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Novedad editorial: El poliedro del liderazgo
 
 



Àngel Castiñeira; Josep M. Lozano

 

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Josep M. Lozano

josepm.lozano@esade.edu
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Ext. 2270

Fax: +34 932 048 105
Av.Pedralbes, 60-62
E-08034 Barcelona


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Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
Autor: Josep M. Lozano Creado: 16/10/2008 11:45
Persona, Empresa y Sociedad - el blog de Josep Maria Lozano

El próximo día 27 de septiembre nos volveremos a encontrar en el Monasterio de Sant Benet con cerca de un centenar de líderes empresariales políticos y sociales para renovar juntos nuestro compromiso de mejora en el ejercicio del liderazgo y de servicio al país. Aunque algunos crean lo contrario, el liderazgo no es como el legendario bálsamo de Fierabrás, una pócima curalotodo con la cual, como relata el Quijote, "no hay que tener temor a la muerte, ni pensar morir de ferida alguna", ya que "con una sola gota se ahorraran tiempo y medicinas". Esa visión mágica del liderazgo puede ser hoy tan nefasta como las actitudes derrotistas o resignadas. El liderazgo –ejercido en todos los sectores y en todos los niveles—si lo sabemos comprender, promover y ejercer puede ser un proceso catalizador de nuestra energía creativa, incluso de aquella que desconocemos tener. Pero no tiene un efecto milagroso que evite nuestro sacrificio, esfuerzo, dedicación y empeño o que modifique como por arte de magia la realidad que nos ha tocado vivir.

Y la realidad que ahora misma tenemos no es la de la "salida del túnel" o la de "brotes verdes" en el horizonte. Por primera vez en muchos años, amplias capas medias de la población sienten en su propia carne el desempleo, la reducción del salario y el incremento de la desigualdad y la inseguridad. Nuestras condiciones de vida han empeorado y nuestras perspectivas vitales (sueños, promesas, planes, ilusiones) se han visto frustradas. Emerge una nueva clase social, el "precariado", un amplio colectivo del que la precariedad se ha adueñado en múltiples aspectos de su vida. Notan esa precariedad en su empleo, en sus recursos, en su formación, en su vivienda, en su pensión, en su identidad profesional… (Conviene recordar aquella pancarta del 15M: "Sin casa, sin curro, sin pensión, sin miedo".) Y responden a las apelaciones de sus líderes políticos...
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Hace poco, entre las comentarios que explicaban el rechazo a un proyecto de investigación, se decía que los investigadores involucrados publicaban mucho en journals de ética empresarial, y que esto anticipaba que difícilmente los resultados de la investigación se publicarían en journals de management. Hace casi un año, el departamento de Filosofía de una universidad catalana rechazó un proyecto de tesis doctoral sobre ética empresarial y RSE aduciendo que no era un tema serio, dado que todo ello no era más que humo y marketing.

No hay que exagerar a la hora de hacer inferencias, claro está. Pero estas dos anécdotas dibujan perfectamente los supuestos de fondo que arrastramos desde hace años, y que configuran las asunciones desde las que se producen muchos debates. Y explicitar asunciones a veces es tan o más importante que construir argumentos porque, como sabemos bien, el mismo argumento (y los mismos datos) desembocan en planteamientos que pueden ser diferentes –e incluso opuestos- en función de las asunciones y los marcos mentales donde se insertan.

Desde mi punto de vista, la gracia de estas dos anécdotas es que expresan con una inmediatez y una ingenuidad transparentes los límites del terreno de juego donde todavía, para mucha gente, se juega el partido. Por un lado, la ética empresarial no es propiamente gestión, la gestión es otra cosa y la ética sólo es un añadido que, cuando se pone en juego, sólo aparta o distrae de la gestión propiamente dicha (como máximo la complementa). Es decir: los journals de ética empresarial no son journals de management. Por otro lado, la empresa y la gestión son ámbitos de perversión, que contaminan todo lo que tocan, sea manipulándolo sea trivializándolo, y que ni decir tiene que cuando se trata de la ética todo lo que hacen es o aguar o enlodar la grandeza de sus ideales. Es decir: la ética empresarial y la RSE no tienen...
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El término (ya veces incluso el ejercicio) de la RSE ha tenido un gran éxito en los últimos años. Ahora bien, no negaremos que parte de su éxito reside en su ambigüedad. Esto no es necesariamente malo, sino todo lo contrario: permite que se cobijen aproximaciones plurales, permite que no se la apropie sólo una minoría, y puede inspirar iniciativas innovadoras justamente porque su significado no está rígidamente predeterminado. Esto tampoco es ninguna novedad en el mundo de la gestión, por muchos aspavientos que se hagan: si buscáramos la misma precisión terminológica que se exige a la RSE a muchos de los términos más repetidos en la cultura empresarial (empezando, por cierto, por "cultura empresarial") nos haríamos un hartón de reír. No hay que olvidar ni menospreciar que la palabra "social" ha puesto de relieve la toma de conciencia de que las empresas viven en sociedades y no en mercados, y que, por tanto, todo lo que hacen tiene una dimensión a la vez económica y social. Pero, lo sabemos bien, la palabrita también se ha estirado hasta el límite y se ha utilizado para cubrir las más diversas prácticas, algunas de ellas contradictorias entre sí. En nuestro contexto uno de los resultados más generadores de confusión ha sido la mezcla de la RSE con la acción social. Una mezcla letal, de una toxicidad inmune cualquier argumento o razonamiento.

Aunque no siempre ha quedado suficientemente claro ni se ha dado por supuesto, la cuestión ambiental ha quedado incluida en la dinámica de la RSE. De hecho, ya ha quedado suficientemente asumido que cuando se habla de RSE se recita el mantra llamado triple cuenta de resultados: los impactos económicos, sociales y ambientales de lo que hacen las empresas. De todos modos, llamarle RSE a eso, no goza de consenso absoluto. A veces los nombres varían en función de los países o de las culturas empresariales. Una de las resistencias...
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Continúa imparable la efervescente apelación a la necesidad de liderazgo que se ha instalado entre nosotros. Parece que en los cuentos laicos de nuestro tiempo, las hadas en lugar de llevar varitas mágicas deban llevar líderes. Hay quien habla de la falta y la necesidad de liderazgo como quien hace rogativas implorando la lluvia que tanta falta nos hace y que nos lo resolverá todo.

Empieza a ser hora de decir que, del mismo modo que no hay líderes si no hay seguidores, no puede haber buen liderazgo si no hay buenos seguidores. Y que, por tanto, los que se preocupan tanto por la falta de liderazgo y/o por su calidad, quizá harían bien en dedicar un poco de energía a preguntarse por la falta de buenos seguidores.

Dice el diccionario que seguidor es quien va detrás de alguien acompañándole. Es una definición muy pobre, que da a entender un cierto orden jerárquico (ir detrás) y un acompañamiento pasivo, de ganado (se trata de dejarse llevar, como hacen las vacas con la jefa de la vacada que lleva el cencerro). También es verdad que hay caracterizaciones de los líderes no muy lucidas, como esta de El Roto refiriéndose a los políticos: "Los líderes utilizan las encuestas para seguir a sus seguidores". Deberíamos, pues, empezar a decir que hoy es imposible que haya buenos liderazgos si sólo aspiramos -correlativamente- a ser seguidores vacunos, y líderes demoscópicos que deciden y actúan a golpe de encuesta. También nos equivocaremos de cabo a rabo si aún mantenemos en nuestro imaginario la idea del liderazgo heroico, la nostalgia del líder omnisciente, la herencia devaluada del mito platónico del filósofo-rey. Es curioso como nos llenamos la boca de interdependencias y de redes, y seguimos pensando el liderazgo en clave jerárquica y vertical, confundiendo seguimiento y seguidismo ciego.

No...
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Hasta aquí hemos llegado. Vuelvo en septiembre. Como me parece que nadie puede prever qué y cómo nos encontraremos pasado agosto, me permito dejar como recordatorio para la vuelta un par de textos, de Machado y Aristóteles, por si acaso. Feliz verano.

—Nuestro español bosteza.
¿Es hambre? ¿sueño? ¿Hastío?
Doctor, ¿tendrá el estómago vacío
—El vacío es más bien en la cabeza.

Antonio Machado (Proverbios y cantares)

El fin de la política es el mejor bien, y la política pone el mayor cuidado en hacer a los ciudadanos de una cierta cualidad, esto es, buenos y capaces de acciones nobles.

Aristóteles (Ética a Nicómaco)

Hemos mantenido en las últimas semanas reuniones con jóvenes profesionales socialmente comprometidos (organizados en torno al Espai Jaume Vicens Vives) y con intelectuales convocados por el conseller F. Mascarell y J. Rigol. Han sido reuniones reflexivas, organizadas con el fin de entender la crisis y sus consecuencias y de consensuar alguna posición sobre el tipo de respuestas más adecuadas que podemos dar los ciudadanos.

Hay una necesidad imperiosa de entender la realidad actual, y la sensación de que la falta de la voz catalana ante la crisis es más resultado del desconcierto y la oscuridad del momento que de la falta de ganas de hacer algo. Vemos fragmentos de la realidad, analizamos noticias de carácter económico y financiero pero con la sensación de que no llegamos a captar la complejidad de la situación.

Los jóvenes profesionales coincidían en que se acaba este mundo, nuestro mundo occidental, tal y como lo hemos conocido y que la combinatoria de austeridad y crecimiento pactada entre Merkel y Hollande no es más que un parche provisional a una deriva más honda que liga problemas locales y globales y desequilibrios entre el ambicioso bloque de las sociedades emergentes y el progresivo declive de las sociedades acomodadas occidentales. Llegamos al fin de un modelo, el nuestro, pero nos cuesta aceptarlo.

El diálogo de los intelectuales transcurrió más por caminos de vivencias e impresiones personales. "Esta es una crisis sin rostro humano, basada tan sólo en datos macroeconómicos y construida sobre la jerga de los expertos: restricción del crédito, incremento del déficit público, la prima de riesgo, etc." "Volvemos a desarrollar hábitos de la posguerra". "Este es un país solo para viejos". "Hemos extraviado el destino común que nos prometía la Unión Europea". "Tenemos un problema de élites y no hemos resuelto bien su relevo". "Los catalanes practicamos...
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He recibido un correo de un antiguo participante en un programa en el que, entre otras cosas, me dice: "A veces me descubro mirando al pasado a aquellas tardes de Instituto en las que soñaba qué haría de mayor. Siempre pensé que en algún momento haría cosas importantes, acciones con las que volcar el conocimiento que iba acumulando en ayudar a gente que lo necesitara. Cuando nos presentaste […] me acordé de aquellos tiempos y de todos los días que me levanto pensando, otro día a trabajar al mismo sitio, sin rumbo y sin pensar en los demás, sólo por un salario. El día a día te va absorbiendo, la energía se difumina, y el foco deja de iluminar. Hace falta un proyecto ilusionante que te permita ir cada día al trabajo con más ganas que el anterior" (por cierto: se trata de un profesional que está consiguiendo mejorar sustantivamente los resultados de su empresa).

Más de uno pensará: esto es lo que hay, nada nuevo bajo el sol, bienvenido al club. Esto es lo que hay, ciertamente; pero ni es lo único que hay, ni en ningún lugar está escrito que estemos condenados a que haya (solo) esto. Estas pocas líneas que he recogido merecerían sin duda una lectura matizada. Pero ahora quiero tomarlas como base para plantear una cuestión que me parece más relevante de lo que habitualmente estamos dispuestos a reconocer. Lo que podríamos denominar la esquizofrenia entre talento profesional y talento personal.

Todos, profesionales y empresas, tenemos una percepción intuitiva de lo que sea el talento profesional: disponer de una seria de capacidades, habilidades y conocimientos de todo tipo que puede ponerse al servicio de quien esté dispuesto a pagar por ello. En más de una ocasión he insistido en que éste es un concepto limitado, parcial y reduccionista de lo profesional, pero ahora podemos considerarlo como un punto de partida. El talento personal se refiere a las actitudes,...
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Desde hace un cierto tiempo se insiste, cada vez más, en que los alumnos, especialmente en la universidad, deben ser considerados clientes. ¿Tiene sentido esta insistencia? ¿Deberíamos redefinir a las instituciones educativas como empresas proveedoras de servicios educativos?

El énfasis en el enfoque cliente tiene su razón de ser. A veces la enseñanza ha estado tan centrada en el profesor que ha hecho olvidar algo tan fundamental como que lo que importa no es que alguien enseñe, sino que alguien aprenda. A veces se ha reducido al estudiante a ser un receptáculo de contenidos hasta el punto que se ha olvidado que aprender es algo que involucra a la persona en su totalidad, y no sólo algunos aspectos cognitivos. En definitiva, a veces se ha confundido el objeto de la educación con el sujeto de la educación, sin prestar atención a éste último. De la misma manera que se dice –y se critica- que hay médicos que tratan con enfermedades y no con enfermos, se podría decir que hay docentes que tratan con contenidos y no con personas. Si a esto le añadimos que no todas las personas tienen el mismo estilo de aprendizaje, parece obvio que la exigencia de atender a la realidad de quien aprende es irrefutable. Y cuando hablamos de adultos con experiencia profesional es imprescindible un enfoque que los haga verdaderamente corresponsables de su aprendizaje. Algo muy distinto, por cierto, a creer que es de recibo exigir (en nombre del enfoque clientelar) una relación casi servil por parte de los servicios de todo tipo que se requieren en el marco de un centro educativo… o a creer que el cliente tiene la última palabra (sobre el contenido curricular o sobre la propia identidad del centro, por ejemplo).

Nada que decir por nuestra parte a todo lo anterior… excepto expresar nuestras dudas sobre si la mejor manera de plantearlo es introducir el lenguaje clientelar en la educación. A lo mejor sería suficiente si nos tomáramos en serio la pregunta sobre qué significa educar y de qué hablamos cuando hablamos de una persona educada. Porque hablar de clientes en educación arrastra inevitablemente la pregunta sobre el tipo de satisfacción que se les debe proporcionar. Y a veces educar consiste en generar una cierta insatisfacción: porque no se propicia ni facilita el dar por obvio lo que hasta el momento se ha dado por obvio; porque no siempre es fácil ni cómodo replantearse los propios supuestos y asunciones; porque para transformar las maneras de pensar, actuar o sentir a veces hay que trabajar intensamente dimensiones que no tienen un impacto instrumental y útil inmediato; porque a veces para aprender hay que desaprender, y liberarse de patrones mentales o de comportamiento… o simplemente porque en algunos aspectos la satisfacción viene con la perspectiva que da el paso del tiempo. En definitiva: hay casos en los que la satisfacción del cliente no refleja otra cosa que el fracaso del proceso educativo. Si en el contexto educativo ser –supuestamente- un cliente tiene poco que ver con serlo en el contexto de unos grandes almacenes o de una agencia de viajes, entonces hay que reajustar todo el proceso, empezando por cómo se comercializan los programas y las expectativas que se generan, que a menudo son el primer acto (des)educativo en el que se involucran las instituciones.

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Son tiempos difíciles, sin duda. Pero no son tiempos para quedar bloqueados en la queja, la frustración y la depresión. Son tiempos difíciles, repito. Pero por eso mismo son tiempos para tener coraje y empuje, e impulsar iniciativas que ayuden a avanzar y a transformar la realidad que nos ha tocado vivir.

Por eso es importante que se haya producido una iniciativa como #arajovesempresaris. Una lectura superficial podría ser reduccionista: la generación de empresarios entre 30 y 45 años constata la falta de presencia de miembros de su generación en las asociaciones, instituciones y foros empresariales. Y piden poder estar presentes.

Sólo este hecho ya es bastante relevante. Parece descabellado perder la energía y las capacidades de una generación. Pero lo que considero más relevante no es la mera reivindicación generacional. Es más: soy escéptico ante este tipo de reivindicaciones. Lo que me parece relevante es la expresión de una voluntad de compromiso y una orientación a actuar desde el mundo empresarial más allá de la mera defensa de los intereses profesionales corporativos. La referencia, en buena parte, es la constatación de la transformación social que necesitamos y la contribución que se puede hacer desde la empresa ella. No basta, desde mi punto de vista, con la renovación (ni con la renovación por la renovación) a pesar de ser esto algo importante. Lo que realmente vale la pena es la voluntad de compromiso cívico más allá de los intereses profesionales corporativos, orientado a hacer aportaciones sustantivas al país, a partir de la propia realidad, en este caso empresarial. Porque hay dos cosas que no hay que confundir: una cosa es que esté bloqueada la renovación, y otra es que los jóvenes sean renovación por el hecho de ser jóvenes. La cronología...
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¿Necesitamos individuos y organizaciones emprendedores o países emprendedores? El interés por la emprendeduría en la teoría económica o en la psicología fue tardío pero al final decisivo porque hoy sabemos que los emprendedores son los que tienen una visión innovadora capaz de transformar la economía. Crear algo propio, realizar nuestras ideas y proyectos, desarrollar una oportunidad a veces a pesar de la escasez de recursos, forma parte del pequeño milagro impulsado por los emprendedores. Por este motivo, expertos como H. Stevenson, profesor en Harvard, han estudiado el liderazgo emprendedor caracterizándolo como un estilo directivo particular, y han intentado trasladarlo a la formación de personas y empresas. Las escuelas de negocios de más prestigio del mundo incorporan hoy programas y cursos para fomentar el espíritu emprendedor. Y la mayor parte de gobiernos desarrollan políticas que favorezcan la innovación y la creación de empresas. Sin embargo, hay países que no han conseguido hacer crecer el emprendimiento. Los parques empresariales de Dubai, por ejemplo, tienen un puerto libre de impuestos, una legislación que favorece la plena liberalización del comercio y una elevadísima capacidad de atracción de empresas de todo el mundo. Esto hace de este país un importante centro de negocios mundial pero no un país emprendedor. Los centros de I + D de las empresas que hacen negocios en Dubai, permanecen en sus países de origen. Dubai ofrece un lugar más barato para hacer transacciones, pero no tiene clústeres innovadores. Los residentes extranjeros van a ganar dinero, están allá transitoriamente y luego retornan a su país de origen y allí siguen innovando. Peor aún es la situación del resto de países árabes donde la iniciativa empresarial y la innovación son prácticamente inexistentes. La traducción de libros es mínima, el número de patentes registradas prácticamente nulo,... Leer más »

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