.

Vaya por delante que entiendo perfectamente la dificultad a la que se refiere. Pero considero que es una dificultad aparente resultado de, simplemente, un mal planteamiento de la cuestión. O al menos así me lo parece. Un mal planteamiento que considero que todos nos iría bien liquidar, pero esto no deja de ser un inútil deseo personal. En cualquier caso, un mal planteamiento que responde a tres errores de enfoque, que quisiera apuntar a continuación.

En primer lugar lo que yo denomino el platonismo de la RSE. Siempre me ha fascinado constatar cómo personas y entidades supuestamente pragmáticas y realistas, cuando se trata de hablar de valores, adoptan un enfoque y piensan desde un paradigma decididamente platónicos. En este caso, se sigue hablando de la RSE como si fuera una idea pura preexistente, que solo requiere debatir sobre cómo aplicarla. Por supuesto, por seguir con el símil platónico, nadie ve ni recuerda con claridad dicha idea pura, de ahí tantos debates al respecto, pero que paradójicamente tienen en común la creencia de que existe un contenido establecido de lo que es y no es la RSE, y de ahí la discusión de cómo llevarla a la concreción y por qué vías. Me pregunto si la solución consiste en seguir debatiendo o en dejar de lado este platonismo casero.

Hay diversas vías para hacerlo, y éste es el segundo punto que quería plantear. Para hacerlo más paradójico, usaré como camino de salida las palabras de quien ha sido el mayor culpable del debate sobre la voluntariedad: la Comisión Europea. No repetiré aquí la primera definición...
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Marjorie Kelly insiste desde hace tiempo en un término que, más allá de su mayor o menor precisión, es sumamente gráfico y expresivo: las empresas extractivas, a las que contrapone las empresas generativas.

Hablar de empresas extractivas no es, desde mi punto de vista, una descripción sino una metáfora. No se refiere a las empresas de determinados sectores, sino que es una calificación que puede aplicarse a cualquier empresa, en función de cómo actúe y de cómo oriente su gestión. Desde esta perspectiva, serán extractivas todas las empresas cuya finalidad –absolutizada- de hecho sea extraer el máximo de recursos y, al fin y al cabo, de dinero de aquellos con los que se relaciona. El sector financiero, pues, en los últimos años ha sido una auténtica apoteosis de empresas extractivas, pero la metáfora no es exclusiva de ningún sector. Consiguientemente, el problema y el riesgo para el sistema y para las sociedades, no son "las empresas", "los beneficios", "los incentivos" o "los bancos", sino la mentalidad extractiva cuando se hace presente en cualquiera de ellos. Y, por supuesto, el reto de la salida de la crisis no es que ahora se hayan reducido las posibilidades extractivas y estemos explorando cuándo y cómo podemos volver a ellas. El reto es acabar con la mentalidad y las prácticas extractivas.

Con mayor o menor fortuna, Kelly contrapone a las empresas extractivas las empresas generativas. Empresas, también, con beneficios e incentivos, pero cuya finalidad se orienta a generar más vida (económica, social, relacional, productiva…). Mi opinión personal es que esta contraposición entre lo que Kelly denomina empresas extractivas y generativas conecta con una confusión muy arraigada en el mundo organizativo: la confusión entre objetivos...
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