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Novedad editorial: El poliedro del liderazgo
 
 



Àngel Castiñeira; Josep M. Lozano

 

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Josep M. Lozano

josepm.lozano@esade.edu
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Ext. 2270

Fax: +34 932 048 105
Av.Pedralbes, 60-62
E-08034 Barcelona


Twitter - Josep M. Lozano

 

Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
Autor: Josep M. Lozano Creado: 16/10/2008 11:45
Persona, Empresa y Sociedad - el blog de Josep Maria Lozano

Dicen que cada uno es más hijo de su época que de sus padres. Quizá por eso me vienen a veces a la memoria voces e imágenes que se diría que emergen desde recónditos pliegues biográficos. Y me veo en el colegio aprendiendo de memoria los versos de Campoamor, "en este mundo traidor / nada es verdad ni es mentira. / Todo es según el color / del cristal con que se mira". Con el paso de los años, en algún momento me pregunté si no sería Campoamor un ripioso precursor de la postmodernidad. Pero, vistas las postmoderneces que gastan algunos, ni a vulgares campoamores de bolsillo llegan. Quizá por eso un día comprendí que con Campoamor me había equivocado de enfoque. Porque su aparente trivialidad esconde una interpelación crucial, irrebasable. Hombre, Campoamor: que en función del cristal con el que miramos el mundo se nos colorea de una manera u otra, eso ya la sabemos. La pregunta que no podemos dejar de responder, porque nadie la contestarà en nuestro lugar, es la pregunta por el color de las gafas que hemos elegido para ver nuestra realidad. La pregunta sobre el color de lo que vemos es secundaria: la primaria es la pregunta sobre el color de los cristales que hemos decidido ponernos (o hemos aceptado pasivamente) para mirar el mundo. Por eso Mario Benedetti, corrigió a Campoamor: "todo es según el dolor con que se mira". Yo tenía un colega en ESADE (Sam Husenman, que lamentablemente ya murió) que era un tipo genial, provocativo, inclasificable, que siempre –especialmente cuando me veía caminar acelerado por el pasillo- me paraba con alguna pregunta que me descolocaba. Pero un día me paró para hacerme una confesión: "he de decirte que no he empezado a entender un poco todas esas cosas incomprensibles de la ética que explicas hasta que me he aficionado a la pintura, porque para poder empezar a pintar antes he de tomar una decisión fundamental: he de escoger el... Leer más »

 

Éste es el título de un libro extraño, desigual, a ratos intensísimo, a ratos enfáticamente tópico. Pero todo él rezuma una sinceridad creíble, y con momentos que te golpean de una manera directa, desnuda, sin resquicios que te permitan escapar. El libro narra unos meses de la vida de Eugene O'Kelly, que fue presidente y director general de KPMG (USA), y que en el ejercicio de estas responsabilidades llevó un estilo y un ritmo de vida cuya descripción es un compendio de todos los tópicos y estereotipos que asociamos a estos cargos (vuelos transoceánicos, golf, agendas a rebosar...). Pero los meses de la vida de O'Kelly que ocupan casi todas las páginas del libro son los meses que transcurren desde que le diagnosticaron un cáncer incurable hasta su muerte. Y el libro narra, casi siempre en primera persona, cómo los afrontó. Narra cómo estos meses se convirtieron para él "en un viaje espiritual, un viaje iniciático; un viaje que me permitió experimentar lo que había a mi alma desde el principio, aunque hasta entonces había permanecido oculto por el mundanal ruido".

Visualitza la imatge a mida completaDebo decir que el título del libro me repelía. La palabra perfección me produce náuseas, la considero casi tóxica, una fuente inagotable de frustraciones, resentimientos y dominaciones de todo tipo. Con el paso de los años, sin embargo, he ido comprendiendo que la perfección...
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…que por creer que haces poco no hagas nada. Esta frase de Federico Mayor Zaragoza ondeaba como referencia del primer Día del voluntariado que se ha organizado en Abertis y en el que he tenido la suerte de participar. Esta iniciativa se sitúa en el marco del programa de voluntariado corporativo de Abertis. Afortunadamente, la de Abertis no es una iniciativa única (progresivamente algunas empresas están desarrollando sus planes de voluntariado corporativo), pero es bastante excepcional en su planteamiento, en la medida que la iniciativa se sitúa en el marco de una estrategia global de RSE.

Los escépticos y los cenizos, suelen mirar por encima del hombro este tipo de iniciativas. Temen que, más que de responsabilidad social corporativa, se trate de responsabilidad social decorativa. Esto es así en aquellos casos en los que se trata casi de un divertimento, como cuando las empresas organizan un día de excursionismo solidario, que parecen un remedo de las excursiones que anualmente organizaban los colegios en el pasado o los cumpleaños de ludoteca y fast food de hoy. Cuando las empresas juegan a la solidaridad, a la responsabilidad social decorativa, el resultado es una obscenidad, con cobertura mediática, por supuesto, pero obscenidad.

Pero cuando el voluntariado corporativo es un elemento más que se inserta coherentemente en una política global de RSE, política que va configurando un itinerario, entonces los escépticos y los cenizos deberían aparcar sus prejuicios y atender a la realidad. A la realidad y, sobre todo, a sus potencialidades, en muchos casos todavía pendientes de ser desarrolladas. La Jornada a la que me refiero era un momento de visibilidad especialmente intensa para el programa Voluntaris,...
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La expresión techo de cristal es cada vez más popular: no hay política progre o directiva con altos niveles de responsabilidad que no aluda a ella. No hay análisis de los consejos de administración y de los comités de dirección en clave de género que no añada la consabida coletilla. El techo de cristal apunta a la existencia de un obstáculo invisible que impide el progreso en la carrera profesional de las mujeres en las empresas (y en todo tipo de organizaciones), especialmente cuando se aproximan a la cumbre. La idea de invisibilidad del techo debido precisamente a su transparencia se justifica porque su existencia no es explícita, no está formalmente establecida: consiste en un conjunto de creencias, prácticas, tradiciones, hábitos, estilos de dirección, modelos organizativos que se viven como algo dado, consustancialmente inamovible, una verdadera apoteosis de una supuesta normalidad. Pero sus consecuencias son muy visibles, y aquí no hay dudas, porque los datos las muestran: baja presencia de mujeres en los niveles directivos, diferencias salariales, desigual carga de trabajo, falta de equidad en el reconocimiento, etc.

No cabe duda de que el techo de cristal es una imagen potente, que tiene fuerza, y que transmite gráficamente el núcleo de lo que quiere resaltar. La pregunta, sin embargo, es si la misma expresión nos encamina o no a la solución del problema. El uso de metáforas e imágenes para pensar los retos de la gestión nunca es gratuito ni inocente y, además, en la práctica de la gestión muy a menudo pesan más la imágenes y las metáforas que los conceptos. Desde la mano invisible hasta las redes; desde las máquinas y los engranajes hasta los tiburones y los escaladores, las imágenes y las metáforas nos han ayudado a pensar...
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Carles Campuzano es conocido en el mundo de la RSE por ser, junto con Ramón Jáuregui, uno de los dos parlamentarios que más se han comprometido para impulsar el debate de la RSE y su asunción en el mundo político. A día de hoy, me parece que ambos han tenido más éxito -en lo que se refiere a este punto concreto- fuera de sus formaciones políticas que dentro de ellas. Y eso que impulsaron, entre muchas otras cosas, la creación de una Subcomisión en el Congreso de Diputados para debatir políticamente sobre el la RSE, una iniciativa parlamentaria muy interesante, única en Europa, que ha servido para dar pasos adelante, pero que, en mi opinión, tenía un potencial muy superior en comparación con los resultados alcanzados y considero que ha sido en parte desperdiciada, al menos hasta ahora.

Acaba de aparecer un libro que, bajo la forma de una larga entrevista, nos presenta de manera clara y vigorosa su perfil político, personal y -si la palabra no molesta en este contexto, y no tendría por qué- profesional: Carles Campuzano. El patriotisme a peu de carrer. En él podremos encontrar una reconstrucción del hilo conductor de su trayectoria política y, al mismo tiempo, el marco de referencia en el que esta trayectoria se sitúa. Con honestidad, sin esconder dudas, interrogantes, momentos difíciles, errores, lealtades, preferencias y convicciones. En este sentido, como el libro sólo puede ser biográfico, precisamente por eso es mucho más que biográfico: refleja y expresa una manera de hacer política, una manera de entender la política, y una manera de vivir la política. En este sentido me atrevo a decir que es ejemplar.

La ejemplaridad es una palabra que hemos permitido que se estropee, o porque la encontramos...
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Si, según dicen, hay verdades incómodas, quizás pueda haber también preguntas incómodas. Aunque sean simples y simplificadoras, y se formulen con conciencia de serlo. Una de estas preguntas podría ser la siguiente: ¿hasta qué punto el planteamiento de la RSE en España ha sido un planteamiento nacido desde, por, para y hacia el Ibex-35? Que la respuesta pueda ser en buena parte afirmativa, no significa que sea algo cuestionable, rechazable o criticable. Significa que hay que adquirir conciencia de ello, y calibrar sus posibles limitaciones. Quizás hemos vivido tan deslumbrados por ciertos avances de la RSE, que hemos olvidado que toda luz genera sus propias sombras.

No menospreciemos a la RSE del Ibex-35, por favor. En ella han cristalizado muchas y diversas tendencias, casi todas dignas de mención y de reconocimiento: el factor de arrastre que tienen estas empresas en la cultura empresarial; la sensibilidad ante nuevas demandas de los mercados financieros (ISR); la necesidad de encontrar nuevas formas de posicionamiento y diferenciación para las marcas; la innovación vinculada a nuevos modelos y prácticas de gestión; la mayor influencia para generar eco mediático de una tendencia; la capacidad de generar un discurso y un aprendizaje autónomo respecto a las organizaciones empresariales; y así podríamos seguir… No lo menospreciemos, pues. Pero tampoco nos dejemos obnubilar. Sin las empresas del Ibex-35 hoy probablemente no estaríamos hablando de la RSE. Pero si solo hablamos de las empresas del Ibex-35 no estamos hablando correctamente, completamente de la RSE. Sin las empresas del Ibex-35, la RSE no tendría vida. Pero hay vida más allá del Ibex-35.

Últimamente ha circulado...
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El nuevo volumen de memorias del President Pujol empieza con una frase rotunda y breve: para ser eficaz, la acción de un político debe tener tres ingredientes: proyecto, programa y emoción. A estas alturas, entre la mayoría de analistas de la política catalana se da un acuerdo unánime para decir que el país carece de proyecto, pero pocos han estudiado con detenimiento cómo estamos de emociones. La cuestión es relevante porque este vínculo entre emociones y proyecto desborda la perspectiva estrictamente política (partidista) y se convierte en un componente clave de cualquier iniciativa que pretenda insertarse en una visión de país.

Creemos resulta necesario disponer de un mapa emocional de Cataluña lo bastante real como para poder saber mejor qué pasa y qué podemos hacer. La filósofa Martha Nussbaum ha destacado recientemente el rol político esencial de las emociones, diferenciándolas de las pulsiones corporales y de los estados de ánimo. Las emociones son "paisajes del pensamiento", incorporan elementos cognitivos como intencionalidad, creencia, evaluación e imaginación. Si la pensadora tiene razón, quiere decir que la cognición emocional es algo más que la cognición "a secas". Hoy sabemos que también hay pensamiento en los estados animados por la ira, la aflicción, el amor o el miedo. Nussbaum liga muy bien la relación entre proyecto y emociones. "Necesitamos una buena teoría política que nos diga cuáles son nuestros objetivos (el proyecto). Sólo así podremos imaginarnos qué emociones serán necesarias para apoyar estos objetivos y entonces imaginar cómo podemos impulsar a las personas a sentir emociones de este tipo", dice. Más allá de su eco mecanicista, la frase nos interpela sobre la necesidad de tomar en consideración la interrelación entre conocimientos, emociones y valores.

Tres...
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 ...en la escultura. Eso es lo que dijo André Gide ante la Mediterrània de Maillol: "Maillol acaba de introducir el silencio en la escultura". En La Pedrera de Barcelona tenemos la suerte de poder disfrutar de una extraordinaria exposición de Aristides Maillol, un auténtico menú degustación de su obra. ¿Qué es lo que nos hace tan próxima la obra de un artista que dijo de sí mismo que quería inaugurar el siglo, supuesto que podemos decir que el siglo ya ha concluido?

Me atrevería a decir que una mirada apaciguada, cuidadosa, progresivamente serena de su obra desvela, efectivamente, la verdad de la afirmación de Gide: Maillol introduce el silencio en la escultura hasta el punto que la contemplación de sus obras hace emerger lentamente, progresivamente, un silencio interior que es el eco del que el escultor nos ha mostrado.

Mompou ya nos regaló la posibilidad de captar, concebir y pensar una Música Callada. Misterio del espíritu y espíritu del misterio. Lo sutil que, simplemente, ocurre, está ahí. Maillol, en cambio, muestra el silencio presente en la pesadez y la densidad de la materia. Maillol transforma la materia sin que deje de ser materia; el tacto nos evoca la consistencia insoslayable de su realidad y, al mismo tiempo, la pátina tornasolada y cálida nos recuerda que el tiempo es, como dijo Yourcenar, el gran escultor. Nuestro escultor; lo que va dando forma a nuestras vidas.

Lo que cautiva de las esculturas de Maillol es la ligereza que las habita. Se diría que el hecho de que estén depositadas sobre una superficie es una confusión visual. Sólo lo parece, porque se sostienen sobre sí mismas. No son figuras aladas, pero parece que las podrías sostener sin esfuerzo, incluso las de más volumen.

Quizás es todo eso lo que nos lo hace tan próximo. Porque nos transmite...
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Este fue el comentario del director de un periódico, cuando estábamos debatiendo cómo los medios de comunicación crean la agenda de lo que es relevante y configuran el universo sobre el que pensamos. La objeción, como se puede suponer, era la habitual: superficialidad, banalidad, irrelevancia, solo hablar de lo negativo y escandaloso… He rememorado este comentario a menudo mientras hemos llevado a cabo con mi colega Àngel Castiñeira el seminario sobre Valores y dirección pública en el programa EMPA de ESADE. Durante 13 horas hemos estado acompañando a 35 directivos del sector público en su reflexión sobre los valores que deben regir el servicio público y sobre los instrumentos y las prácticas que pueden favorecer su integración en la gestión cotidiana.

Por eso quiero insistir en que lo importante no siempre es interesante (al menos mediáticamente). Porque la reciente proliferación de escándalos y malas prácticas (ante la que toda clarificación y transparencia será poca) pesa como una losa sobre el ingente número de directivos y profesionales del sector público que llevan a cabo su trabajo con disponibilidad, rigor, esfuerzo y decencia. Y, encima, el uso entre morboso y partidista de estos hechos los está convirtiendo en una arma de destrucción masiva no tan solo de los valores democráticos, sino también de la autoestima y el reconocimiento de quienes nunca han traspasado estas líneas que nunca debieran traspasarse.

Lo importante es el compromiso profesional de estas personas. Su disposición al cambio. Su compromiso con el servicio a los ciudadanos. Su preocupación por la ética pública. Su interés en mejorar y modernizar las diversas administraciones públicas en las que trabajan. Su sinceridad cuando se trata de compartir experiencias y problemas. Y también su lucidez y realismo. Para reconocer las tensiones y las limitaciones con las que trabajan....
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Hay un frase de Freud que se repite a menudo, con pequeños matices y variantes según el traductor o el citador. Según parece, Freud opinaba que había tres oficios o prácticas imposibles: educar, curar, gobernar. Supuesto que solo soy un simple lector interesado, pero ni soy psicoanalista ni tengo ninguna formación sistemática al respecto, me tomo la libertad –y, si quieren, la frivolidad- de hacer mi propia lectura de lo que late en esta afirmación.

Como no me interesa demasiado el debate sobre el supuesto pesimismo antropológico de Freud, quisiera empezar resaltando que en nuestra cultura las tres prácticas profesionales comparten, al menos, dos componentes constitutivos: son fundamentalmente y ante todo relacionales; y tienen una dimensión vocacional. Requieren, por tanto, un encuentro y un reconocimiento entre personas. Ambos componentes hoy se proponen de manera amortiguada y con una especie de sordina, especialmente el segundo. La falaz identificación entre profesionalización y tecnificación intenta neutralizar cada vez más a dichos componentes. Neutralización que a menudo se suele querer compensar, con mejor intención que acierto, con una apelación a los valores. Con la creencia ingenua de que se puede compensar un déficit relacional y vocacional con una apelación abstracta a valores; valores con los que, por supuesto, en el plano intelectual es imposible no estar de acuerdo. Y así nos evitamos coger el toro por los cuernos: comprender estos oficios –estas prácticas- debiera ser ante todo comprender determinadas relaciones, comprender la manera como se llevan a cabo, y comprender cómo y desde dónde las viven los implicados. Y el componente vocacional debiera no quedar confundido bajo las brumas de lo casi místico-religioso, para hacer emerger que se trata de oficios que no se reducen a las destrezas que alguien pueda adquirir, sino que implican también...
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