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Josep M. Lozano

josepm.lozano@esade.edu
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Ext. 2270

Fax: +34 932 048 105
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E-08034 Barcelona


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Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
Author: Josep M. Lozano Created: 16/10/2008 11:45
Persona, Empresa y Sociedad - el blog de Josep Maria Lozano

En Amazon UK, en el 2003, cuando ponías leadership ofrecían 14.139 libros; en 2009, 53.121; y hace dos minutos (justo antes de ponerme a escribir), 165.569. Si hubiera sabido de Amazon, no sé que diría hoy aquel profesor de Filosofía que a menudo me repetía "son todos a escribir contra yo solo a leer". Claro que me lo decía para liberarme de mi desazón de querer leer demasiado y para ayudarme a protegerme de la obsesión de "estar al día". No sé si lo consiguió, pero navegando por Amazon es mejor recordar a menudo este comentario.

¿Estamos digiriendo bien los últimos años la obsesión por el liderazgo? No estoy seguro, la verdad. Entre otras cosas porque es un término proteico, que sirve no sólo para cubrir varias preguntas y respuestas, sino para proyectar todo tipo de preocupaciones e inquietudes en demanda de soluciones. A mi modo de entender, la apoteosis contemporánea del liderazgo como necesidad social y objeto de estudio académico se correponde a la perfección con una época como la nuestra, donde el predominio de todo tipo de incertidumbres encaja bien con el mito arcaico del líder que nos vendrá a traer la solución. Hay aproximaciones al liderazgo que dicen más de quien se aproxima que del liderazgo en sí mismo.

Con Àngel Castiñeira y Raimon Ribera hace tiempo que insistimos en que no hay que confundir liderazgo (como proceso dinámico complejo) con líder (y menos con su versión anacrónica del héroe salvador y solucionador). Por eso, cada vez más, cuando oímos a alguien hablar de liderazgo, debemos preguntarnos: ¿de qué hablamos cuando hablamos de liderazgo? Porque su tratamiento suele ser una intersección de muchas y diversas temáticas y cuestiones.

Esto es lo que ocurre en la -por otra parte sugestiva- propuesta de Joseph Raelin en Creating Leaderful Organizations, uno de los 165.569 libros a los que me refería antes. Una...

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Decía Nietzsche, y le gustaba recordarlo a Viktor Frankl, que quien tiene un por qué puede soportar cualquier cómo. Podríamos remedarlo, y decir que sin aclarar el por qué (y el para qué), nos perderemos en cualquier discusión sobre el qué y el cómo... y esto vale también en lo que atañe a la RSE. El gran debate obviado en la RSE es el debate del por qué y para qué, el debate del propósito. Pero cuidado, no el para qué de la RSE, como tan a menudo parece, sino el para qué de la empresa. Y es un debate obviado porque no es explícito, no es directo, no es operativo. Es un debate sobre supuestos, sobre marcos de referencia, sobre opciones fundamentales. Y en este no se ha querido entrar, me parece, por dos razones: porque hay que quererlo expresamente, y pide tiempo, reflexión y diálogo; pero, sobre todo, porque es donde se juegan las diferencias de verdad y las verdaderas confrontaciones.

El debate no es sobre la RSE, es sobre el propósito de la empresa. Se puede decir que debatir sobre la RSE lo facilita, que incluso genera cambios, o que lo pone aún más de manifiesto. De acuerdo. Pero llega un punto en que, o damos un paso adelante, o ya no dejaremos de dar vueltas a la noria... como los burros, efectivamente.

Ya sé que las simplificaciones son fácilmente criticables y que no son más que eso, simplificaciones. Pero a veces, si somos conscientes de sus limitaciones, hacen falta y son útiles. Y me parece que todo se juega en dos para qué de las empresas: uno de ellos, en resumidas cuentas, al final va a parar a una sola pregunta: ¿qué es lo que puedo obtener? (o, ¿qué gano?), el otro va parar a otra pregunta: ¿qué contribución hago?

Cada uno de estos dos para qués de las empresas acoge una gran diversidad de realizaciones, e incluso estoy dispuesto a aceptar que estos dos grandes conjuntos tienen espacios de intersección. Pero al final, en su...

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La biografía de Allen White hasta la fecha es, como ocurre tan a menudo, más que una historia personal. Se puede afirmar sin mucho margen de error que representa y condensa el hilo conductor básico de la RSE en los últimos 30 años. Sólo a modo de ejemplo, baste con recordar que fue co-fundador y director del GRI. Actualmente, desde la vicepresidencia del Tellus Institute impulsa el proyecto Corporation 20/20, activamente vinculado e involucrado en la Great Transition Initiative.

Como todas estas propuestas son totalmente accesibles, sería redundante que yo las presentara aquí pero, sin embargo, no dejo de recomendarlas fervientemente. Porque ahora, sobre todo, lo que me interesa es subrayar que su trayectoria comprometida y emprendedora es, si se me permite decirlo así, una metáfora de lo que deberíamos entender hoy como el principal reto de la RSE: ir más allá de la RSE.

La RSE hoy corre el riesgo de quedar atrapada en su agenda, en la multitud de temas que cubre. Vayamos por partes, esto no es malo ni despreciable, al contrario. Buena parte de su impacto en la gestión empresarial pasa por desarrollar y seguir desarrollando herramientas prácticas para afinar en el tratamiento de todos estos temas. Desde la rendición de cuentas a la acción social; desde el voluntariado corporativo hasta la conciliación; desde la gestión ambiental hasta los requerimientos a proveedores; desde las políticas de derechos humanos hasta las políticas de incentivos y los criterios de las carreras profesionales; desde... dejémoslo aquí. Porque al final lo que va resultando cada vez más evidente es que se pueden hacer cambios -y cambios significativos- en muchos de estos ámbitos sin modificar ni un milímetro la mentalidad empresarial, la visión de la empresa y el marco de referencia desde el que se establecen sus prioridades. Dicho de otro modo, es posible una...

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He retrasado bastante tiempo este comentario, en primer lugar, porque quería tener una cierta perspectiva y, en segundo lugar, porque no lo quería mezclar con eventuales debates coyunturales. El origen de lo que planteo se encuentra en un documento que desde el grupo Cristianos Socialistas del PSOE se publicó a raíz del debate sobre la ley del aborto y en un momento en el que la derecha católica (... ¿católica?) se movilizaba contra dicha ley y actuaba como punta de lanza de la derecha pura y simple. Quede claro de entrada que considero este documento un muy buen documento, y que no tendría ningún inconveniente en suscribirlo. No es este el motivo de mi comentario, pues.

La pregunta es otra: ¿cuál es la razón de ser y el impacto de este tipo de documentos? No hay duda de que la respuesta políticamente correcta es la de preservar el pluralismo y evitar el monopolio de los símbolos religiosos cristianos. Pero podríamos reformular la pregunta anterior en otros términos: ¿a quién le importa o le interesa lo que puedan decir? Y, además, ¿quién o qué avanza a base de documentos y notas de prensa? En nuestro contexto la Iglesia -y quizá el cristianismo- han sufrido en muy pocos años dos desplazamientos muy importantes, pero diferentes, que no hay que confundir. En primer lugar, del centro a la periferia social; del centro a la periferia en la ordenación y la transmisión de valores. En segundo lugar, de la exclusividad en la oferta religiosa y de sentido a una situación de (¿libre?) competencia. Y mi opinión es que el segundo desplazamiento es vivido en el fondo como mucho más amenazante y desestabilizador que el primero... simplemente porque, desde sus parámetros de partida, efectivamente, lo es. Pero, en cambio, el debate público aún se plantea por parte de todos como si nos encontráramos en el primer registro (sobre si la Iglesia quiere volver al centro o no ... si es que todavía hay centro al que volver, por cierto). Paradójicamente la Iglesia, en todas sus variantes, prefiere mantener ficticiamente el debate en este último planteamiento porque eso, al menos, parece que todavía no cuestiona la pretensión de exclusividad o, al menos, legitima una pretensión de preeminencia por encima de la competencia. Por eso la derecha católica (... ¿católica?) sobreactúa, y quiere compensar con ruido mediático y epidérmicas movilizaciones masivas la pérdida de influencia social, es decir, los dos desplazamientos mencionados arriba ... especialmente el segundo.

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A cualquier persona más o menos vinculada al club de la RSE le resultan más o menos familiares organizaciones (y siglas) como por ejemplo GRI, Business in the Community, Global Compact, SAI, Caux Round Table, Domini Social Index, Business for Social Responsibility..., y muchos otros, claro está. Todos ellos son -a la vez- hitos y resultados de un proceso que en los últimos 30 años ha influido decisivamente en la agenda empresarial. Una influencia hecha a base de creatividad, compromiso, iniciativa e innovación social, y que se ha cobijado hasta hoy bajo la etiqueta de la RSE, aunque la desborda.

Este es un proceso en el que ya empieza a ser hora de hacer un cierto balance, y de levantar acta de su urdimbre. Conviene ya dirigir una cierta mirada hacia el itinerario seguido porque nos encontramos en una encrucijada en la que no podremos orientarnos bien sino incorporamos una perspectiva que nos permita separar el grano de la paja e identificar lo que pueden ser los puntos de apoyo para seguir avanzando. Esto es lo que ha hecho en el mundo anglosajón (por cierto: a ver cuando lo hacemos en nuestro país) Sandra Waddock, en su libro The Difference Makers, donde explora el camino que se ha seguido para ir construyendo el entramado de organizaciones, marcos institucionales y redes que configuran lo que ella denomina la infraestructura de la RSE.

Hasta aquí, puede pensar el lector, nada nuevo: interesante, pero convencional. Pero el trabajo de Sandra Waddock no lo es, de convencional. Porque ha hecho una aproximación a la cuestión que nos ocupa de la manera que, quizás, nos puede resultar más sugestiva a todos los lectores. Podríamos decir que su propuesta es pasar de los logos los rostros. Es decir: lo que nos interesa no es sólo saber y analizar cómo nació y creció la infraestructura de la RSE. Sino, sobre todo, qué movió e inspiró...

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He dudado bastante antes de poner este título. He pensado en otras formulaciones del tipo "nuevos retos", "la siguiente etapa", "hacia dónde va" o "qué hace falta que nos planteemos ahora". Todas estas formulaciones -no muy originales, la verdad sea dicha- señalan lo que quiero plantear, y sugieren la necesidad de abrir nuevos caminos. Pero al final me he decidido por el título que encabeza estas líneas porque lo que quiero subrayar aún es poco habitual -ciertamente- pero no es en sí mismo una novedad, sino todo lo contrario. Ha estado siempre presente, pero a menudo de manera tácita y, sobre todo, a pesar de esta presencia constante, casi nunca se ha planteado como algo que debe abordarse y trabajarse de manera explícita y deliberada. Veamos, pues.

Cuando se piensa el liderazgo se presta atención en los resultados: si no ocurre algo, si no se genera una acción transformadora, no hay liderazgo. Cuando nos confrontamos con el liderazgo, la pregunta que se nos plantea es qué haces emerger con tu acción, y no sólo que digamos lo que tiene que pasar o hacia dónde hay que ir: charlatanes de feria, ya tenemos de sobras. Resultados, pues. La otra gran cuestión que se aborda son los procesos; de todo tipo, personales, organizativos, sociales... pero procesos al fin y al cabo. La pregunta que se nos plantea es cómo haces emerger lo que haces emerger, qué dinámicas se generan. Sobre resultados y procesos se puede discutir todo lo que sea necesario y se les puede sofisticar tanto como se requiera pero, en resumidas cuentas, no dejan de ser resultados y procesos. Y hay una tercera dimensión, tan relevante, al menos, como las anteriores, oculta, mucho menos analizada y, por supuesto, trabajada. Es la pregunta por la fuente personal de la acción (que no se reduce al tópico de la motivación, sino que va mucho más allá). La pregunta es cuál es la fuente de tu acción y qué es lo...

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En varios momentos de la reciente campaña electoral catalana el candidato finalmente vencedor (Artur Mas) se refirió a la necesidad de formar gobierno con los mejores. Con ser muy importante conocer el nombre de los nuevos consellers (y no solo los de los consellers) hay algo aún más importante: situar a dicha denominación en el eje central de lo público. Gobierno de los mejores comporta al menos tres problemas prácticos: encontrarlos, convencerlos y ficharlos. Pero también comporta un problema previo, clave en el ejercicio de la política y motivo de enorme confusión: saber de qué hablamos cuando nos referimos a "los mejores". Este ha sido un tema de larga discusión en nuestra Cátedra de Liderazgos de ESADE con el profesor Manuel Zafra, estudioso del tema.

Un error que se comete a menudo (podríamos denominarlo el error platónico) es identificar a los mejores para la política con los poseedores del conocimiento teórico. Los griegos hacían la distinción entre doxa y episteme, es decir, entre simple opinión y conocimiento científico. Hoy la podríamos actualizar diferenciando entre opinadores o tertulianos y expertos. El error platónico consiste en creer que la buena política proviene del análisis del conocimiento experto.

El conocimiento experto es útil y necesario, incluso imprescindible en la política, pero sólo para aplicar las decisiones que previamente se han tomado o para incorporarlo al proceso de toma de decisiones, pero no para tomar las decisiones, que no pueden ser el simple resultado de una deducción a partir de los datos disponibles. La política como función y como actividad no puede ser identificada con el conocimiento experto ni tan siquiera estar sometida a él. Si fuera así hoy nos gobernarían, ya no los filósofos, pero sí ingenieros, catedráticos de derecho administrativo, economistas, etc. La política no aborda problemas técnicos (para eso cuenta con el rigor científico de los expertos) sino retos adaptativos que afectan a la sociedad, a su mejora y transformación y que exigen la toma de decisiones. En temas como la reforma de la Avinguda de la Diagonal o en la ejecución del Quart Cinturó sugerir consultas o crear una comisión de expertos es la manera más socorrida de escurrir el bulto y diferir la responsabilidad política de decidir.

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Alfred Vernis y María Iglesias acaban de publicar, en el marco del Instituto de Innovación Social, Empresas que inspiran futuro. Ocho casos de emprendedores sociales. Manuel Castells ha hecho con precisión la valoración del libro, lo que me exime de mayores insistencias en este punto: "se trata de un estudio ejemplar, tanto en su contenido y metodología como en los objetivos sociales e intelectuales que persigue". Manuel Castells, como en tantas cosas, tiene en este punto toda la razón.

Yo me permito, pues, moverme en otro registro. Yo creo que deberíamos tomarnos este libro no solo como un toque de atención, sino como una llamada que debería convocar a mucha gente: se trata de estar a favor de los emprendedores sociales. Porque se trata, como reza el título del libro, de empresas que inspiran futuros. Repito: se trata de empresas, porque entre nosotros hablar de emprendedores sociales todavía genera o incomprensión, o confusión, o –directamente- sarpullidos. Porque se trata de emprendedores… sociales, y el tópico y lo patrones mentales heredados nos dicen que estas palabras no pueden ir juntas: o empresas, o sociales; pero las dos cosas a la vez no. Pues sí. Se trata de empresas, no de obras de caridad, de acción social o de ONG, actúan en el mercado con criterio y lógica empresariales; es decir, para evitar subterfugios: buscando beneficios. Pero este no es el fin último de la empresa, sino que su objetivo es social. Este es el motor último de las diversas iniciativas.

Pero son empresas que inspiran futuros porque compiten en el mercado para generar valor económico y social. Éste, como tantos otros, puede ser –y es- un equilibrio difícil, a veces inestable, pero en el que se juega la razón de ser de estas iniciativas: conseguir a la vez valor económico y valor social. En este sentido, es importante subrayar que cuando se habla de o...

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Hay que volver una y otra vez a Chillida-Leku. Como volvemos a los olores de la infancia, a los besos de la persona amada, a la oscura luminosidad de la propia intimidad, a la nostalgia del futuro. Hay que volver a Chillida-Leku, donde es posible ver con las manos y tocar con los ojos. Hay que volver a ese espacio abierto, como una ermita vacía y sin paredes, donde es posible ensanchar la mirada y recoger el espíritu. Ese espacio donde llega un momento en el que los robles devienen esculturas y esculturas palpitan, llenas de vida. Donde el ocre del acero y la palidez impura del alabastro se funden con la turgencia del verde. En este museo –si es que podemos seguirle llamando museo- la obra es el todo y, a la vez, cada pieza crea misteriosamente su propio espacio, como cada visitante crea su propio itinerario: al fin y al cabo, lo que hace vivir a escultura es el itinerario de quien se acerca a ella respetuosamente, y se mueve a su alrededor, y penetra en ella.

Contemplamos esculturas de 20 toneladas que maravillan por su levedad, sólidamente asentadas y ligeras a la vez. Ya lo dijo Chillida: parece una contradicción terrible la lucha contra la gravedad desde el peso. Pero esta lucha es la materia de la que está hecha la vida. Nuestra vida. De ahí sus reiteradas, casi obsesivas -y a la vez singulares- ingrávidas gravitaciones. No escapamos del peso y de lo que nos pesa, pero no dejamos de aspirar a luchar contra la gravedad, una lucha que no es más que aceptarla plenamente, totalmente, más allá de ella misma. Lo duro, lo pesado, lo rígido puede transmutarse (sin dejar de serlo) en lo flexible, lo grácil, lo ligero. Chillida es un arquitecto del vacío, que nos recuerda constantemente que la arquitectura es una respuesta, y la escultura una pregunta. Creador de espacios no funcionales, ellos son la morada del espíritu. Crear un espacio es crear y aceptar un límite, y habitarlo, y no flotar en la indeterminación ("el límite es el verdadero protagonista del espacio como el presente, otro límite, es el verdadero protagonista del tiempo"). Pero un espacio no dominado por lo funcional, no modulado por la avidez de lo utilizable, sino configurado por una dialéctica entre materia y espíritu mediante la cual penetrar en la escultura es acceder al lugar donde habita el espíritu. Y entonces empezamos a aprehender algo que Chillida repite a menudo: lo profundo es el aire.

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Estamos en medio de una crisis de proporciones gigantescas y de enorme gravedad a nivel mundial. No, no me refiero a la crisis económica global que comenzó a principios del año 2008. Al menos en ese momento, todo el mundo sabía lo que se avecinaba y varios líderes mundiales reaccionaron de inmediato, desesperados por hallar soluciones. En efecto, el desenlace para sus gobiernos sería arduo si no las encontraban, y a la larga muchos de ellos fueron reemplazados por causa de la crisis. No, en realidad me refiero a una crisis que pasa prácticamente inadvertida, como un cáncer. Me refiero a una crisis que, con el tiempo, puede llegar a ser mucho más perjudicial para el futuro de la democracia: la crisis mundial en materia de educación.

Estas palabras no son mías (aunque las hago mías): son el inicio de un libro reciente de Martha C. Nussbaum, que lleva por título Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades. El punto de partida de su preocupación es la constatación de que, en todo el mundo, se están erradicando progresivamente las humanidades de los planes de estudio y de las prioridades de la educación. Pero esta preocupación no es una preocupación gremial o corporativa. Es una preocupación por la razón de ser de la educación. Sostiene Nussbaum que la educación debe preparar para el trabajo, para el ejercicio de la ciudadanía y para dar sentido a la vida. Y que cada vez más el primer objetivo absorbe todos los recursos y energías, y oscurece a los otros dos. Lo formula mediante contraposiciones que, con el riesgo de adquirir un regusto maniqueo, delimitan con claridad la tensión: educación para la obtención de rentas o educación para la democracia y la ciudadanía (o sin ánimo de lucro); educación para promover la rentabilidad o para promover el civismo.

Estas contraposiciones, que por su tono falsamente antagónico lastran a...

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