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Novedad editorial: El poliedro del liderazgo
 
 



Àngel Castiñeira; Josep M. Lozano

 

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Josep M. Lozano

josepm.lozano@esade.edu
Tel: +34 932 806 162
Ext. 2270

Fax: +34 932 048 105
Av.Pedralbes, 60-62
E-08034 Barcelona


Twitter - Josep M. Lozano

 

Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
Autor: Josep M. Lozano Creado: 16/10/2008 11:45
Persona, Empresa y Sociedad - el blog de Josep Maria Lozano

Dicen que un directivo se quejó al decano de Harvard por el precio de los cursos de formación en esa universidad, a lo que éste contestó: "Si la educación la encuentra cara, pruebe con la ignorancia". Algo parecido ocurre hoy con lo relacionado con la RSE. Casi siempre encontramos a alguien que nos pregunta por el coste de la RSE. En cambio, todavía esperamos el día en que alguien nos pregunte por los costes (económicos, financieros, laborales, sociales, medioambientales...) de la irresponsabilidad empresarial. Tras los espectáculos a los que hemos asistido por parte de algunas empresas en todo el mundo, ha quedado claro que la irresponsabilidad puede tener costos colosales.

Hay una pregunta impertinente que inevitablemente hemos de formular: ¿por qué a lo que hoy llamamos irresponsabilidad hace cuatro o cinco años lo llamábamos éxito empresarial?

El CEO de Lehman Brothers,fue considerado en 2003 directivo del año, hoy él y su empresa están donde están. Lo que tenemos que recordar, analizar y revisar son los parámetros mentales y los criterios que permitían a buena parte de la opinión pública y -no nos engañemos- a muchos expertos calificar de éxito empresarial a empresas y directivos que hoy todo el mundo denosta.

Dado que las malas prácticas pueden hundir la reputación (y la cotización) de una empresa, hoy muchas de ellas se preocupan especilamente por la "gestión de los riesgos reputacionales". Pero lo que ahora realmente urge es pasar de la gestión de la reputación al debate público sobre qué hemos de entender por éxito empresarial.



 

Gestionar la reputación es una necesidad insoslayable para cualquier empresa. Y muchos de los que se dedican a la gestión de la reputación lo hacen seriamente, y les preocupa alguna cosa más que dedicarse a la cirugía estética corporativa. Pero nuestra reputación es inseparable de nuestra...
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Si nos lo miramos con un poco de distancia, quizá podemos afirmar que nunca como en los últimos años expresiones como "ética" y "responsabilidad social" se han incorporado al discurso sobre la empresa, sea al nivel de lo políticamente correcto, sea yendo más allá. Aunque en rigor estas preocupaciones por la ética y/o la RSE no sean una novedad, sí lo es su presencia creciente en opinión pública y en el discurso empresarial. De todas formas, en este proceso se ha producido, al menos en España, un fenómeno curioso, como es la constatación de que cuanto más se habla de responsabilidad social, menos se habla de ética empresarial. Quizás la realidad española puede tener peculiaridades propias, pero a grandes rasgos no me parece radicalmente diferente de las tendencias que vemos en otros países. En cualquier caso, este es un fenómeno que merecería un análisis sociológico más detallado porque, a primera vista, que ética y responsabilidad social se hagan retóricamente la competencia (con una victoria por goleada de la segunda) puede que a más de uno le provoque cierta perplejidad.  

El arranque (o la reactivación) del discurso sobre la relevancia de los valores morales en la empresa se cobijaba en la década de los ochenta (y antes, claro está, pero en algún punto hay que cortar) bajo el amplio paraguas de la ética empresarial (BE, de Business Ethics). Esta fue una aproximación dominante, que venía de años atrás, que puede verificarse simplemente atendiendo a los títulos de los journals y las asociaciones o redes académicas que se fundaron en aquellos años: ética era el término recurrente. El lector habrá notado que la frase anterior está escrita en pasado, porque hoy podemos afirmar que aquella apoteosis de la preocupación por la BE coincidió a la vez, paradójicamente, con el origen de su declive (no de la ética, sino de la ética como término de referencia).  

¿Qué...
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En noviembre de 2008, la Reina pidió a la London School of Economics alguna explicación ante el sorprendente hecho de que prácticamente ningún economista hubiera previsto la crisis financiera o, como se suele decir ahora, la crisis. Probablemente, no sólo la Reina debiera pedir explicaciones, pero al menos ella obtuvo alguna respuesta. Una de las respuestas que recibió merece una atención detenida. Propiamente, no la respuesta, sino la cuestión que plantea dicha respuesta.

Lo que vienen a señalar los autores es que el gremio de los economistas tiene, al menos, un problema. Un problema que tiene que ver con la formación que reciben. Los autores califican dicha formación de demasiado estrecha, obsesionada por las técnicas y sobrecargada de matemáticas, y sin capacidad de facilitar una visión global de las cuestiones a las que se enfrentan. Una formación en la que brillan por su ausencia la psicología, la filosofía y la historia económica. Más aún. Consideran no tan sólo pobre, insuficiente, limitada y parcial la formación que reciben, sino que además no facilita que los economistas revisen críticamente sus propias creencias. Por cierto, al hablar de creencias no están hablando de religión, filosofía o astrología: un ejemplo de dichas creencias es lo que los autores califican como "the highly questionable belief in universal rationality nor the efficient markets hipothesis, both widely promoted by mainstream economists". Como subrayan en otro momento de su carta, ha dominado una visión de la economía separada del mundo real. Su conclusión es que los modelos y las técnicas son importantes, pero que, dada la complejidad de la economía global, se requiere una mayor atención a lo sustancial, y tener en cuenta también factores históricos, institucionales y psicológicos.

Ni qué decir que comparto el núcleo de lo que proponen los autores. Y más si tenemos...
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He tenido la suerte de viajar a Chile, invitado por axisrse y la Fundación Carolina, para participar en Santiago en el seminario Nuevas alianzas público-privadas. Desafíos para la Responsabilidad Social en Chile, América Latina y el Caribe. Como siempre que uno se acerca a aquellas tierras, la acogida ha sido de una amabilidad y cariño exquisitos. Pero, además, el contenido ha sido de grandísimo interés. Hace tiempo que vengo diciendo que América Latina es la gran olvidada cuando se trata de auscultar el desarrollo de la RSE. Y, por ejemplo, he podido conocer experiencias como las de la Fundación Caicedo González o la de Comfadi, que ya quisieran para sí muchos países a los que consideramos punteros en RSE.

El tema del seminario ha sido lo que, en mi opinión, es una de las claves decisivas del desarrollo futuro de la RSE: las alianzas público privadas. Y lo es no tan sólo por las inmensas potencialidades que esconde, sino por los cambios y nuevas capacidades que requiere en los actores involucrados. Si sólo actúan las empresas, tendremos una suma de iniciativas individuales –algunas sin duda muy valiosas-, pero dependientes, al fin y al cabo, de la coyuntura y las circunstancias. Si sólo actúan los gobiernos, probablemente no tendremos otra cosa que las eternas tentaciones reguladoras. El diálogo y los compromisos compartidos entre ambos actores es lo que hoy por hoy puede generar más innovación. Obviamente, cuando el diálogo tiene algún objetivo sustantivo más allá del objetivo de poder decir que hemos dialogado. En este sentido, la creación de partenariados y redes es el factor clave del desarrollo de la RSE, siempre y cuando no se consideren una especie de varita mágica o de bálsamo que todo lo cura,...
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En Santiago de Cuba es frecuente oír el siguiente comentario irónico referido al mundo laboral: "Ellos hacen como que nos pagan y nosotros hacemos como que trabajamos". ¿Puede haber empresas responsables sin directivos y trabajadores que lo sean? La nuevas responsabilidades sociales que hoy en día están asumiendo algunas empresas (RSE) no afectan tan solo a un cambio de prácticas o indicadores organizativos, sino que requieren también un cambio de mentalidad de sus miembros. ¿Qué actitudes y valores personales ponemos en juego cuando decimos que queremos trabajar y de hecho lo hacemos en una organización socialmente responsable? Nuestra creencia es que la RSE depende de las prácticas corporativas, pero también depende de una cuestión de identidad, lo que decidimos que queremos ser.

Construir una identidad implica siempre un proceso. En él ponemos en juego nuestros valores, lo que queremos ser y lo que dará sentido a nuestra acción. De ahí el vínculo inseparable entre acciones, responsabilidades y valores. Por eso las empresas responsables están obligadas a trabajar sobre sus propios valores, porque no estamos hablando de algo añadido, sino de algo intrínseco a su actividad. Esta es la razón por la cual las empresas inciden de manera tan importante en las biografías y el equilibrio personal de sus trabajadores.

Nos gusta recordar que en una empresa, más que recursos humanos, existen personas con recursos. Estos recursos se activarán mejor o peor en la medida en que seamos capaces de integrar a las personas y su desarrollo en el marco de unos valores compartidos. ¿Alguien se imagina la posibilidad de una empresa responsable que no facilite dicha integración personal? Tiene poco sentido intentar que una empresa sea responsable si quienes la dirigen y trabajan en ella no se identifican con las actitudes que hacen posible la responsabilidad. Difícilmente será...
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Una de las -digamos- batallas ideológicas que hay que ir librando en el campo de la RSE es la de recordar contínuamente que la E de la RSE no comporta que la responsabilidad social sólo se debe esperar de la empresa. Todas las organizaciones, en su ámbito específico de actuación y en función de su razón de ser, tienen sus propias responsabilidades, que ellas no pueden descuidar ni el resto de ciudadanos tiene que dejar de exigir. Sólo el prejuicio interesado o la ideología más torpe pueden hablar y actuar desde el supuesto de que determinadas organizaciones llevan incorporada la responsabilidad como si fuera un componente de fabricación -la traen de serie-, y otras son intrínsecamente deficitarias de responsabilidad.

Por eso son tan importantes iniciativas como las que venden reflejadas en el libro Promovent la Responsabilitat Social dels Ajuntaments. Porque parte de una pregunta que no por ser obvia deja de sorprender en nuestro contexto, puesto que es tan evidente como poco habitual: ¿los ayuntamientos, pueden preguntarse cómo ser socialmente responsables? ¡Por supuesto!; sólo hay que tener claro que, cuando se habla de RSE, la sustancia, el núcleo, el eje no son otros que la responsabilidad. Y de la pregunta por la responsabilidad no se escapa nadie.

El libro reivindica una expresión tan sugestiva como equívoca: la de territorio socialmente responsable. Es equívoca, porque los territorios no pueden ser responsables: hace falta un sujeto para la responsabilidad. Pero la analogía es sugestiva porque pone el acento en dos consideraciones primordiales. En primer lugar, enfatiza que la responsabilidad, para ser realmente social, tiene que ser un valor...
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Este blog, como su autor, cierra por vacaciones. En septiembre reanudaremos las reflexiones y el diálogo sobre la temática que da título al blog, y que no por ser genérica en su formulación, renuncia a la pretensión de ser rigurosa, crítica y radical en su intencionalidad: persona, empresa y sociedad.

Quiero aprovechar la ocasión para agradecer su interés a todas las personas que han visitado este blog, y no puedo dejar de hacer constar mi deseo de que hayan encontrado alguna cosa que les haya ayudado a seguir adelante en su camino, o que les haya aportado alguna idea que les haya acompañado en su proceso de reflexión.

Escribir un blog es sentirte constantemente como un náufrago perdido en medio de Google, lanzando hacia el infinito mensajes en botellas virtuales, con la esperanza de que lleguen a alguna playa. Por eso quiero agradecer a todas las personas que me han hecho llegar sus comentarios -en el mismo blog o por correo electrónico- su amabilidad al hacerlo. Pero quiero agradecer especialmente a todas las personas que se han suscrito al blog su confianza: teniendo como tenemos todos las bandejas de entrada cada vez más saturadas se agradece especialmente que me hayan aceptado en ellas; esta confianza me espolea aún más a afilar la pluma y afinar el pensamiento al máximo de mis posibilidades.

Espero, pues, que en septiembre nos reencontraremos.

Cordialmente, Josep M. Lozano

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He terminado mis sesiones en el EMBA de ESADE. No sé si para los participantes lo han sido, pero al menos a mí las sesiones me han resultado muy interesantes, en las que habido aportaciones y diálogos que me han ayudado a afinar y ajustar algunos de mis planteamientos, y en las que se ha confirmado que no hay nada más estimulante y divertido que debatir desde la diversidad de razones y enfoques.

Una de las actividades que hemos realizado ha sido compartir una reflexión a partir de una pregunta muy sencilla: ¿cual es el mejor y el peor directivo que has conocido en tu vida profesional? El resultado han sido dos retratos robot muy sugestivos (y un conjunto de experiencias y anécdotas personales de muy distinto calibre: algunas muy estimulantes, otras simplemente espeluznantes). Que los humanos somos unos animales capaces de lo mejor y de lo peor es algo que constatamos en todas partes y, por tanto, también en el mundo de la empresa. Lo que no evita que un servidor deje de admirar una vez más al constatar de lo que somos capaces… y de enfurecerme, también al constatar de lo que somos capaces.

Ha habido algo muy significativo, como resultado de este ejercicio, que me gustaría destacar. En primer lugar, las competencias técnico-profesionales han sido lo que menos –comparativamente- ha pesado a la hora de valorar a alguien como el mejor/peor directivo. Más aún: se ha dado el caso de que se considerara como una característica tanto del buen como del mal directivo el hecho de que consiguiera buenos resultados en su gestión (es decir: entre los calificados como malos directivos se incluía a unos cuantos a los que se reconocía que obtenían excelentes resultados). En segundo lugar, el peor directivo lo es fundamentalmente por sus pésimas características relacionales (vaya: que es alguien insoportable); es alguien que no respeta a los demás, que se aprovecha de su...
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En un comentario anterior en el que analizaba la evolución de las políticas públicas que afectan a la RSE, me arriesgué a pronosticar que lo más probable es que se vaya consolidando lo que denominé el doble discurso de la RSE. Un doble discurso que me parecía fácil de diferenciar. Por una parte, una RSE que trate de los acuerdos mínimos -y de las prácticas y regulaciones correspondientes- orientados a lo que se pretende incorporar a la actividad empresarial, tanto si las empresas lo hacen con conciencia de RSE como si no. Y por otra, una RSE como discurso que expresa una voluntad de excelencia e innovación empresarial, válida para empresas comprometidas activamente con ella, y que tendrá sentido sólo para un porcentaje relativamente reducido de empresas, cuya RSE se ha de poder diferenciar claramente de la que sólo responde al cumplimiento de los nuevos requerimientos que se puedan crear.

La verdad es que lo sigo pensando, y el paso del tiempo me confirma en esta percepción. Pero creo que este análisis, que tiene como referencia el proceso de desarrollo de las políticas públicas, debería complementarse con una reflexión sobre los procesos empresariales que lo acompañan en paralelo. Y, en concreto, creo que hay que atender mucho más a un aspecto que ha estado poco presente en los análisis sobre los procesos que han impulsado la RSE en las empresas. Hemos hablado mucho, en el ámbito de la RSE, sobre lo que las empresas hacen, sobre cómo lo hacen y sobre lo que deberían hacer. Y hemos descuidado un punto esencial: como aprenden a hacerlo. En las aproximaciones a la RSE hemos utilizado mucho los verbos querer hacer y poder hacer, y muy poco el verbo aprender. Creo que James G. March nos podría ayudar a...
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Hace unos días se presentó en el Círculo de Economía el libro de David Murillo Empresa i valors. Este libro es el noveno volumen de una iniciativa muy importante que, como todas las que lo son en este país, va mostrando su valor y su visión a medida que se consolida sólidamente en el tiempo. Me refiero a la colección Observatori dels Valors, que impulsan conjuntamente la Fundació Lluís Carulla y la Cátedra de LiderazgoS y Gobernanza Democrática de ESADE. La apuesta de la colección es directa y clara: en lo que corresponde a los valores disponemos de muchos estudios de todo tipo en los campos más diversos, pero lo que nos falta es integrar dichos estudios, y darles la forma de una visión mínimamente articulada. Así ya disponemos, por ejemplo, de libros sobre valores y los jóvenes, la familia o el trabajo. Y, ahora, este sobre empresa y valores.

El libro tiene una gran virtud, que requiere previamente otras dos: recoge mucha documentación y muchos estudios que hasta ahora permanecían esparcidos en el vacío (probablemente perdidos en la inmensidad de Google) pero no resulta un relato intemporal, porque el autor los entrevera con referencias a la actualidad más candente. Las páginas iniciales sobre la tempestuosa crisis económica que estamos viviendo (en la que todo el mundo discute sobre si hay brotes verdes o no, y nadie sobre el color de las gafas -y los intereses- que cada uno lleva para ver esta realidad) están hechas con la precisión, la claridad y la concisión del mejor cirujano.

Pero haría un flaco favor si siguiera haciendo la glosa del libro. Ya lo leeréis, si os apetece (y ni qué decir tiene que lo recomiendo). Lo que yo quisiera es destacar tres cuestiones -a mi modo de ver, bastantes relevantes- que permanecen como substrato del libro y, a la vez, nos llevan más allá.

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