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Novedad editorial: El poliedro del liderazgo
 
 



Àngel Castiñeira; Josep M. Lozano

 

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Josep M. Lozano

josepm.lozano@esade.edu
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Ext. 2270

Fax: +34 932 048 105
Av.Pedralbes, 60-62
E-08034 Barcelona


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Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
Autor: Josep M. Lozano Creado: 16/10/2008 11:45
Persona, Empresa y Sociedad - el blog de Josep Maria Lozano

Aunque nunca habló de ella, por supuesto, Leibniz está más presente de lo que parece en el marco mental de la RSE. Y convendría, en primer lugar, detectar más explícitamente su presencia y, en segundo lugar, empezar a ofrecerle alguna puerta de salida.

Recordemos una de las aportaciones señeras del pensamiento de Leibniz. El universo está compuesto de infinidad de mónadas que parece que interactúan, pero cada una de ellas sigue su propia dinámica. Lo que resuelve también el inacabable problema de la relación entre alma y cuerpo: parece que intereactúan, pero solo lo parece. Lo que ocurre es que Dios, en su infinita sabiduría, ha dispuesto de una armonía preestablecida que permite que, aunque cada mónada va a su aire (por decirlo coloquialmente) al final parece que todo encaja y está entrelazado.

Pues esta es justamente una de las asunciones nunca explicitadas en el discurso desde y/o sobre la RSE: la armonía preestablecida (no en vano se habla del alma de algunas empresas, por cierto). La retórica pro RSE siempre ha sugerido –cuando no lo ha dicho explícitamente- que si se asumía su enfoque el resultado, aunque fuera a largo plazo, sería la armonía; llámesele multistakeholder, sostenibilidad, empresa-y-sociedad , shared value o como más le guste al proponente.

Esto es lo que, a mi modo de ver, explica que la RSE nunca haya pensado ni planteado la realidad del conflicto. Me temo que el conflicto es un tabú de la RSE porque parece dar por supuesta la creencia de que, si la RSE se desarrolla plenamente, los conflictos se desvanecerán. Como por definición se trata de tener en cuenta a todos los stakeholders, se da por supuesto que si esto se hace bien, al final todos contentos. No quisiera estar yo en la piel de aquellos directivos que, como nuevos Sísifos, deben empujar eternamente montaña arriba el diálogo con todos los grupos de interés.

Es exactamente...
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Es feo autocitarse, pero por una vez voy a hacerlo. En el año 2006 escribí un estudio en Papeles de Economía Española (recogido después en mi libro sobre la empresa ciudadana) en el que ante la sopa de letras que había en aquel momento alrededor de la RSE pronosticaba dos cosas: que los finalistas de la competición serían la RSE y la sostenibilidad; y que ninguna de las dos denominaciones sería la vencedora, sino que probablemente, si la cosa avanzaba con buen sentido, al final emergería otra denominación. Y, añadía, ambas son conceptualmente complementarias y ninguna de las dos cubre todo lo que cubre la otra. O sea, que yo nunca he estado casado con la RSE (y si lo hubiera estado, con lo que duran hoy los matrimonios…). Más aún, siempre he defendido que hay diferenciar el debate conceptual de lo conveniente para cada cultura organizativa. En las empresas concretas, mientras estuviera claro a qué prácticas se refiere cada empresa, siempre he dicho que la denominación correcta era aquella que mejor encajaba en la cultura y la historia de la empresa. El debate conceptual, en cambio, debe moverse en su propio registro.

Viene esta larga introducción al caso porque en los últimos tiempos se ha puesto de moda un pim-pam-pum sobre la RSE, con diversas razones y justificaciones (y también intenciones, aunque en estas no entro aunque algunas me las imagino). Visto lo cual, creo que todavía tiene sentido defender a la RSE. Entre otras razones, y no es la menor, porque cuando asisto a este pim-pam-pum siempre recuerdo a Machado: "Los que están siempre de vuelta de todo son los que no han ido nunca a ninguna parte". Es decir: mucho me temo que el funeral por la RSE, en este momento, contribuya a aligerar muchas estrategias y les permita estar de...
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Me piden en una publicación que escriba sobre "la RSE en el contexto de la crisis actual", y esta es mi respuesta. Es una pregunta muy bien planteada, y que aunque a alguien le pueda parecer una obviedad no lo es en absoluto. Porque la RSE sólo tiene sentido en un contexto. No existe la RSE como idea platónica que busca cómo encarnarse. Con perdón por la referencia: S. Ignacio decía que las decisiones adecuadas se tomaban cuando se tenían en cuenta "personas, tiempos y lugares". Pues de eso habla la RSE: de qué hacen las empresas teniendo en cuenta "personas, tiempos y lugares", y no de definiciones. Y por tanto, el tema de la RSE no es la RSE, sino tomar decisiones adecuadas atendiendo a "personas, tiempos y lugares".

El problema es que en la cultura empresarial española se ha asociado RSE a hacer "buenas obras" (sic). Se ha confundido -a veces deliberadamente- con la acción social. Con hacer un gasto loable, pero prescindible y, en cualquier caso, periférico al núcleo de la actividad empresarial. Y la RSE no pregunta por cómo una empresa gasta el dinero, sino por cómo lo gana. Se puede ser una empresa 100% socialmente responsable sin dar ni un euro a nadie (aunque, como es obvio, no tengo nada que decir si esto se hace, al contrario). Es decir, hablar de RSE es hablar de modelo de negocio y de modelo de gestión. Es hablar de buena gestión. Y, por tanto, de qué entendemos por "buena" gestión.

Cuando se dice eso siempre hay quien reacciona diciendo que nada nuevo bajo el sol, que, si es eso, es lo que han hecho siempre las empresas. Sin embargo, es muy curioso que casi nadie se haya dado cuenta, y hayamos tenido que pasar a hablar tanto de RSE. Se habrá hablado mejor o peor,...
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Hoy en día, si no hablas a menudo de valores (y, sobre todo, de su crisis) no eres nadie. Sería conveniente empezar a reconocer que es imposible hablar de valores hablando sólo de valores, o mirando definiciones en el diccionario. Los valores remiten a formas de vida: sólo entenderemos los valores atendiendo a las formas de vida que amparan, y no a qué dice el diccionario. Sólo así podremos decir que los valores enmarcan, orientan y potencian nuestra propia vida.

Vivimos en un contexto de cambio, innovación, movilidad e interdependencia. Nuestras coordenadas se han vuelto blandas como los relojes de Dalí. Nuestro tiempo ha dejado de ser analógico y ha pasado a ser digital. Nuestra atención se ha dispersado en varias pantallas a la vez. Y, claro, al final ya no sabemos dónde estamos.

Transmitir valores es transmitir formas de vida (maneras de hacer, maneras de sentir y de interpretar, maneras de ver y de vivir). Pero que los valores sitúen y orienten no quiere decir que nos tengamos que dedicar a enunciarlos y repetirlos. Lo que nos permitirá situarnos y orientarnos en el mundo creíblemente es nuestra calidad personal, que es la que acoge y engendra valores. Por ello, formar en valores hoy significa favorecer una experiencia de crecimiento personal en calidad humana. Antes, nuestro compromiso y nuestra responsabilidad consistían en la aceptación o el rechazo de un paquete normativo que la sociedad y sus instituciones nos presentaban en nombre de unos valores, que nos daban identidad. Hoy nuestro compromiso y nuestra responsabilidad consisten en ir recreando y discerniendo formas de vida desde nuestra libertad responsable, desde la cual nos identificamos y con la que identificamos nuestros valores de referencia.

Por ello, en el contexto actual, la pregunta clave no es qué valores se deben transmitir, sino cómo se aprenden los valores. Debemos pasar...
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Rothko dijo de su pintura que si en ella queríamos encontrar experiencias sagradas, las encontraríamos; y que si queríamos encontrar experiencias profanas, también las encontraríamos. Él no elegía, y ya le parecía bien. Pero, ¿de qué nos habla cuando dice que está bien? ¿Qué es lo que está bien? ¿Cuál es la alquimia que une la mirada del espectador y la experiencia del pintor a través de sus cuadros, los cuadros de alguien que dijo que un cuadro no es la imagen de una experiencia, sino una experiencia?

Rothko es conocido sobre todo por los cuadros que hizo en la tercera etapa de su producción. Aquellos cuadros que, a primera vista, diríamos que consisten simplemente en rectángulos de color flotando sobre color. Aquellos cuadros que, como he oído comentar tantas veces mientras contemplaba alguno, no representan nada. Unos rectángulos que, progresivamente, se fueron simplificando, hasta llegar a la luminosa oscuridad de sus últimos cuadros. Rothko muestra como pocos que una cosa es pintar bien y otra transmitir y expresar algo. Y, una vez más, ¿qué sería pintar bien sin transmitir y expresar nada? Cuando se sustituye la experiencia vivida por las etiquetas resulta fácil decir que era un pintor abstracto, si no fuera que él mismo dejó dicho que no se consideraba abstracto y que no le interesaba la relación color-forma, sino las emociones humanas más elementales . Porque -nos avisó- si sólo nos atraen las relaciones de colores nos escapa lo que es decisivo. Rothko, tan preocupado por la educación en algunos de sus escritos, nos invita, si nos confrontamos a fondo con su pintura, a una gran exploración de aprendizaje. Nos invita a educar la mirada. A hacerla más fina, más sutil, más atenta, más profunda. Nos invita a una mirada que ya no separa quien mira y lo que es mirado. Rothko nos invita a más vida y a mejor vida. A hacer de su pintura una experiencia personal...
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La historia de la filosofía, de la literatura y de la teología está llena de frases más o menos ingeniosas en las que se habla de lo nuevo y lo viejo de muy diversas maneras, siempre jugando con su contraposición. Les ahorro empezar con una de estas citas y voy al grano.

Mi impresión es que el problema de la RSE no reside en el nombre ni en nada que se le parezca. El problema central es que, mayoritariamente, ha consistido en introducir un nuevo lenguaje y unas nuevas prácticas sin modificar sustancialmente la comprensión convencional de la empresa. Esto se constata cuando se analizan los planteamientos de la RSE no en base a lo que se dice ni a lo que se hace, si no en base a cómo se argumenta. Entonces, el argumento se resume casi siempre en lo siguiente: la RSE es hoy la manera más adecuada (o más inteligente, o más racional, o más avanzada, o más oportuna, o más…) de conseguir lo que ya sabemos desde siempre que debe hacer la empresa. A veces pienso que Lampedusa estaría contento con la RSE: es necesario que todo cambie para que todo siga igual.

Debería corregirme i objetarme a mí mismo, claro está. A veces una suma constante de pequeños cambios convertidos en una dinámica sostenida en el tiempo dan como resultado una realidad sustancialmente distinta de la que teníamos al comienzo aunque a lo largo del proceso, paso a paso, los cambios parezcan poco significativos. Bueno, pues en estos tiempos de paradojas aceptemos que las dos afirmaciones pueden ser plausibles a la vez. Y tomémosnos las dos igualmente en serio

Pero volvamos a la primera de las afirmaciones: no se trata de cambiar para que todo siga igual, sino de decidir qué lugar quieren ocupar las empresas en los cambios sociales que se están produciendo y cómo quieren contribuir a ellos. De hecho, hay que volver a A. Smith: la pregunta que se hacía Smith –la que está en el título de su libro-...
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En el club de la RSE a veces nos pasamos un poco de frenada. En un sentido u otro. Hubo una época –a la vez ilusionante e ilusoria- en la que parecía que la RSE avanzaba al ritmo de la marcha triunfal. Y ahora estamos en un momento depresivo, en el que miramos al doctor preguntando si el paciente saldrá de ésta. Me gustaría contribuir a la confusión reinante con algunas consideraciones que permitan aumentarla.

Creo que no hemos digerido bien una mezcla letal entre un espejismo y la rutinización. El espejismo fue causado por el arranque espectacular de la ola de la RSE. Como partíamos de un nivel supuestamente bajo, la euforia de ver cómo se iban sumando iniciativas a la RSE quizás hizo creer que este era un proceso de crecimiento imparable. Y, claro, cuando se vio que tenía sus límites y que no necesariamente continuaban los incrementos, el tono vital bajó. A lo que cabe añadir, por otra parte, que quienes se sumaron a la RSE, tras la primera fase de adentrarse en territorio desconocido con mucho esfuerzo y sorteando muchos obstáculos (internos y externos) pero también con gran entusiasmo y creatividad se encuentran en una fase de cierta normalización o, dicho en la jerga sociológica, de rutinización, y esto ya es menos novedoso y genera menos noticias.

Y, hablando de noticias, la RSE no estaba equipada para enfrentarse a una situación de crisis como la que estamos viviendo (algún día habrá que pensar un poco sobre el por qué de esta falta de equipamiento, dicho sea de paso). Pero cuidado. Lo tópico sería decir que esto ha permitido resolver por un camino imprevisto la confusión entre RSE y acción social: la crisis, por razones obvias, recorta o elimina la acción social, pero no modifica las políticas de RSE integradas en el negocio, a lo sumo las ajusta, como hay que ajustarlo todo. Y aunque esto puede ser cierto en muchos casos, en esta lectura hay un déficit...
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((Este es el prólogo del libro El Poliedro del Liderazgo (escrito con Àngel Castiñeira), que presentaremos en Esade –Av. Pedralbes, 60, BCN- el próximo 10 de diciembre a las 19h.

Intervendrán Artur Carulla, Rafel Nadal, Irene Rigau, Joan Rigol i Mònica Terribas)).

 

Durante los últimos seis años los autores hemos tenido el privilegio de trabajar en un auténtico laboratorio de aprendizaje, el que nos ha ofrecido ESADE con la creación de la Cátedra LiderazgoS y Gobernanza Democrática y con la confianza institucional que nos han dado para poder realizar la dirección académica.

Una cátedra universitaria es una unidad académica de excelencia que permite la realización de tareas de investigación, la formación de alto nivel, la elaboración de pensamiento, la facilitación del diálogo entre expertos y actores implicados en la temática, la difusión de ideas y la promoción del debate social a través de la organización de actos públicos y de la publicación de documentos; las tareas aplicadas o de consultoría, la combinación de investigación y acción en el seguimiento personalizado de casos, la elaboración de informes, etc.

La colaboración que hemos tenido con colegas expertos en el campo del liderazgo y la presencia y participación de líderes de todo tipo (empresariales, políticos, sociales, científicos, etc.) en las actividades de la Cátedra nos ha ofrecido una oportunidad inmejorable para aprender y para ir elaborando un conjunto de reflexiones y consideraciones en torno a este tema.

En el contexto que vivimos necesitamos más que nunca personas capaces de conducir y construir el futuro y, al mismo tiempo, de crear en este futuro las condiciones de gobernanza que permitan garantizar el buen desarrollo humano social y económico. Este reto requiere incorporar a la formación tradicional en liderazgo elementos que en algunos casos son inéditos.

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El mundo de la gestión, cuando deviene un lenguaje cerrado sobre sí mismo, se llena de latiguillos que se repiten mecánicamente con agradable la sensación de que quien los profiere dice algo. A veces incluso parece que dice algo concreto y tangible y, así, gracias a los automatismos, se van llenando enormes vacíos de pensamiento.

Uno de estos infaustos latiguillos es "orientación a resultados". Debe pronunciarse con una entonación enfática y contundente y, a ser posible, no debe añadirse nada más. Es una perfecta frase conclusiva, que transmite de manera mucho más elegante la idea de que ya no ya nada más que añadir. Siempre queda más profesional decir aquí lo que necesitamos es gente orientada a resultados que decir por qué no te callas. Aunque viene a ser lo mismo.

A primera vista parecería que la orientación a resultados retrata a alguien trabajador, eficiente, riguroso, competitivo y ejemplar. ¡Ojalá! Porque muy a menudo la orientación a resultados lo que refleja son actitudes para las que pensar en sentido global y tener visión de conjunto son una complicación o un engorro. El discurso que absolutiza la orientación a resultados es la cara productivista y bienpensante del burdo "aquí se viene a trabajar, que pensar ya piensan otros" (lo que a menudo, dicho sea de paso, es mucho suponer). El riesgo de la orientación a resultados es desarrollar una actitud miope, que piensa poco y –sobretodo- que no hace preguntas incómodas y que no cuestiona lo convencionalmente establecido. Ni, por supuesto, la jerarquía del que establece cuales han de ser los resultados. Se trata de ser práctico, obsesionarse por lo tangible y cuantificable, y tener alergia a lo que parece teórico y abstracto (que, desde los resultados, es casi todo lo demás). Orientación a resultados; el resto, como decía el clásico, no es mi problema. Dicho de otra manera: en la falta de RSE o en...
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[Esta carta, retocada en algunos puntos por razones obvias y con subtítulos añadidos para facilitar su lectura, forma parte de un intercambio con una persona con nombre y apellidos: no es una figura retórica. Pese a su longitud –por la que pido disculpas- refleja cuestiones que van más allá de una conversación privada, que quiero compartir].

Querido …,

Tienes razón: ha habido reacciones en Twitter al manifiesto pro-federalismo de los 300 que merecen que nos preguntemos a qué responden. Comparto algunas de las cuestiones que planteas sobre las redes sociales, entre otras cosas porque representan cambios que no sabemos todavía cómo vamos a manejar. Me temo –no soy futurólogo- que la política tras la aparición de las redes sociales nunca será lo que fue. O, dicho con otras palabras, nunca podrá ser pensada y planteada del mismo modo que en el pasado… y ya llamamos pasado a algo que se remonta solo a 5-6 años atrás. Por otra parte, para bien y para mal, no se le pueden pedir a 140 caracteres lo que se le puede exigir al ponente de un seminario. Como diría el clásico, esto es lo que hay.

Yo no soy ni politólogo ni sociólogo, y por tanto mis apreciaciones son más intuitivas que fundadas, pero en lo que puedan valer te propongo una interpretación complementaria a tu interpretación sobre la reacción ante el manifiesto de los 300. Y en aras de la agilidad me permitirás dos simplificaciones que usaré con plena conciencia de que son simplificaciones: hablaré de los "federalistas" y de "Madrid".

¿Dice algo "federalismo"?



Los federalistas tienen que entender que hoy afirmar que el federalismo es la mejor solución para la relación Catalunya-España ya no es decir nada. En un congreso de ciencia política es una afirmación que podría suscribirse razonablemente en abstracto, pero en el contexto actual ya es un mantra vacío, al que hay que añadir...
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