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Novedad editorial: El poliedro del liderazgo
 
 



Àngel Castiñeira; Josep M. Lozano

 

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Josep M. Lozano

josepm.lozano@esade.edu
Tel: +34 932 806 162
Ext. 2270

Fax: +34 932 048 105
Av.Pedralbes, 60-62
E-08034 Barcelona


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Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
Autor: Josep M. Lozano Creado: 16/10/2008 11:45
Persona, Empresa y Sociedad - el blog de Josep Maria Lozano

Este es un artículo que hemos publicado con Àngel Castiñeira en el diario AVUI. Como el artículo es un comentario a un anuncio que hizo el grupo DAMM, que se ha reproducido en todas las televisiones catalanas, quien no conozca dicho anuncio, aquí lo tiene.

Se ha dicho que en los medios de comunicación las buenas noticias son los anuncios. Una de las buenas noticias de los últimos tiempos ha sido el anuncio que, a caballo de la temporada triunfal del Barça, ha hecho la Damm (¿verdad que nos permiten ahorrarnos aquello tan ridículo de "una conocida marca de cerveza"?). Ha sido uno de los pocos mensajes positivos y propositivos que, en términos de valores, se han divulgado en nuestro país en los últimos meses. Pero también ha sido una iniciativa sorprendente. Sorprendente por el formato, y sorprendente por quién lo propone. Si partimos del supuesto de que a quien corresponde transmitir valores es a las familias, la escuela, las iglesias o los políticos, la cosa chirría. ¿Qué hace una empresa, aquí en medio? Seguro que responde a una estrategia diferenciada de márketing y comunicación, y es una prueba de ello que hayamos caído en la trampa de hacer este artículo. De acuerdo, es publicidad... ¿pero que lo sea lo desacredita? En cualquier caso, representa un cierto punto de inflexión: hasta ahora cuando las empresas hablaban de valores lo hacían proclamando sus propios –y supuestos- valores de empresa. En este caso nos encontramos con una narración trufada de valores dirigida a la audiencia, y se supone que preferentemente a los jóvenes, dónde se propone un marco de referencia para ser compartido colectivamente y que tiene como eje conductor el trabajo bien hecho. Es curiosa la transmutación que se está produciendo: cuando iglesias y partidos se acercan a la publicidad para venderse y vender oscilan entre parecer poco creíbles o parecer que trivialitzen...
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Nuestra aventura moderna ha significado desafiar a la autoridad, una lucha enorme y fabulosa por la liberación individual de la que podemos estar realmente orgullosos. Pero esa ampliación de la libertad en todos los órdenes no ha significado, sin embargo, la emancipación moral de los individuos, sino que en mucho casos ha desembocado en versiones incívicas. Sin duda, hoy somos más libres, pero no hay razón para creer que somos mejores. Javier Gomá se refiere en su reciente libro Ejemplaridad pública a la barbarie de ciudadanos liberados pero no emancipados, instintivamente autoafirmados pero desinhibidos de todo deber. Ulrich Beck los denominó anteriormente (2002) "desincrustados" de los tradicionales vínculos sociales y de sus valores e incapaces de reincrustarse a otros nuevos.

Comenzamos, pues, la segunda década del siglo XXI siendo conscientes de ese peligro. El yo moderno ya no se deja acomodar socialmente y eso puede convertir fácilmente la individualización en individualismo, o la subjetividad en subjetivismo de masas (todos idénticos en la pretensión de ser únicos). Algo muy exaltado en el arte y también en la pedagogía contracultural de no hace muchos años fue la defensa de la libertad sin límites, de la originalidad, la espontaneidad, la rebeldía, la no represión de los deseos, la afloración de lo instintivo. Ahora estamos recogiendo las consecuencias y las sentimos en forma de descontento moral y cultural.

Civilizar y resocializar la subjetividad moderna no es tarea fácil. Intentar hacerlo sin apelar básicamente a formas represivas o coactivas lo es todavía más. Que se lo digan hoy a padres y docentes… No parece haber una tercera vía posible entre, por un lado, la idea de una civilización inevitablemente limitadora del yo y, por otro, una emancipación subjetiva que derive hacia la vulgaridad y la barbarie.

Sin embargo, el mérito...
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En mi anterior entrada, a propósito de la creciente cuota de mercado que "lo oriental" está ganando en los contextos organizativos, me preguntaba hasta qué punto predominaba en esta diseminación un cierto enfoque meramente instrumental, a rebufo de gurus del más variado pelaje que exhiben como trofeos a los famosos que frecuentan sus enseñanzas. Pero no nos engañemos: esto es sólo la anécdota. Y más allá de la anécdota está el síntoma: ¿qué problemas y deficiencias –explícitos o latentes- están llegando a un punto de no retorno que hace que desde el guru más mediático hasta el último coach encuentren demanda? Y más allá del síntoma está la cuestión de fondo que allí planteaba: si estamos viviendo un cambio de época y si pregonamos que estamos en la sociedad del conocimiento, ¿las tradiciones de sabiduría, elaboradas y refinadas trabajosamente por la humanidad a lo largo de su historia, pueden aportar algo a los procesos de cambio y a la creación y difusión de conocimiento? Entre otras razones porque, ya puestos a hablar de cambio, convendría diagnosticar con precisión qué es lo que está cambiando realmente. Y, ya puestos a hablar de conocimiento, convendría explorar qué tipo de conocimiento reconocemos como tal y qué tipo de conocimiento excluimos de nuestra atención. Porque quizás en este ámbito nos volvemos a dar de bruces con el viejo Machado, y hemos de reconocer que empieza a ser de buen tono exhibir desprecio ante todo lo que se ignora.

De todas formas, cuando algo así ocurre no es ni por casualidad ni por mala fe. La inercia hace que fácilmente identifiquemos, confundamos y reduzcamos a las tradiciones de sabiduría espiritual a las formas e instituciones religiosas que les han dado cuerpo. Y la memoria histórica –más allá de los círculos de convencidos e incluso dentro de ellos- no las deja últimamente precisamente en buen lugar. Buena muestra de ello...
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En los contextos actuales, en los que la aceleración, el ruido y la presión ya forman parte de los ecosistemas organizativos resulta ya no sólo chocante, sino directamente perturbador preguntar si las tradiciones de sabiduría, elaboradas y afinadas trabajosamente por la humanidad a lo largo de su historia, pueden aportar algo. Hoy ya no es suficiente pregonar que estamos (¿estamos?) en la sociedad del conocimiento. Lo que convendría es explorar qué tipo de conocimiento reconocemos como tal y qué tipo de conocimiento excluimos de nuestra consideración y dejamos fuera de nuestro campo de atención. Y, puestos a hablar de conocimiento, cabe preguntarse por el que nos aportan las diversas tradiciones de sabiduría. Desde mi limitada experiencia, a esta pregunta, desde los ámbitos empresariales, se le dan fundamentalmente dos tipos de respuesta: la instrumentalización y el desprecio.

Ya hace unos cuantos años que la incorporación de prácticas y maneras de proceder de tradiciones que nosotros catalogamos como "orientales" es una tendencia en aumento. Muchas personas encuentran en ellas un camino hacia un mayor equilibrio, una mayor concentración, una mayor atención ante su realidad. Incluso un mayor bienestar. Una entrevista reciente, una más entre las que se van prodigando y repitiendo, lo repetía y lo confirmaba. Van goteando continuamente las informaciones de que personas con responsabilidades de alto nivel y mucho poder en sus manos confiesan haber alcanzado, gracias a estas "técnicas" (sic) mayor equilibrio, concentración y capacidad de decisión… aunque, cuando leo estas confesiones en boca de según quien o referidas a determinados personajes, nunca alcanzo a aclarar si se trata de una descripción o de una amenaza.

Pero hay una cuestión que aparece poco, cuando se hace la apología de "lo oriental" (y no digamos ya de "lo espiritual") en el trabajo. Y esta...
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El día que nos miremos con una cierta perspectiva el camino recorrido bajo el paraguas de la RSE veremos con admiración los cambios que ha producido en el ámbito de la gestión. Cambios de todo tipo y que, pocos años atrás, nos hubieran parecido impensables. Cambios que nadie da por concluidos, al contrario: son cambios que fundamentalmente muestran el camino que todavía queda por recorrer.

El camino ha sido tan intenso, y sus exigencia a menudo tan acuciantes que me temo que, lentamente, hemos ido olvidando algo muy importante. La RSE ha sido desde los orígenes una indagación en busca de un modelo de gestión diferente, sin duda. Pero ha sido también algo más. Y ese algo más me atrevo a formularlo parafraseando el título del libro de Viktor Frankl: la empresa en busca de sentido. Los que hayan leído a fondo el libro lamentarán lo que parece una banalización por mi parte. Pido excusas por ello, aunque podría argüir que últimamente, por desgracia, a Frankl ya se lo está utilizando tanto para un fregado sermoneador como para un barrido de coaching. Pero banal o no, mi comentario pretende subrayar provocativamente algo que poco a poco se está desvaneciendo. Más allá de la RSE latía la pregunta y el compromiso por un modelo de empresa que tuviera sentido. Un modelo de empresa que, tras la època de la apoteosis del todo vale apostaba por determinadas prioridades y preferencias y, por consiguiente, excluía a otras. Un modelo de empresa consciente de que las personas no vivimos en un mercado, sino en una sociedad. Y que la vida social no requiere tan sólo crear instituciones y organizaciones, sino construir sentido para quienes vivimos y actuamos en ellas. La RSE apareció como una posibilidad de canalizar una cierta calidad humana en las organizaciones frente a determinadas prácticas organizativas, frente a ciertos modelos de gestión y frente a unas cuantas actuaciones empresariales que no producen tan solo pésimas consecuencias, sino que son también en si mismas tóxicas y destructoras de sentido. Y por eso reducir a la RSE a un simple modelo de gestión es devolverla a un marco convencional, y recuperarla al servicio de la razón instrumental.

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El debate sobre la formación de directivos y, especialmente, sobre la formación de los MBAs ya hace meses que se arrastra. Pasó a primer plano, como era razonable, cuando la gente se preguntó sobre la formación que habían recibido los genios que habían conseguido bonus cada vez mayores a base de hundir empresas y de poner el sistema financiero en un paso del precipicio. Ahora, ya pasado el susto, muchos vuelven rápidamente a las mismas prácticas y maneras de proceder, quizás porque creen que no era para tanto; quizás porque han aprendido que, si la hacen muy gorda, nadie estará dispuesto a dejar que todo se hunda; quizás porque creen que no hay alternativa creíble, ni desde el punto de vista de los valores, ni desde el punto de vista institucional y organizativo, ni desde el punto de vista de las maneras de proceder y, por lo tanto, se trata de volver a ocupar el territorio perdido. Es lo que propongo denominar el síndrome de Sansón: a semejanza de la historia bíblica, hay posiciones tan aferradas a las columnas que sostienen el edificio económico y social que, si las sacuden, el edificio se hunde completamente (y por eso hemos acabando creyendo que hemos de soportar a las personas que las ocupan como un mal menor). Incluso pueden no tener escrúpulos, y hacer que el edificio caiga sobre ellos mismos -y sobre todo el mundo- antes que cambiar de posición y de maneras de proceder. Por lo tanto, quizás convendría modficar el registro y empezar a centrar el debate en la estructura del edificio, y no en quien tiene que ocupar el lugar de Sansón.

La crisis de los últimos años ha provocado un cierto debate sobre la formación que reciben los directivos. Ni qué decir tiene que el remedio...
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¿... cuál es la pregunta?

(Algunos retos actuales del Estado del Bienestar)

La situación actual del Estado del Bienestar (EB) es objeto de las más diversas aproximaciones. Pero casi todas ellas llevan adherida la palabra "crisis". En una especie de reflejo pavloviano, cualquier referencia a la expresión Estado del Bienestar dispara reacciones de este cariz, en cualquiera de sus variables: viabilidad, supervivencia, amenazas, limitaciones... Quisiera poner de relieve algunos rasgos que modelan esta situación y que me parecen bastante relevantes. Rasgos que parten de una hipótesis que es al mismo tiempo un diagnóstico: si nos preguntamos sólo por la viabilidad económico-financiera del EB no resolveremos bien ni su viabilidad económico-financiera. Lo que no significa despreciar los retos de carácter económico que vierten graves interrogantes sobre el futuro del EB, en absoluto. Pero sí que quiere decir que hay que atender a otros elementos, y que hay que abordarlos si queremos tener recursos (y no sólo económicos) para afrontar la nueva situación. El EB no es un problema, pero tenemos problemas con el EB. Sin embargo, si no los resolvemos, sí que el EB acabará siendo un problema. Los rasgos que quiero destacar afectan en lo que calificaría como las condiciones de posibilidad del EB. Condiciones de posibilidad presentes en su nacimiento y en su época dorada. Condiciones de posibilidad que no hay que dar por supuestas y que, caso que hoy no se dieran, sería necesario afrontar explícitamente.

Dos condiciones de posibilidad políticas



El EB se desarrolla y se consolida sostenido e impulsado por un discurso político con un fuerte contenido ideológico y denso en valores. No hay que remontarse a la clásica pareja Bismarck - Beveridge, y basta con pensar en lo que, hasta poco más allá de la primera mitad del siglo XX se denominó el pacto social-cristiano....
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Con Àngel Castiñeira hemos realizado nuestra sesión sobre Dirección y valores en el Programa para empresas cooperativas de ESADE. Trabajar con directivos de empresas cooperativas siempre es una experiencia muy interesante y enriquecedora, tanto por la pasión y el compromiso con los que viven su trabajo como por el estímulo que representa ver que hay gente para quien el éxito empresarial es indisociable de la búsqueda de formas organizativas y de gestión que no se mueven dentro de los parámetros convencionales. En los diálogos emergieron cuestiones de mucho interés. Cuestiones relativas a la situación, las dificultades y las problemáticas de estas empresas. Pero también fue muy significativo constatar que lo que las caracteriza a menudo no es tanto el tipo de retos que afrontan, sino la voluntad de afrontarlos desde la especificidad de sus valores y de su identidad. Y eso a veces puede parecer que complica más las cosas, pero a veces permite constatar con satisfacción que este modelo de empresa permite afrontar las crisis de manera diferente, y que eso hace que puedan sobrevivir mejor precisamente gracias al hecho de que las enfocan de manera solidaria, y no a pesar de la solidaridad, como piensan los que creen que la solidaridad es incompatible con la lógica del mercado.

Dialogamos sobre muchas cosas. Entre ellas, sobre el hecho de que en el mundo empresarial se puede hablar de valores de manera reactiva (ante presiones o conflictos que ponen de relieve su necesidad); por conveniencia (porque incorporarlos permite funcionar mejor y lubrifica las relaciones empresariales); o por convicción... o por una mezcla de los tres componentes. Ni qué decir tiene que para los participantes las convicciones eran muy importantes, donde se jugaba la razón de ser de sus empresas y su identidad personal, profesional y organizativa. Y, a caballo entre este tipo de cuestiones,...
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Es un comentario clásico cuando se produce algún escándalo en la gestión de una organización el de reaccionar diciendo que en todas partes hay sinvergüenzas, que se van a tomar medidas pero que resulta muy difícil poder evitar que haya alguien que abuse, que vivimos inmersos en una crisis de valores, que parece mentira que la gente haga estas cosas y bla, bla, bla…

No niego que esto sea a menudo verdad. Pero incluso en los casos en los que es verdad, no es toda la verdad. Entre otras razones porque muy habitualmente, en los procesos de (auto)justificación en las organizaciones, se utilizan las explicaciones y las constataciones como coartadas. Y aquí es donde campa por sus respetos lo que yo denomino la falacia de la manzana podrida. Ya se sabe, en todas partes hay manzanas podridas, y esto es algo casi imposible de evitar.

Francisco Longo, en uno de sus excelentes artículos (No tocar lo que es de todos), plantea en otro registro la misma cuestión. Dice Longo: "Personalmente, estoy convencido de que la gran mayoría de los casos de corrupción no son imputables a individuos que hayan llegado a la política o al servicio público con un propósito previo o deliberado de enriquecerse. Se trata más bien de personas cuyos procesos de socialización, tras acceder al interior del ecosistema institucional político-administrativo y familiarizarse con sus rutinas y pautas de funcionamiento, les indujeron a creer que podían disponer como propios de recursos que son de todos, y así fueron recorriendo, paso a paso, todo ese continuo de prácticas de gravedad creciente". Lo que plantea Longo vale, creo yo, para todo tipo de organizaciones. Porque la falacia de la manzana podrida reduce a lo individual dinamismos y patrones culturales que no son sólo personales, y nos evita la reflexión sobre los marcos organizativos que los hacen posibles. Claro que hay sinvergüenzas, pero...
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...que me dedico a la publicidad, ella piensa que soy pianista en un burdel". Recordé este provocativo título de un libro de Jacques Séguéla hace unos días, después de una reunión, con la pequeña variación que, después de la reunión pensé que había que sustituir "publicidad" por "política".

La reunión reunió a una veintena de personas de entre 30 y 40 años, que se dedican convencidamente y comprometidamente a la política (algunas, a tiempo completo) que tienen diversas responsabilidades políticas de segundo nivel y, por lo tanto, no frecuentan los medios de comunicación. Su militancia cubría prácticamente todo el arco parlamentario. Las habíamos convocado en ESADE para compartir una reflexión a corazón abierto sobre cómo ven y viven el clima social que se está consolidando con relación a la política y que hemos calificado -no sé si acertadamente- como "desafección".

Se habló con sinceridad y valentía, y se constataron sintonías más allá de la diversidad de opciones. De hecho, salí con la sensación de que, si no hubiera sabido cuál era la militancia política de cada participante, no lo hubiera podido adivinar por el contenido de sus intervenciones. De la reunión me impresionaron diversas cosas, y ahora quisiera destacar dos.

En primer lugar, tengo la impresión de que estamos entrando en una nueva forma de clandestinidad política, estamos consolidando un nuevo tabú. Los que se dedican a la política se están convirtiendo en una modalidad de apestados o proscritos. Y el compromiso político está siguiendo culturalmente los pasos de la religión, y se está -paradójicamente- privatizando. Fue muy compartida la constatación por parte de todos ellos de que cada vez hablan menos de política en sus entornos personales y profesionales. A nadie le gusta ser siempre el chivo expiatorio y llevarse todos los palos. Porque cuando dicen que se dedican a la política la...
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