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Novedad editorial: El poliedro del liderazgo
 
 



Àngel Castiñeira; Josep M. Lozano

 

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Josep M. Lozano

josepm.lozano@esade.edu
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Ext. 2270

Fax: +34 932 048 105
Av.Pedralbes, 60-62
E-08034 Barcelona


Twitter - Josep M. Lozano

 

Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
Autor: Josep M. Lozano Creado: 16/10/2008 11:45
Persona, Empresa y Sociedad - el blog de Josep Maria Lozano

Si algo caracteriza el camino que se ha seguido en los últimos años es que cuanto más se ha ido hablando de RSE menos se ha hablado de ética empresarial. Desde finales del siglo pasado al crecimiento de la RSE le ha correspondido un declive de la ética empresarial.

Hay que reconocer que el enfoque RSE resulta mucho más cercano a la lógica managerial, y probablemente es lo que está en el origen de su éxito. Su punto de partida parece a primera vista mucho más concreto y objetivable, Tanto de cara a la gestión empresarial como de cara a debatir casos en el aula. Se trata, en definitiva, de atender al impacto y/o a las consecuencias sociales y ambientales de las actuaciones empresariales. Una pregunta de la que ninguna empresa se puede escapar, puesto que si algo hacen las empresas es actuar, y si algo tienen las acciones es consecuencias. El punto de partida es tan incontrovertible, que las discusiones se han situado en el alcance y la legitimidad de las exigencias de responsabilidad, pero no en el hecho de la responsabilidad como tal. Frente a ello, la ética empresarial parece responder inevitablemente un enfoque normativo-deductivo. De hecho, se habla sintomáticamente de éticas "aplicadas", cuyo supuesto parece ser la preexistencia de un discurso axiológico normativo previo a la realidad a la que quiere aplicarse, y que debería someterse a él. Algo que, fin de cuentas, hace aparecer a la ética como algo ajeno y añadido a la dinámica empresarial. Sin embargo, quizás ya ha llegado la hora de preguntarse qué hemos perdido con la práctica desaparición de cualquier referencia a la ética empresarial y su sustitución por términos como RSE, empresa y sociedad, valores o liderazgo. Porque me temo que en este hecho se juegan cuestiones mucho más sustantivas de lo que estamos dispuestos a reconocer.

Por otra parte hay que aceptar también que la RSE ha lidiado mal con la cuestión de los valores, y siempre ha parecido partir del supuesto de que la responsabilidad (stakeholders mediante) era algo evidente por sí misma, sin atendar excesivamente a los marcos axiológicos, a los condicionantes sociológicos ya los propósitos y motivaciones que son los que permiten, al fin y al cabo, calificar a una actuación como un ejercicio de (i)responsabilidad. Y, además, la RSE ha estado sometida a un conflicto interminable de interpretaciones. Entre otras razones porque arrastra una imprecisión terminológica, debida a la diversidad de usos que la palabra "social" permite cubrir. Lo que ha conllevado que bajo la etiqueta RSE se hayan propuesto sin ningún rubor discursos y prácticas contradictorios entre sí. Y tarde o temprano se pondrá de manifiesto que la diversidad de aproximaciones requiere la construcción de un marco de referencia que permita, si no dirimir, al menos razonar sobre ellas. Entre otras razones porque la RSE no es un discurso autosuficiente, que se pueda sostener sobre sí mismo. La RSE tiene como marca de fábrica un déficit de clarificación axiológica, y una de sus mayores aportaciones (poner el foco en la organización considerada en sí misma, y no de manera subordinada a un discurso ideológico o a la moral personal) algún día debará conectarse con una de sus mayores limitaciones (la ausencia de un modelo antropológico y de un modelo de sociedad sobre los que apoyarse y articularse).

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Con la muerte de V. Havel todos nos hemos quedado más solos, y el mundo se ha convertido en un lugar un poco más inhòspito. Hace más frío, y tenemos que volver a buscar calor en el único refugio que nos humaniza: la palabra.

Havel fue un hombre de palabra, en todos los sentidos de la expresión. En una época y unos tiempos en los que la palabra no era retórica vacía, palabrería hueca para ir pasando el rato. Una época y unos tiempos donde se podía razonar y hablar porque todavía no habíamos sido encarcelados por corsés como los 140 caracteres o los cortes de 20 segundos.

Nos ha tocado vivir tiempos acelerados. Y la aceleración vital es la comadrona del olvido. Todo va demasiado deprisa, y hemos aprendido a vivir en una atención distraída, arrastrada por el nerviosismo de tener que estar al tanto de mil cosas a la vez, y de ninguna en concreto. El futuro parece que se juegue siempre en las próximas 24 horas, y más allá todo es un agujero negro, ignoto. Y, lentamente, nos vamos conformando con lo que nos ha tocado vivir, resignados bajo la estúpida creencia de que es mejor no hablar demasiado, porque todo podría ser peor. Vivimos entretenidos, y por eso mismo desarraigados, hojeando tal vez algún libro de autoayuda, palabra glacial que no refleja otra cosa que la constatación de que nos adentramos en unos tiempos donde nadie puede esperar más ayuda que la que se puede proporcionar a sí mismo. La autoayuda, al fin y al cabo, no es más que el certificado de defunción de la palabra.

Havel fue un hombre de palabra. Pura redundancia, por cierto, porque los humanos sólo lo somos en la medida en que nos convertimos en seres de palabra. Por eso, como inútil búsqueda de consuelo ante su muerte y como homenaje a su vida podemos recuperar, por ejemplo, su discurso de Año Nuevo de 1990, poco después de ser elegido presidente de su país. Allí nos dijo a todos -y no...
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Recientemente he insistido aquí mismo en mi desafección ante cualquier conflicto de definiciones en lo que atañe a la RSE… lo que no empece, como también dije, que tenga mis propias preferencias. Por ejemplo: siempre he dicho que prefiero RSE (de empresa) a RSC (de corporación o corporation). E incluso que preferiría RSO (de organización). Normalmente mis propuestas tienen un éxito perfectamente descriptible, y así RSC ha acabado siendo, en la práctica, la más usada. Pero como sostengo que aquí no se trata de definiciones, sino de disponer de marcos de referencia que permitan indagar, explorar y construir itinerarios, voy a entrar en el juego, y a plantear que la RSC es poliédrica, y nos invita a orientarnos en función de diversos vectores. Esto es lo que nos puede permitir, en último término, integrarlos en un proyecto organizativo. Así pues, propongo que se trata de ir avanzando, en una especie de proceso helicoidal, de la RSC, a la RSC, a la RSC, a la RSC…

RSC…orporativa. El debate y los planteamientos a los que nos referimos no se limitan a prácticas empresariales, sino a modelos y proyectos empresariales. Por eso a veces la agenda de la RSE nos impide avanzar en el la construcción de la RSE: porque pone el acento en si haces esto o aquello, en si es preferible hacer esta actividad o aquella otra… y al final sumamos esfuezos y acabamos olvidando qué pretendemos con ellos. La cuestión central, pues, es el proyecto de empresa en y por el que trabajamos, su contribución a las personas y a la sociedad. No estoy mejor en RSE por el mero hecho de que haga o no haga esto o aquello (lo que sea: memorias, productos o servicios verdes o sociales, acción social, conciliación…) sino en función del tipo de empresa en el que me estoy convirtiendo a través de todo lo que hago. A veces digo que el principal instrumento para transmitir valores es el presupuesto, porque al final...
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Nunca me ha gustado mucho entrar en el debate sobre las definiciones de la RSE. No porque no las encuentre útiles y necesarias, sino porque no me queda claro para qué las queremos cuando discutimos sobre ellas. Pero, sobre todo, porque nunca hemos abordado con suficiente claridad una de las dimensiones de los debates sobre las definiciones. Los debates sobre definiciones son muchas cosas, pero también son luchas por el poder. ¿En qué sentido? Pues porque todo esfuerzo por establecer lo que las cosas "son" conlleva, en este tipo de temáticas, la voluntad de afirmar -al mismo tiempo- como "deben ser". La definición de la RSE nunca es un asunto académico, sino un asunto eminentemente práctico y, en un sentido amplio de la expresión, político.

Ninguna definición de la RSE es inocua. Porque quien establece una definición, en el mismo instante conquista el poder de decir -habitualmente a los demás, por cierto- cómo actuar. Y establecer una definición otorga al mismo tiempo el poder de juzgar sobre si la acción -habitualmente la de los demás- se ajusta o no la definición. Por eso es comprensible que haya tanto debate en torno a establecer qué es la RSE, porque no es tanto una cuestión de palabras, sino de qué se quiere hacer con las palabras. No nos debe extrañar, pues, que haya conflictos, tensiones y desacuerdos en torno a las concepciones, puesto que en este terreno un conflicto conceptual es también un conflicto de intereses. En este sentido, aunque obviamente yo también estoy interesado en disponer de una comprensión de la RSE, nunca me ha preocupado excesivamente la batalla por las definiciones y las terminologías (que se pueden multiplicar hasta el infinito): porque lo que me preocupan son las interpretaciones. El significado de la RSE no se juega en las definiciones sino en las interpretaciones. De la misma manera que el significado de un valor no se encuentra...
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Hoy en día, si algo nos repetimos los unos a los otros es que tenemos problemas. Muchos. Problemas de todo tipo. Personales, por supuesto. Pero también organizativos, políticos, sociales. ¿Y qué problema tenemos con los problemas? Pues que ante los problemas de todo tipo que se nos van multiplicando vertiginosamente lo que queremos es... solucionarlos.

Y qué hemos de querer, si no, me diréis. Vísteme despacio que tengo prisa, porque la cuestión conecta directamente con uno de los sutiles aprendizajes que arrastramos profundamente (y, a menudo, inconscientemente) arraigados desde nuestros tiempos escolares. Que cuál es ese aprendizaje? Pues la creencia de que ante un problema de lo que se trata es de darle solución. ¿Cómo obteníamos buenas notas en la escuela y felicitaciones en casa? Pues cuando resolvíamos un problema o cuando, utilizando un lenguaje de ningún modo inocente, "encontrábamos" la solución o, incluso, la "adivinábamos".

¿Cuáles son los supuestos de este planteamiento? ¿Cuáles son las creencias y los patrones mentales que refuerza? En primer lugar, que la definición del problema no depende de nosotros, sino que nos viene dada. En segundo lugar, que el problema tiene una solución, y, sobre todo, que esta solución ya la sabe o puede saber alguien con autoridad y/o conocimientos suficientes sobre la materia. En tercer lugar, que los problemas pueden ser sencillos o complejos, fáciles o difíciles, pero que lo relevante para poder resolverlos es disponer previamente de todos los datos necesarios. Y, en cuarto lugar, que encontrar la solución es acabar con el problema.

¿Qué es lo que nos pasa hoy? Que los problemas organizativos, políticos y sociales que abordamos no se pueden afrontar desde estos supuestos. Vayamos por partes.

Hoy...
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Arrastramos horas y horas discutiendo por activa y por pasiva sobre la importancia y la necesidad de la responsabilidad. Con resultados a menudo perfectamente descriptibles, por cierto. Y quizás ha llegado el momento de insistir en que para ser responsable no basta con la responsabilidad.

Entendámonos bien. Hablar de responsabilidades -e incluso empezar hablando de responsabilidades- es sano, y a menudo tiene un efecto depurativo. Llevamos tanto tiempo hablando de valores, de su crisis, de sus subidas y bajadas, que poner a la responsabilidad en el centro de los debates y las preocupaciones nos ayuda a focalizarnos. Nos hace hablar de la acción, de lo que alguien hace, de su actividad. Y, sobre todo, de las consecuencias -presentes o ausentes- de esta acción. El acento en la responsabilidad es el triunfo póstumo de Goethe: en el principio era la acción. Hablamos de la acción, y no de los principios generales con los que es casi imposible no estar de acuerdo porque, en definitiva, incluso cuando se trata de principios lo que realmente importa son los finales: a dónde se va a parar en nombre de los principios más excelsos.

La responsabilidad, por otra parte, es más fácil: habla de hechos, porque las consecuencias son el paraíso de los hechos. ¿Fácil, digo? Vayamos por partes. Todos estamos entrenados desde pequeños a manejarnos con un consecuencialismo de patio de colegio, el que funciona según el esquema causa-efecto: señorita, este niño me ha pegado...; o... no se irá nadie de clase hasta que se sepa quién ha sido. Y como nos hemos acostumbrado a la desdichada vinculación entre responsabilidad y culpabilidad (¡como si fueran sinónimos!), hemos asumido que la aclaración de responsabilidades correlaciona directamente con el binomio premio-castigo. Una gran parte del debate de la RSE, por ejemplo, no deja de ser un debate de patio de colegio: puede haber millones...
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[Nota previa para mis amigos y amigas de Latinoamérica: aunque este artículo ha sido publicado en el contexto de las próximas elecciones generales en España, al margen de algunas consideraciones coyunturales lo que se plantea creo que es perfectamente generalizable].

Antes y después del 20N tenemos diversos asuntos pendientes, y de gran calado, que deberemos ventilar públicamente, libres de lo políticamente correcto. Quisiéramos, por nuestra parte, señalar cuatro de ellos. Puede haber más, y pueden ser diferentes, pero desde nuestro punto de vista estos son necesarios.

1. Es necesario decir la verdad. Llevamos demasiado tiempo escondiéndola, conformándonos con medias verdades o instalados en la falsedad. La verdad sobre los recursos disponibles, sobre la situación de las empresas y las administraciones públicas, sobre las prácticas económicas, políticas y sociales que nos han llevado a la situación actual. Parece que los políticos solo saben moverse entre el nuevo conservadurismo que sólo entona la elegía reivindicativa por el Estado del Bienestar (y que confunde todas sus prestaciones actuales con derechos) y la severa adustez de quien aplica sacrificios sin más horizonte que la reiteración de su necesidad. ¿Qué pueden ofrecer hoy los políticos? Por de pronto, la verdad. Inteligible, creíble, y sin correr un tupido velo sobre algunos actores de la comedia convenientemente entrenados en el arte de escurrir el bulto. Si es amarga la verdad, qué le vamos a hacer. Pero no se trata de instalarnos en una gran depresión emocional. Sólo desde la verdad podremos dar nombre a nuestras posibilidades, a nuestras capacidades, a nuestro potencial: porque también forman parte de la verdad. Pero hay que dar, tanto a los sacrificios como a las potencialidades, un horizonte de transformación y cambio con sentido. No podemos seguir con el ímplícito de que se trata de volver...
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He tenido la oportunidad -invitado por Comfandi e Icesi- de participar en Cali en diversos encuentros enmarcados en el proyecto de Sistema de Responsabilidad Social del Valle del Cauca. Dicho sistema pretende movilizar y articular a las empresas del valle (sea cual sea su actividad y su tamaño) para facilitar el avance de cada una de ellas en la senda de la responsabilidad social y la sostenibilidad; para contribuir a mejorar las condiciones de desarrollo humano sostenible del valle; y para generar opinión y participar en las decisiones de lo público que afecten al desarrollo de la región.

El proyecto, impulsado por una energética mezcla de compromiso, voluntad e interés va avanzando a través de una dinámica de indagación y aprendizaje compartidos, en la que inevitablemente hay que manejar, simultáneamente, avances, innovaciones, tensiones y discrepancias. Estas dinámicas son tan estimulantes como complejas, y de lo único de lo que podemos estar seguros es de que no todos los involucrados avanzan en ella a la misma velocidad. Respetar la diversidad de ritmos sin amenazar el dinamismo del proyecto exige una finura de gestión y un liderazgo distribuido no fáciles de conseguir pero que son un ingrediente fundamental para el éxito de un proyecto de este calibre.

La experiencia del Valle del Cauca nos muestra y confirma de manera fehaciente algo que, en mi opinión, marcará decisivamente el futuro del desarrollo de la RSE: la construcción alianzas. En más de una ocasión he sostenido que fue una ilusión la creencia de que el movimiento de la RSE, tras el impulso inicial al que se incorporaron muchas empresas –algunas de ellas muy relevantes-, desembocaría en un crecimiento sostenido e imparable. Esto no es así, no podía ser así, y sería un error de bulto atribuirlo a la crisis. La RSE no puede seguir creciendo a base de que las empresas se sumen a ella una a una. La siguiente fase del desarrollo de la RSE se basará –se está basando- en alianzas. Alianzas de todo tipo: no hay un único modelo, por supuesto. Pero es en el marco de las alianzas donde de pueden generar los incentivos, los estímulos, las motivaciones y, sobre todo, los aprendizajes compartidos que permitan a las empresas de todo tipo comprender e interiorizar que es posible una competitividad responsable y sostenible. Se ha hablado mucho –y con razón- de que las nuevas realidades sociales que están emergiendo y los retos que debemos afrontar requerirán acabar con divisiones estereotipadas y avanzar hacia nuevas formas de relaciones, convirtiendo lo que hasta hoy eran fronteras en membranas porosas. De ahí, por ejemplo, el énfasis creciente en la importancia de los partenariados público-privados. Partenariados que no nos deben hacer olvidar la importancia decisiva, especialmente en determinados contextos, que puede tener las alianzas privadas-privadas.

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Si de algo estamos seguros es que la situación económica, política y social que estamos viviendo requiere cambios que no sean sólo de carácter incremental. No basta con hacer más y mejor lo que ya hacíamos siempre. Ni basta con cumplir con el mantra de que hay que hacer más con menos. Los retos que tenemos por delante no se resuelven sólo con tecnologías. Ni se resuelven con el refinamiento de los planteamientos políticos que intentan nuevas vías para representar y negociar intereses. Aclarémonos: decir que no basta no quiere decir que no haga falta. Hace falta hacer más y mejor; hace falta hacer más con menos; hace falta innovación tecnológica; hacen falta mejores política, gobernanza y gestión. Lo damos por asumido.

Pero nos hace falta también desarrollar nuevas capacidades de transformación. Y es en este sentido que afirmamos que necesitamos colaboratorios. Necesitamos crearlos, poner las condiciones para que se creen, darles visibilidad y reforzar sus innovaciones.

Un laboratorio es un espacio delimitado donde, bajo condiciones muy específicas que no se pueden encontrar fuera del laboratorio, se tantean nuevas tecnologías, procedimientos, instrumentos o productos. El ensayo y error está admitido y, en la medida de lo posible, la práctica que se lleva a cabo está bajo control y se le suponen unas ciertas medidas de seguridad. En cualquier caso, los laboratorios se definen por su especialización, y por reunir especialistas que trabajan e investigan en torno a proyectos bien específicos que generan innovación.

Hoy ya no basta con contribuir individualmente, es necesario colaborar, tanto dentro como fuera de los laboratorios: lo vemos constantemente por todas partes. Se colabora cuando personas o instituciones diferentes trabajan conjuntamente con un objetivo común, que cada una quiere alcanzar pero que saben que, por las causas que sean, no pueden...
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Si hay algo que nos resulta sorprendente es oír afirmar tantas veces, tanto en público como en privado, a personas con grandes conocimientos y altas responsabilidades que la situación es muy difícil, compleja y mala; que en los últimos dos o tres años hemos bordeado el abismo varias veces, que lo seguimos bordeando; que se deben tomar decisiones muy difíciles y que no está claro que se estén haciendo los deberes necesarios para tomarlas de manera conveniente. Pero... pero que de ésta saldremos... entre otras razones de peso porque siempre hemos salido adelante.

Esta pirueta final, después de haber descrito una secuencia pasada y/o previsible cada vez más amenazadora resulta sorprendente, especialmente a los que no tenemos ni una perspectiva bastante elevada ni pertenecemos a redes selectas, y nos limitamos a leer y a escuchar con un mínimo de atención. Quizá nos faltan datos, perspectivas y capacidad. Pero hemos ido bastante al circo como para no entender demasiado cómo, una vez nos han dicho que estamos casi sin red, debamos asistir ahora a la pirueta sin sufrir o preocuparnos porque seguro que no nos haremos daño.

Tanto oír hablar de que vivimos al borde del abismo nos ha hecho recordar aquella clásica secuencia de Rebelde sin causa donde los coches corren a toda velocidad hacia el abismo, sabiendo que lo hacen, pero con la confianza de que nadie es tan tonto como para matarse de esta manera y, por consiguiente, saltará del coche a tiempo. Claro que esta confianza se apoya en dos supuestos que se deben demostrar: que la capacidad de los humanos de hacer el imbécil tiene límites auto-regulables; y que llegados a una situación extrema de verdad no habrá imponderables que nos impidan saltar del coche. No hace falta recordar cómo termina la secuencia de la película mencionada.

Esta situación tiene dos aspectos de gran importancia, que no son los que ahora queremos plantear, aunque no queremos descuidarlos. En primer lugar, la irresponsabilidad que puede suponer -especialmente cuando se ocupa un lugar relevante en el espacio público político, económico o social- pintar sólo escenarios negros y depresivos, sin proponer un horizonte creíble y fundamentado que movilice las energías positivas imprescindibles para salir adelante. En segundo lugar, los apologetas del optimismo apoyado en la supuesta evidencia empírica de que siempre salimos adelante no suelen prestar atención al precio en vidas humanas que se paga por ello. Puede que al final el sistema se rehaga, pero no debería hacerlo con la impune inconsciència de que -en palabras de Bauman- los desechos humanos que genera no son más que una especie de daños colaterales irremediables.

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