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Novedad editorial: El poliedro del liderazgo
 
 



Àngel Castiñeira; Josep M. Lozano

 

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Josep M. Lozano

josepm.lozano@esade.edu
Tel: +34 932 806 162
Ext. 2270

Fax: +34 932 048 105
Av.Pedralbes, 60-62
E-08034 Barcelona


Twitter - Josep M. Lozano

 

Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
Autor: Josep M. Lozano Creado: 16/10/2008 11:45
Persona, Empresa y Sociedad - el blog de Josep Maria Lozano

 



En sus memorias políticas, Tony Blair relata el momento en que fue nombrado primer ministro y como lo vivió. Al subir los escalones hasta el estrado, intentando obligarme a centrar mi mente y mis reservas de energía en las palabras que iba a decir, finalmente conseguí definir la raíz del miedo que había ido creciendo durante todo el día: yo estaba solo. Ya no habría más equipo, ni más camarilla amistosa, ni emociones compartidas entre un puñado de íntimos. Estarían ellos; y estaría yo. En un determinado punto profundo, ellos no serían capaces de entrar en contacto con mi vida, ni yo con la de ellos. Hay un sinfín de declaraciones, memorias y biografías de líderes que expresan algo parecido, la sensación de soledad que acompaña su trayectoria en el ejercicio del poder. A nuestro parecer, esa soledad solo puede ser bien gobernada y reelaborada si la persona que asume un liderazgo dispone y cultiva bien su vida interior.

La vida interior nada tiene que ver, por cierto, con aquella caracterización que en su día se hizo de Leopoldo Calvo Sotelo llamándole "la esfinge" (personalidad fría e impertérrita, parca en palabras y sonrisas), ni tampoco con esa otra con la que ya apodan a Mariano Rajoy, "el enigma" (perfil humano desconocido, basado en la ambigüedad y el encubrimiento, según The Guardian). Y, por supuesto, tampoco tiene nada que ver con el programa de Albert Om "El convidat" donde el periodista simula que mira por el agujero de la cerradura en la casa de los famosos.

Cultivar la vida interior es otra cosa. Significa trabajar bien la conexión y la calidad en el pensar y en el sentir; en el desear, el decidir y el actuar; en la conexión entre motivaciones y propósito. ¿Recuerdan el final del poema "Invictus" de W. E. Henley? No importa cuán estrecho sea el camino, cuán cargada de castigo la sentencia. ¡Soy el amo de mi destino; soy el capitán...
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Desde hace un cierto tiempo se está insistiendo cada vez más, por activa y por pasiva, en que los alumnos deben ser considerados clientes. Especialmente en la universidad. Y más especialmente en las escuelas de negocios. ¿Tiene sentido esta insistencia? ¿Deberíamos redefinir a las instituciones educativas como empresas proveedoras de servicios educativos?

El énfasis en el enfoque cliente tiene su razón de ser, indudablemente. No siempre ha quedado claro que los docentes tengan como prioridad que los alumnos aprendan. A veces la enseñanza ha estado tan centrada en el profesor que ha hecho olvidar algo tan fundamental como que lo que importa no es que alguien enseñe, sino que alguien aprenda: de lo primero no siempre se sigue lo segundo. A veces se ha reducido al estudiante a ser un receptáculo de contenidos hasta el punto que se ha olvidado que aprender es algo que involucra a la persona en su totalidad, y no sólo algunos aspectos cognitivos. De la misma manera que se dice –y se critica- que hay médicos que tratan con enfermedades y no con enfermos, se podría decir que hay docentes que tratan con contenidos y no con personas. Si a esto le añadimos que no todas las personas tienen el mismo estilo de aprendizaje, parece obvio que la exigencia de atender a la realidad de quien aprende (o dice querer aprender) es irrefutable. Y, además, estamos hablando de adultos y, muy a menudo, de profesionales con una elevada y sofisticada experiencia profesional, lo que hace ya no sólo inexcusable sino imprescindible un enfoque que los haga verdaderamente corresponsables de su proceso de aprendizaje. Precisamente por eso es tan importante el cambio de registro que supone concebir que es la institución como tal la que educa y que, por consiguiente, los pretendidos servicios periféricos a la actividad explícitamente educativa también educan y transmiten valores. Algo muy distinto,...
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Algo más que operar en diversos países, claro. Pero incluso algo más que tener el mundo en la cabeza y como horizonte cuando se habla de estrategia. Significa también, si se me permite la expresión, ejercer una función educativa en los diversos contextos donde actúa. Y no precisamente por el simple hecho de que desarrolle programas internos de formación. Sino debido a que transmite, refuerza y difunde una determinada cultura de empresa.

Me bailaban por la cabeza cosas como ésta mientras participaba en el día del voluntariado de Abertis. Porque la gracia de lo que allí ocurría era que no se trataba de un simple acto local en su sede central corporativa. Era un acto (una diversidad de actos) que se desarrollaba simultáneamente en varios países en los que Abertis tiene presencia.

Estas notas no son sobre voluntariado corporativo, pues, ni sobre la ambigua diversidad de iniciativas que las empresas llevan a cabo bajo esta etiqueta. Sino sobre algo que me parece más importante, y que esta experiencia concreta me suscita y creo que pone de relieve. En los debates sobre la RSE se escucha a menudo -para liquidarla, por cierto- comentarios del tipo "en tiempos de crisis lo que tenemos que hacer es ir a lo esencial del negocio". Nada que decir, si me aclara qué es lo esencial del negocio. Porque posiblemente lo esencial del negocio es el modelo de empresa y, por tanto, los valores alrededor de los cuales la empresa quiere estructurar sus prácticas y estrategias. Por eso decía que una empresa tiene -en un sentido amplio, pero radical- una función educativa. Porque a través de sus maneras de proceder y de sus prácticas organizativas se convierte en una transmisora de valores (y muy a menudo también de contravalores, claro). Una empresa no se define sólo por su estructura organizativa, sino por las energías que moviliza y por el discurso y el sentido que genera a propósito...
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S. Hessel es un personaje con una biografía admirable. Pero -perdonadme la irreverencia- sus últimos panfletos son perfectamente prescindibles. De hecho, lo único que tiene un cierto interés son las portadas, en parte por un motivo estrictamente sociológico ...y fundamentalmente mediático. Con matices, sin embargo. El indignaos ha tenido mucho más impacto que el comprometeos. Y, por decirlo sin matices, sería bueno que algún día nos preguntáramos por qué los indignados salen en la tele y los comprometidos no.

Que quede claro: en lo que voy a decir no hay ningún juicio de valor ni de intenciones hacia personas concretas, sino al contrario. Quiere ser un debate de ideas y de análisis cultural. Si alguien se siente personalmente herido, quiere decir que no me explico bien ...y que algo (me) debe pasar, cuando se necesitan tantos prolegómenos. Y es que considero que la indignación es fundamentalmente un fenómeno reactivo. Fundamentado, pero reactivo. Que conecta directamente con lo que M. Lacroix llamó el culto a la emoción. A falta de relaciones constitutivas y constituyentes, a falta de marcos institucionales y de proyectos compartidos, el déficit de vínculos sociales se canaliza en sobredosis de vínculos emocionales. No nos define lo que pensamos, sino lo que sentimos, y la fusión emocional a menudo sustituye al diálogo. Sabemos lo que rechazamos, pero cuando se trata de hacer propuestas la confluencia indiscriminada de deseos, ideales, objetivos y exigencias se convierte en una macedonia colosal. La indignación muestra sensibilidad hacia los que sufren, atención a los déficits sociales, disponibilidad a movilizarse, rechazo a lo que se presenta interesadamente como inevitable, es el grito de los que ya no se resignan a vivir más en silencio... pero también refuerza y consolida algunos los patrones culturales a los que se quiere oponer.

Los títulos de los libros de Hessel son los fieles retratos de una época. Con un pequeño problema: cada uno retrata a una época diferente. No hay nada más propio del siglo XXI que el indignaos. No hay nada más propio del siglo XX que el comprometeos. ¿Ponerlos juntos ahora es algo más que una pirueta retórica (y una operación editorial)? Así como decimos que cada maestrillo tiene su librillo, podríamos decir que cada época tiene sus palabras de primer orden. Pero eso no nos evita hacernos preguntas, como por ejemplo qué hemos perdido con la creciente irrelevancia de la idea de compromiso.

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Si algo caracteriza el camino que se ha seguido en los últimos años es que cuanto más se ha ido hablando de RSE menos se ha hablado de ética empresarial. Desde finales del siglo pasado al crecimiento de la RSE le ha correspondido un declive de la ética empresarial.

Hay que reconocer que el enfoque RSE resulta mucho más cercano a la lógica managerial, y probablemente es lo que está en el origen de su éxito. Su punto de partida parece a primera vista mucho más concreto y objetivable, Tanto de cara a la gestión empresarial como de cara a debatir casos en el aula. Se trata, en definitiva, de atender al impacto y/o a las consecuencias sociales y ambientales de las actuaciones empresariales. Una pregunta de la que ninguna empresa se puede escapar, puesto que si algo hacen las empresas es actuar, y si algo tienen las acciones es consecuencias. El punto de partida es tan incontrovertible, que las discusiones se han situado en el alcance y la legitimidad de las exigencias de responsabilidad, pero no en el hecho de la responsabilidad como tal. Frente a ello, la ética empresarial parece responder inevitablemente un enfoque normativo-deductivo. De hecho, se habla sintomáticamente de éticas "aplicadas", cuyo supuesto parece ser la preexistencia de un discurso axiológico normativo previo a la realidad a la que quiere aplicarse, y que debería someterse a él. Algo que, fin de cuentas, hace aparecer a la ética como algo ajeno y añadido a la dinámica empresarial. Sin embargo, quizás ya ha llegado la hora de preguntarse qué hemos perdido con la práctica desaparición de cualquier referencia a la ética empresarial y su sustitución por términos como RSE, empresa y sociedad, valores o liderazgo. Porque me temo que en este hecho se juegan cuestiones mucho más sustantivas de lo que estamos dispuestos a reconocer.

Por otra parte hay que aceptar también que la RSE ha lidiado mal con la cuestión de los valores, y siempre ha parecido partir del supuesto de que la responsabilidad (stakeholders mediante) era algo evidente por sí misma, sin atendar excesivamente a los marcos axiológicos, a los condicionantes sociológicos ya los propósitos y motivaciones que son los que permiten, al fin y al cabo, calificar a una actuación como un ejercicio de (i)responsabilidad. Y, además, la RSE ha estado sometida a un conflicto interminable de interpretaciones. Entre otras razones porque arrastra una imprecisión terminológica, debida a la diversidad de usos que la palabra "social" permite cubrir. Lo que ha conllevado que bajo la etiqueta RSE se hayan propuesto sin ningún rubor discursos y prácticas contradictorios entre sí. Y tarde o temprano se pondrá de manifiesto que la diversidad de aproximaciones requiere la construcción de un marco de referencia que permita, si no dirimir, al menos razonar sobre ellas. Entre otras razones porque la RSE no es un discurso autosuficiente, que se pueda sostener sobre sí mismo. La RSE tiene como marca de fábrica un déficit de clarificación axiológica, y una de sus mayores aportaciones (poner el foco en la organización considerada en sí misma, y no de manera subordinada a un discurso ideológico o a la moral personal) algún día debará conectarse con una de sus mayores limitaciones (la ausencia de un modelo antropológico y de un modelo de sociedad sobre los que apoyarse y articularse).

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Con la muerte de V. Havel todos nos hemos quedado más solos, y el mundo se ha convertido en un lugar un poco más inhòspito. Hace más frío, y tenemos que volver a buscar calor en el único refugio que nos humaniza: la palabra.

Havel fue un hombre de palabra, en todos los sentidos de la expresión. En una época y unos tiempos en los que la palabra no era retórica vacía, palabrería hueca para ir pasando el rato. Una época y unos tiempos donde se podía razonar y hablar porque todavía no habíamos sido encarcelados por corsés como los 140 caracteres o los cortes de 20 segundos.

Nos ha tocado vivir tiempos acelerados. Y la aceleración vital es la comadrona del olvido. Todo va demasiado deprisa, y hemos aprendido a vivir en una atención distraída, arrastrada por el nerviosismo de tener que estar al tanto de mil cosas a la vez, y de ninguna en concreto. El futuro parece que se juegue siempre en las próximas 24 horas, y más allá todo es un agujero negro, ignoto. Y, lentamente, nos vamos conformando con lo que nos ha tocado vivir, resignados bajo la estúpida creencia de que es mejor no hablar demasiado, porque todo podría ser peor. Vivimos entretenidos, y por eso mismo desarraigados, hojeando tal vez algún libro de autoayuda, palabra glacial que no refleja otra cosa que la constatación de que nos adentramos en unos tiempos donde nadie puede esperar más ayuda que la que se puede proporcionar a sí mismo. La autoayuda, al fin y al cabo, no es más que el certificado de defunción de la palabra.

Havel fue un hombre de palabra. Pura redundancia, por cierto, porque los humanos sólo lo somos en la medida en que nos convertimos en seres de palabra. Por eso, como inútil búsqueda de consuelo ante su muerte y como homenaje a su vida podemos recuperar, por ejemplo, su discurso de Año Nuevo de 1990, poco después de ser elegido presidente de su país. Allí nos dijo a todos -y no...
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Recientemente he insistido aquí mismo en mi desafección ante cualquier conflicto de definiciones en lo que atañe a la RSE… lo que no empece, como también dije, que tenga mis propias preferencias. Por ejemplo: siempre he dicho que prefiero RSE (de empresa) a RSC (de corporación o corporation). E incluso que preferiría RSO (de organización). Normalmente mis propuestas tienen un éxito perfectamente descriptible, y así RSC ha acabado siendo, en la práctica, la más usada. Pero como sostengo que aquí no se trata de definiciones, sino de disponer de marcos de referencia que permitan indagar, explorar y construir itinerarios, voy a entrar en el juego, y a plantear que la RSC es poliédrica, y nos invita a orientarnos en función de diversos vectores. Esto es lo que nos puede permitir, en último término, integrarlos en un proyecto organizativo. Así pues, propongo que se trata de ir avanzando, en una especie de proceso helicoidal, de la RSC, a la RSC, a la RSC, a la RSC…

RSC…orporativa. El debate y los planteamientos a los que nos referimos no se limitan a prácticas empresariales, sino a modelos y proyectos empresariales. Por eso a veces la agenda de la RSE nos impide avanzar en el la construcción de la RSE: porque pone el acento en si haces esto o aquello, en si es preferible hacer esta actividad o aquella otra… y al final sumamos esfuezos y acabamos olvidando qué pretendemos con ellos. La cuestión central, pues, es el proyecto de empresa en y por el que trabajamos, su contribución a las personas y a la sociedad. No estoy mejor en RSE por el mero hecho de que haga o no haga esto o aquello (lo que sea: memorias, productos o servicios verdes o sociales, acción social, conciliación…) sino en función del tipo de empresa en el que me estoy convirtiendo a través de todo lo que hago. A veces digo que el principal instrumento para transmitir valores es el presupuesto, porque al final...
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Nunca me ha gustado mucho entrar en el debate sobre las definiciones de la RSE. No porque no las encuentre útiles y necesarias, sino porque no me queda claro para qué las queremos cuando discutimos sobre ellas. Pero, sobre todo, porque nunca hemos abordado con suficiente claridad una de las dimensiones de los debates sobre las definiciones. Los debates sobre definiciones son muchas cosas, pero también son luchas por el poder. ¿En qué sentido? Pues porque todo esfuerzo por establecer lo que las cosas "son" conlleva, en este tipo de temáticas, la voluntad de afirmar -al mismo tiempo- como "deben ser". La definición de la RSE nunca es un asunto académico, sino un asunto eminentemente práctico y, en un sentido amplio de la expresión, político.

Ninguna definición de la RSE es inocua. Porque quien establece una definición, en el mismo instante conquista el poder de decir -habitualmente a los demás, por cierto- cómo actuar. Y establecer una definición otorga al mismo tiempo el poder de juzgar sobre si la acción -habitualmente la de los demás- se ajusta o no la definición. Por eso es comprensible que haya tanto debate en torno a establecer qué es la RSE, porque no es tanto una cuestión de palabras, sino de qué se quiere hacer con las palabras. No nos debe extrañar, pues, que haya conflictos, tensiones y desacuerdos en torno a las concepciones, puesto que en este terreno un conflicto conceptual es también un conflicto de intereses. En este sentido, aunque obviamente yo también estoy interesado en disponer de una comprensión de la RSE, nunca me ha preocupado excesivamente la batalla por las definiciones y las terminologías (que se pueden multiplicar hasta el infinito): porque lo que me preocupan son las interpretaciones. El significado de la RSE no se juega en las definiciones sino en las interpretaciones. De la misma manera que el significado de un valor no se encuentra...
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Hoy en día, si algo nos repetimos los unos a los otros es que tenemos problemas. Muchos. Problemas de todo tipo. Personales, por supuesto. Pero también organizativos, políticos, sociales. ¿Y qué problema tenemos con los problemas? Pues que ante los problemas de todo tipo que se nos van multiplicando vertiginosamente lo que queremos es... solucionarlos.

Y qué hemos de querer, si no, me diréis. Vísteme despacio que tengo prisa, porque la cuestión conecta directamente con uno de los sutiles aprendizajes que arrastramos profundamente (y, a menudo, inconscientemente) arraigados desde nuestros tiempos escolares. Que cuál es ese aprendizaje? Pues la creencia de que ante un problema de lo que se trata es de darle solución. ¿Cómo obteníamos buenas notas en la escuela y felicitaciones en casa? Pues cuando resolvíamos un problema o cuando, utilizando un lenguaje de ningún modo inocente, "encontrábamos" la solución o, incluso, la "adivinábamos".

¿Cuáles son los supuestos de este planteamiento? ¿Cuáles son las creencias y los patrones mentales que refuerza? En primer lugar, que la definición del problema no depende de nosotros, sino que nos viene dada. En segundo lugar, que el problema tiene una solución, y, sobre todo, que esta solución ya la sabe o puede saber alguien con autoridad y/o conocimientos suficientes sobre la materia. En tercer lugar, que los problemas pueden ser sencillos o complejos, fáciles o difíciles, pero que lo relevante para poder resolverlos es disponer previamente de todos los datos necesarios. Y, en cuarto lugar, que encontrar la solución es acabar con el problema.

¿Qué es lo que nos pasa hoy? Que los problemas organizativos, políticos y sociales que abordamos no se pueden afrontar desde estos supuestos. Vayamos por partes.

Hoy...
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Arrastramos horas y horas discutiendo por activa y por pasiva sobre la importancia y la necesidad de la responsabilidad. Con resultados a menudo perfectamente descriptibles, por cierto. Y quizás ha llegado el momento de insistir en que para ser responsable no basta con la responsabilidad.

Entendámonos bien. Hablar de responsabilidades -e incluso empezar hablando de responsabilidades- es sano, y a menudo tiene un efecto depurativo. Llevamos tanto tiempo hablando de valores, de su crisis, de sus subidas y bajadas, que poner a la responsabilidad en el centro de los debates y las preocupaciones nos ayuda a focalizarnos. Nos hace hablar de la acción, de lo que alguien hace, de su actividad. Y, sobre todo, de las consecuencias -presentes o ausentes- de esta acción. El acento en la responsabilidad es el triunfo póstumo de Goethe: en el principio era la acción. Hablamos de la acción, y no de los principios generales con los que es casi imposible no estar de acuerdo porque, en definitiva, incluso cuando se trata de principios lo que realmente importa son los finales: a dónde se va a parar en nombre de los principios más excelsos.

La responsabilidad, por otra parte, es más fácil: habla de hechos, porque las consecuencias son el paraíso de los hechos. ¿Fácil, digo? Vayamos por partes. Todos estamos entrenados desde pequeños a manejarnos con un consecuencialismo de patio de colegio, el que funciona según el esquema causa-efecto: señorita, este niño me ha pegado...; o... no se irá nadie de clase hasta que se sepa quién ha sido. Y como nos hemos acostumbrado a la desdichada vinculación entre responsabilidad y culpabilidad (¡como si fueran sinónimos!), hemos asumido que la aclaración de responsabilidades correlaciona directamente con el binomio premio-castigo. Una gran parte del debate de la RSE, por ejemplo, no deja de ser un debate de patio de colegio: puede haber millones...
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